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Gunnar la rebatió con rotundidad:

– Cristine esperará a que Anaíd decida, pero tiene que aprender muchas cosas todavía.

Selene se retorció las manos.

– Me la has robado para entregársela a tu madre. Quisiste hacerlo hace quince años y ahora, finalmente, lo has conseguido.

– No es verdad.

Selene ya no lo escuchaba. Estaba llegando a sus propias conclusiones.

– Anoche fue ella quien apareció aquí y estuvo a punto de acabar conmigo.

Gunnar calló. Selene abrió los ojos sorprendida por su misma intuición.

– Cristine te trajo aquí y propuso quemar los coches. ¿Es eso? ¿Fue ella?

– Estaba confundido dirigiéndome hacia Somport -se defendió Gunnar sin demasiada convicción-. Me habías engañado y fue ella quien me avisó de dónde estabas y me condujo hasta el refugio. La idea de quemar los coches fue mía.

– ¿Querías que me ahogara?

– ¡Al contrario! Pensé que saldrías del lago enseguida para intentar apagar el incendio. Al darme cuenta de que te alejabas de la orilla, temí que no pudieras resistir tanto tiempo el frío.

Selene estaba horrorizada.

– Así pues, ella estuvo aquí y quería destruirme.

– No es cierto.

Selene se encaró con él.

– Noté cómo me clavaba su dardo. No dejé que acabara conmigo porque me sumergí en el lago.

– Ella no quería hacerte daño…

– No puedo creerte, no puedo, eres su esbirro y la obedeces.

Selene hurgó lentamente en su bolso sin dejar de mirar a Gunnar. Sus dedos rozaron la vara de encina. La tomó con cuidado.

– Tengo que encontrar a Anaíd y la encontraré.

Gunnar hizo el gesto de salir de la cabaña.

– La encontraremos.

– Tú no -le detuvo Selene.

– ¿Me lo vas a impedir?

Selene sacó su vara del bolso y le apuntó con decisión. Pronunció unas palabras y Gunnar cayó al suelo Fulminado.

Selene dio un suspiro. Era un conjuro prohibido. Sólo se permitía usarlo en casos extremos. Privaba a un cuerpo de vida durante un tiempo y el cuerpo permanecía aletargado a la espera de una nueva orden que lo despertaría de ese sueño parecido a la muerte. Si no se despertaba a tiempo, el cuerpo acababa por morir.

Entró en la cabaña y cogió a Gunnar por las axilas. Lo arrastró con muchos esfuerzos hasta el jergón. La cama aún estaba caliente y conservaba la huella de sus dos cuerpos. Habían pasado la noche abrazados, pero ahora Gunnar dormiría solo, abandonado a su suerte.

No quiso conmoverse.

Lo acomodó a duras penas, lo abrigó con la manta y cerró los postigos de la ventana. Si no estaba equivocada, pronto algún excursionista lo encontraría. Bastaría con el tacto de una mano humana o el sonido de una voz para restablecer sus constantes vitales. Gunnar adel-gazaría, se debilitaría, pero sobreviviría durante semanas. Era muy fuerte. Se arrodilló junto a él y aspiró su olor. Todo su cuerpo estaba impregnado de él. Le besó en los labios y muy quedamente le pidió perdón.

Luego salió de la cabaña, cerró la puerta, miró a lo lejos y calculó aproximadamente la dirección del valle de Urt.

Tuvo que infundirse valor para emprender ese camino incierto. La montaña solitaria la aterrorizaba, pero en un par de días llegaría a su objetivo.

CAPÍTULO XVI

No flaquearás ante la muerte

La nieve y el hielo habían acabado por cubrir las piedras del castillo de Csejthe dándole un aire espectral y fantasmagórico. Pero el horror estaba dentro de sus muros, en sus mazmorras.

