Era una rata de cloaca repugnante, fuerte y valiente, capaz de hacer frente a un animal mucho mayor, aunque su fama no fuese precisamente ésa. Y se dispuso a seguir por los tortuosos corredores a sus nuevas amigas y guías.
La condesa no se apercibió de su presencia inmediatamente. Estaba demasiado ocupada probándose sus numerosas alhajas. A lo largo de su macabro reinado había acumulado un verdadero tesoro de joyas. Pidió ser emparedada con ellas, a la usanza de los faraones egipcios. Y en esos momentos gozaba de su coquetería aun en la más completa oscuridad.
Anaíd podía ver con mucha más claridad gracias a su visión de roedor y estudió la habitación con sigilo. Se trataba de un dormitorio con alcoba comunicado por un arco de medio punto que unía ambos aposentos. Era una habitación de invitados y, como tal, disponía de poco mobiliario. Austera, fría y desprovista de comodidades.
Anaíd se refugió en el rincón más alejado de donde se hallaba la condesa y se dispuso a transformarse de nuevo en muchacha. Justo cuando sus piernas recuperaban su forma y vencía los últimos estertores del tránsito, la condesa olisqueó el aire y notó su presencia, o la presencia de algo desconocido.
Anaíd ya estaba preparada para esa eventualidad. Rauda como una liebre blandió el atame de Dorizca, se desdobló en tres imágenes para desconcertar la defensa de la condesa y, de un golpe certero, cortó la cadena que sostenía el talismán que colgaba de su cuello. Lo recogió en el aire con su otra mano. Fue un golpe tan sorprendente que ni la misma condesa pudo percibirlo ni asimilarlo.
Inmediatamente, Erzebeth se puso en guardia, pero ya era tarde. Cuando se llevó la mano al cuello para comprobar su fuerza, notó con verdadero pánico que su amuleto había desaparecido.
Anaíd encendió rápidamente la yesca y prendió la mecha sin perder un instante. Sabía que sería lo más difícil, lo más comprometido, puesto que quedaría desprotegida y a merced de la ira de Erzebeth, pero ya había previsto ese pormenor. Así pues, levantó una barrera entre ambas y no lo pensó dos veces. El talismán ardió en el mismo instante en que la condesa, airada, destruía la barrera mágica, daba un salto hacia Anaíd y clavaba su atame mágico en su espalda.
Anaíd recibió el impacto de la hoja sin darse cuenta de la profundidad de la herida. Se clavó en su riñón y el atame quedó ahí, hundido en su espalda hasta la misma empuñadura. Sin embargo, no se rindió ni desfalleció. Al contrario, plantó cara a la Odish y se enfrentó a ella. El talismán ardía y aún no se había consumido. La Odish pretendía arrebatárselo, pero lo protegería con su propia vida. Anaíd blandió su atame y conjuró su magia para aprisionar a Erzebeth Bathory. La lucha de ambas fue terrible.
Anaíd sólo pretendía ganar tiempo y Erzebeth atacaba enloquecida y furiosa pretendiendo recuperar su talismán. Fue una exhibición de fuerza, de habilidad, de poder. La energía vibraba y retumbaba lanzando a una y otra contra las paredes.
Erzebeth se transformó en un lince gigantesco de grandes dientes afilados que se lanzó sobre Anaíd y desgarró su carne desnuda; saltó con tanta agilidad y premura que resultaba imposible clavarle el atame. La condesa lince eludió sus golpes de muñeca y saltó sobre ella con todo su peso y su crueldad. Anaíd sintió la mordedura en su brazo y temió por su vida al notar el aliento de la bestia en su cuello intentando seccionarle la yugular.
Sin abandonar la vigilancia del talismán ardiente, conjuró su piel para defenderse del ataque lacerante del felino y su piel adquirió el grosor y la resistencia de un paquidermo.
La condesa se dio cuenta demasiado tarde de que sus afilados dientes no conseguían penetrar en la carne de la elegida, dura como un pedernal. Pero ya no pudo remediarlo. El felino había sido atrapado por una potente red mágica, conjurada por Anaíd. Estaba prisionero y a cada movimiento desesperado sus miembros se prendían de la poderosa red y quedaban paralizados. Como en una poderosa telaraña.
