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– ¿Dónde has estado? -preguntó Anaíd inquieta, sabiendo de antemano la respuesta.

Cristine se mostró enigmática.

– Comienza tú, querida. Tienes muchas, muchas cosas que explicarme. Quiero saberlo todo, desde el principio hasta el final. Sin dejarle ni una coma.

Anaíd se acomodó junto a la hermosa dama y fue hilando el relato. Mientras lo hacía, iba dándose cuenta de la dureza de esa experiencia tan insólita y de los peligros que había conseguido superar.

Cristine la escuchó atentamente y Anaíd detectó en su frente finísimas arrugas de inquietud, pero al finalizar el relato la abrazó y la felicitó.

– Eres muy valiente, gracias a ti hemos vencido.

En ese instante, Anaíd supo que Cristine había penetrado en el mundo opaco y que se había enfrentado a la condesa.

– ¿Luchaste contra ella?

Cristine rió.

– Contra lo que quedaba de ella, cariño. La condesa era una verdadera ruina.

Anaíd recordó el rostro tenebroso de Erzebeth Bathory, una belleza sombría de los Cárpatos. No se atrevía a formular su pregunta, pero Cristine podía leer sus pensamientos.

– Se acabó. La temible condesa ha desaparecido y su mundo opaco se ha esfumado para siempre. Fue muy sencillo, estaba acabada y simplemente se desintegró como el polvo.

Anaíd saltó de alegría.

– ¡Entonces Elena y tía Criselda están libres!

– Están en casa de Elena. Ni ellas mismas saben qué ha sucedido.

Anaíd sintió una ansiedad desconocida.

– ¿Y el cetro también ha regresado?

– Efectivamente, lo tiene Elena -asintió Cristine.

– ¿Y Roc?

– Recuperado.

Por primera vez había olvidado a Roc y su afán por el cetro había superado al amor que sentía por el muchacho

– Voy para allá. Necesito… -calló avergonzada.

Su necesidad imperiosa era blandir el cetro.

Cristine la detuvo.

– Anaíd, espera, será mejor que no vayas por ahora.

– ¿Por qué? ¿Qué ocurre?

– Muchas cosas.

Su tono era grave y Anaíd consideró que, si había malas noticias, Cristine debería ocultárselas. Ella no quería preocuparse, no tenía por qué volver a pasarlo mal. Había sufrido mucho, había peleado y había cumplido con su misión. Era injusto que ahora aguasen su fiesta y estropeasen su sentimiento de satisfacción. Quería el cetro, quería a Roc y quería ser feliz.

– Es urgente que hagas el Camino de Om.

Anaíd sintió cómo la rabia la embargaba. No estaba preparada, no tenía ningún motivo para ir a las profundidades y enfrentarse a los muertos.

– ¿Por qué?

Cristine intentó ser lo más convincente posible.

– Cariño, Baalat ya ha conseguido reponer sus fuerzas, pronto reaparecerá si no lo ha hecho ya. Desaparecida la condesa, nuestra enemiga es Baalat.

– Yo no la he visto.

– Yo la siento, está aquí. Ella también quiere el cetro y hará todo lo posible por destruirte y apoderarse de lo que es tuyo.

Anaíd se tapó los oídos. Ni siquiera tenía su cetro y ya la amenazaban con perderlo.

– Déjame. Primero iré a por el cetro.

– No lo necesitas para recorrer el Camino de Om. Es más, no puedes descender con él.

Anaíd se liberó del abrazo engañoso de la Odish y se revolvió como una víbora clavándole sus dientes ponzoñosos.

– Eres una interesada. Sólo quieres utilizarme. Yo te hago el trabajo sucio y tú te aprovechas. ¿Es así, no?

Cristine tembló horrorizada.

– ¿Cómo puedes pensarlo siquiera? Yo te quiero.

– Pues entonces déjame.

– Ellas te rechazarán y sufrirás.

– ¿Quiénes?

– Anaíd, en este viaje ha sucedido algo que no tiene solución.

– ¿El qué?

– Has cambiado, ya no eres la misma.

– Eso ya lo sé -aceptó Anaíd avergonzada.

Cada vez sentía una inquietud mayor, cada vez estaba más descontenta consigo misma, con su destino, con los avatares que le procuraba la vida.