Las antorchas que flanqueaban al alguacil y al palatino por los estrechos pasadizos que rezumaban humedad iluminaron la verdadera cara del miedo. Hallaron muchachas muertas, moribundas, torturadas, hambrientas y locas. Recorrieron los subterráneos donde se cometían los crímenes y descubrieron las vasijas de barro llenas de sangre seca, las jaulas salpicadas de restos humanos, el maletín de torturas con sus pinzas, tijeras y cuchillos dispuestos para mutilar, herir y causar sufrimiento, las argollas clavadas en la pared… Todo eso vieron sin acabar de creérselo. Y contaron con sus propias manos cuerpos, huesos y restos humanos de hasta trescientas víctimas, si bien los criados, que durante años habían sido mudos testigos de tantos horrores, acabaron por desatar su lengua y sumaron muchas más. Explicaron que también había cuerpos enterrados en otras posesiones y castillos de la condesa, y que algunas muchachas habían sido enterradas en el bosque, en las cunetas de los caminos o lanzadas al fondo del lago. Hungría entera estaba manchada con la sangre de sus víctimas. La condesa sangrienta se había ganado a pulso su título. Seiscientas cincuenta doncellas sacrificadas.

Y mientras Turzhó y los otros enviados reales habían juzgado y condenado a Erzebeth a morir emparedada en su castillo, Anaíd, presa del remordimiento, esperaba agazapada en la oscuridad la ocasión propicia para atacarla.

Necesitaba actuar en el intervalo entre el último asesinato de la Odish y su desaparición. Había llegado demasiado pronto al pasado. Esas horas de diferencia habían sido terribles y ni siquiera le habían servido para impedir la muerte de Dorizca.

¿Había sido realmente una equivocación o ese error servía a algún propósito oculto?

Aunque lo intentaba, no podía olvidar la muerte de la pequeña Dorizca. Estaba tan bonita con su vestido de seda blanco y su cabello recogido en un moño, con los rizos cayendo en cascada sobre su nuca. Como una novia el día de su boda, una boda de sangre con la muerte.

¿No la había propiciado ella misma escogiéndola para acompañarla? ¿No había sido ella la fuerza del destino de la joven Omar?

Mientras tanto, Dácil se debatía entre la vida y la muerte bajo la mirada impotente de Orsolya.

Anaíd no podía ayudarla; aunque sus propias heridas habían sanado inmediatamente sin dejar cicatrices, su vida, en manos de la condesa, sufría continuos altibajos. Cuando Erzebeth Bathory apretaba su amuleto, Anaíd perdía sus fuerzas y se desvanecía. Le dijeron que se pasaba las horas caminando como un león enjaulado y riendo a carcajadas por su encierro. En esos momentos se aferraba a su amuleto, lo oprimía y mataba lentamente a Anaíd.

Tenía que destruir el talismán de la condesa. Para eso había viajado en el tiempo, para eso había arriesgado su vida, la de Dácil y la de Dorizca.

Sin embargo, ¿cómo entraría en la habitación donde, ladrillo a ladrillo, iban empare-dando a la orgullosa Odish que se burlaba de sus captores ante tamaña estupidez humana? En cuanto acabasen de emparedarla se esfumaría, y así su leyenda y su misterio la acompañarían para siempre jamás.

De pronto la condesa gritó.

– ¡Ratas!

Los peones que levantaban la última pared no le hicieron el más mínimo caso.

– ¡Hay ratas! -insistió la condesa, malhumorada por la falta de respeto.

– Yo sólo veo una -escupió despreciativamente el haiduko que vigilaba con sus armas y que ordenó a los obreros que continuaran con su tarea.

La condesa optó por callar para no levantar la ira de aquellos hombres. Pero Anaíd vislumbró una posibilidad de acceder a la habitación cerrada.

No le costó demasiado comunicarse con las ratas y sonsacarles el camino desde los subterráneos. Quizá no fuese su animal preferido, quizá le asquease su aspecto o su comida, pero no tenía otro remedio si quería llevar a cabo su propósito. Así pues, una vez en los oscuros pasadizos y rodeada de grandes roedores, que en aquellos lugares eran los dueños del castillo, Anaíd se despojó de su ropa y se concentró en el conjuro de transformación. Su cuerpo se contrajo y, cuando estuvo segura de que su cara era un hocico y de que sus dientes fuertes podían sostener cualquier objeto pesado, tomó en su boca la mecha y la yesca que había llevado con ella desde el futuro y el atame que le había ofrecido Orsolya y que había pertenecido a Dorizca.