En la opresiva celda se vivió un instante de angustia. Erzebeth se transformó de nuevo en humana y profirió un grito terrible que traspasó los tímpanos y rompió todos los vidrios y copas del castillo. El talismán estaba a punto de desaparecer y la condesa conjuraba sus últimas fuerzas.
Una tormenta de proporciones espeluznantes se cernió sobre Csejthe. Las nubes de los Cárpatos, densas y amenazadoras, volaron raudas por los cielos grises y se posaron sobre el castillo, transformando la tarde en la noche más negra y descargando agua entre terribles rayos y poderosos truenos. El agua cayó con tal fuerza que se llevó consigo a las ovejas de los pastos bajos, a sus pastores y a los campesinos rezagados que todavía no habían recogido sus utillajes del campo para regresar a sus casas. Años después se recordaría ese terrible suceso, en el que la comarca fue arrasada en pocos minutos y el agua inundó los pueblos, ahogó el ganado y echó a perder las cosechas.
Erzebeth continuaba prisionera de Anaíd y su talismán estaba a punto de desaparecer.
– ¡Nooooo! -gritaba Erzebeth con desesperación llevándose las manos a la garganta.
Su poder se escapaba con el humo que ascendía de su mágico talismán. Anaíd, con el cuchillo clavado en su dorso, aguantó el embate de Erzebeth hasta que el medallón colgado de su cadena sólo fue un montón de cenizas.
Entonces y sólo entonces, arrancó el atame de la Odish de su cuerpo y, horrorizada, se dio cuenta de sus enormes dimensiones. Pero su herida cicatrizó tan pronto como salió el cuchillo. La condesa, atónita, se mesó los cabellos.
– ¡Oh, no!
Anaíd no comprendió la exclamación de la condesa.
– Yo misma te di a beber la copa prohibida -gritó Erzebeth al descubrir la fuerza regeneradora de la elegida.
Anaíd no atendió a sus divagaciones. Con un certero conjuro la inmovilizó. Ella misma se sorprendió de su propio poder. A pesar de que la condesa había consumido la sangre de muchas Omar, sin su talismán era menos poderosa que ella.
– Vuelve a las sombras a las que perteneces, permanece prisionera de tu mundo. ¡Yo te condeno al mundo opaco hasta que ponga fin a tu encierro y penetre en tu recinto para destruirlo definitivamente! -exclamó Anaíd mientras contemplaba cómo la condesa, presa de espasmos, se retorcía en el suelo y lentamente, agónicamente, desaparecía.
Hubiera deseado hacerla sufrir como a sus víctimas, hacerle pagar por sus fechorías, pero no podía destruirla a pesar de que lo deseaba. No podía arriesgarse a modificar el pasado. Sin embargo, estaba abriendo las puertas al futuro para liberar a Criselda y a Elena de su prisión y recuperar el cetro de poder.
Podría haberse sentido satisfecha de su valor, pero no lo estaba. Podría haber sentido la satisfacción de la tarea cumplida, pero en lugar de eso paladeaba el sabor agrio de la derrota.
Anaíd regresó junto a Dácil. Estaba muy cansada, aunque más que eso estaba muy triste.
Orsolya levantó los ojos y lo comprendió todo. Supo que la elegida había destruido el talismán de la condesa Erzebeth y que la había vencido. Se levantó con una mirada llena de devoción y tocó los cabellos de Anaíd. Se arrodilló ante ella y le besó las manos. Musitó gracias tantas veces que Anaíd se sintió aturdida. Luego ella misma condujo a Anaíd hasta el lecho donde yacía Dácil y también acompañó sus manos y las pasó sobre la profunda herida del pecho de la pequeña. Ante su estupor, la herida se cerró y cicatrizó. En unos segundos, sin apenas dar respiro. El mismo tiempo que Dácil necesitó para recobrar el color de sus mejillas, abrir los ojos y sonreír.
La mariposa cruzó su bonita cara y Anaíd sintió un gran alivio en su pena.
– ¿La he devuelto a la vida? -preguntó asustada.
– No había muerto, simplemente la has sanado.