– Ya no eres una de ellas. Lo notarán y te apartarán de su lado, te expulsarán de la comunidad.

Anaíd se enfrentó a su abuela.

– ¡Tienes celos de las Omar! ¡Me quieres sólo para ti y tus propósitos! ¡Has conseguido que me enemiste con Elena, con Roc, con mi madre y también que mi padre me abandone!

Y salió corriendo sin reparar en la desolación que inundaba el rostro de Cristine.

– Espera, Anaíd, espera. ¡No estás preparada!

Anaíd corrió y corrió como alma que lleva el diablo. La ansiedad de llegar a casa de Elena le ponía alas en los pies. No se detuvo a tomar aliento ni a descansar siquiera unos segundos para no sentir el flato, ese dolor agudo en el costado que la traspasaba como un cuchillo. Se iba repitiendo a sí misma que quería pedir perdón a Elena, ver a Roc y volver a abrazar a tía Criselda, pero en su fuero interno sabía que su impaciencia radicaba en su deseo de tener el cetro en sus manos. Durante todo el tiempo que estuvo lejos no lo sintió con esa fuerza y esa inmediatez. Ahora sí. Era una urgencia, una necesidad imperiosa.

Llegó a casa de Elena con el corazón saliéndole por la boca. Aporreó la puerta con impaciencia, una vez, dos, hasta que la puerta se abrió y tras ella apareció una mujer menuda, rechoncha, con el pelo blanco y la bondad en el rostro. Su sorpresa fue mayúscula.

– ¡Tía Criselda! -exclamó abrazándola como a una muñeca de trapo y levantándola en el aire.

– Anaíd, hija -exclamó su tía ahogándose con el abrazo furioso-. Déjame que te vea. ¡Estás hecha una mujer! -y la apartó para verla mejor.

Inmediatamente su sonrisa se heló y sus pupilas se dilataron de miedo.

– ¿Eres tú, Anaíd?

– Claro. ¿Quién iba a ser?

Tras Criselda apareció Elena. No se alegró de verla, más bien al contrario. Su seriedad y su falta de entusiasmo cortaron en seco el efusivo encuentro entre tía y sobrina.

– Pasa -le ordenó por todo recibimiento, y cerró la puerta tras ella, como si la engullera.

Así se sintió Anaíd. Devorada por su clan.

Elena la interrogó como a una prisionera de guerra, o peor, como a una espía. Nada de lo que Anaíd decía parecía complacerla. A menudo fruncía la nariz y carraspeaba con suficiencia intercambiando una mirada cómplice con lía Criselda, que no daba crédito a lo que oía.

Anaíd se sentía mal, injustamente tratada. Se sentía juzgada y condenada. Aunque si lo pensaba bien, era lógico que Elena, con quien había peleado por el cetro y por el amor de Roc, estuviese deseosa de venganza. Al fin y al cabo la había recluido en el mundo opaco y había puesto en peligro la vida de su hijo.

Anaíd ya llevaba un buen rato hablando y se dio cuenta de que Criselda y Elena miraban continuamente por la ventana a la espera de alguien o algo.

– ¿Esperáis a alguien? -preguntó Anaíd.

Sin pretenderlo, adoptó una actitud impertinente. No le dejaban opción. La agresi-vidad ajena le generaba ese comportamiento hostil.

Elena se retorció las manos.

– En efecto, estamos esperando a una persona que decidirá lo que tenemos que hacer contigo.

Elena era francamente ofensiva, hasta su forma de hablar rezumaba frialdad. Anaíd reaccionó con pasión.

– Acabáis de oír que he vencido a la condesa retrocediendo cuatrocientos años en el tiempo y quemando su talismán indestructible. Ya no existe el mundo opaco…, por eso estáis libres.

Por toda respuesta obtuvo un silencio implacable.

Anaíd se sintió pequeña y censurada, como una niña que ha cometido una travesura y que es castigada con la mirada adusta de sus mayores. Ella sólo anhelaba una sonrisa amiga, un gesto cariñoso, una complicidad inexistente.

– ¿Por qué me tratáis como si fuera una delincuente? -gimoteó.

Elena fue muy dura.

– En cierta manera lo eres. Has delinquido, has retado nuestras leyes y has cometido un gravísimo error.