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– Yo no quería enviarte al mundo opaco. Yo no quería. Me ofusqué.

Elena suspiró.

– Lo sé, no hablaba de ese error.

– ¿Entonces?

Elena la miró sin pizca ni asomo de cariño.

– Has desobedecido a las Omar y te has puesto al servicio de una Odish.

– No es cierto. No es una Odish cualquiera, es mi abuela. Me quiere.

Elena bajó los ojos. Criselda se secó una lagrimilla.

– Seguramente tengas razón: te quiere pero convertida en una de ellas.

Anaíd se levantó ofendida.

– ¿Qué pasa? ¿Vosotras también me acusáis de llevar sangre Odish en mis venas? Yo no tuve la culpa. Fue Selene quien se enamoró del hijo de una Odish y me concibió. Yo soy inocente.

– No es eso, Anaíd.

– ¿Pues qué es?

– La maldición de Odi.

Y Anaíd explotó.

– Estoy harta de la maldición, estoy harta de vosotras y de vuestra palabrería. ¡Quiero mi cetro, quiero ver a Roc!

Elena se levantó.

– ¿Te das cuenta, Anaíd? No controlas tu voluntad. El cetro te domina. La elegida no puede actuar a merced de sus caprichos.

Y en ese momento, a lo lejos, vio llegar la bicicleta de Roc por el camino. No pidió permiso a Elena ni a Criselda. Salió a su encuentro sin consultarlas.

– ¡Roc! ¡Roc! -gritó agitando la mano por el camino.

Roc sonrió a lo lejos y pedaleó con fuerza para alcanzarla, dejó caer la bicicleta y corrió hacia ella.

Anaíd sintió que su corazón se ensanchaba de dicha. Roc la recordaba, Roc la quería, Roc iba a abrazarla. Pero cuando estuvo a tan sólo un metro de ella, Roc frenó su carrera y se detuvo.

– ¿Anaíd? -pronunció con extrañeza.

Roc estaba azorado o temeroso. No se comportaba con naturalidad.

– Sí, soy Anaíd.

Roc estaba nervioso, balbuceaba al hablar.

– Bueno, yo…, es raro encontrarte aquí.

– ¿Por qué?

– Te fuiste tan de repente, fue todo tan extraño…

– ¿Qué te han explicado? -quiso saber Anaíd, desconfiada.

– Nada.

– ¿Entonces? ¿No me das un abrazo?

Roc, instintivamente dio un paso atrás, alejándose de ella.

– No te enfades, pero cuando te he visto…

Anaíd fue perdiendo el aplomo que había tenido al acercársele. ¿Qué pretendía decirle Roc? ¿En qué términos se acordaba de ella?

– ¿Qué quieres decirme, Roc?

– Bueno, he pensado mucho en ti, pero…

Levantó los ojos y Anaíd los vio distantes.

– ¿Roc? Mírame, soy Anaíd. Dame la mano.

Roc la rehuyó de nuevo y evitó el contacto.

– Lo siento, Anaíd, no sé qué me pasa… Siento… que no eres tú. Es algo extraño, que no va contigo, seguro…

Anaíd quiso llorar. Si ella se acercaba, Roc daba un paso atrás.

– No, no te acerques, por favor.

Anaíd se miró las manos, se miró la piel, la ropa.

– ¿Qué te ocurre? ¿Estoy apestada?

– No lo sé, es algo que no controlo… Me das miedo -confesó finalmente, enrojeciendo de vergüenza.

Anaíd se quedó inmóvil, desconcertada. El dolor pronto cedió paso a la rabia. Se enfureció, la ira subió por sus manos y salió por sus ojos. Su mirada echaba chispas y las nubes corrieron raudas y ocultaron al sol.

– ¿Yo te doy miedo? -preguntó con voz ronca.

– Por favor, Anaíd, no digas eso…

– Ahora sí que te daré miedo. ¡Mira!

Efectivamente, su aspecto era terrible. El viento hacía ondear sus cabellos y sus ojos acerados eran fríos e implacables. El color azul de sus pupilas traspasó a Roc y convocó a la tormenta. Levantó sus brazos a las nubes y descargaron una furiosa lluvia encima de ellos. Los rayos y los truenos cayeron por doquier.

Roc, boquiabierto, asistía a esa obscena exhibición de poder y Anaíd, al ver su pánico, rió con risa de loca y pronunció las palabras mágicas para reclamar su cetro.

– Soramar noicalupirt ne litasm.

Lo repitió otra vez y otra. En vano. El cetro no acudía a su mano.

Olvidó a Roc, la tormenta y al mundo entero. Abrió la puerta de la casa como un vendaval y entró en ella dispuesta a llevárselo. Elena la interceptó.

– No te atreverás. Lo he conjurado.

– ¿Dónde está?

Tía Criselda, involuntariamente, levantó la vista hacia la vitrina. Elena siguió la dirección de su mirada y se alteró. Anaíd lo adivinó sin problemas.

– En la vitrina.

Elena sacó su vara y la detuvo.

– No te acerques, está a buen recaudo.

– ¿Y qué me harás si me acerco? -la increpó Anaíd con un descaro impropio de una Omar joven.

Tía Criselda intervino con mucha suavidad, pero con contundencia.

– No hará falta, ¿verdad, cariño? Tú eres obediente, aprendiste a obedecer conmigo, conoces las leyes Omar y nos respetarás.

Su tono convincente, su estilo calmado, su cantinela seductora estuvieron a punto de conseguir que Anaíd cediese, pero la ansiedad la corroía.

– El cetro es mío y me lo llevaré -afirmó finalmente, y dio un paso hacia la vitrina.

– Anaíd, por favor, escúchame -medió la pobre Criselda sujetándola para que Elena no interviniese-. No nos obligues a usar la fuerza.

Anaíd ya no la escuchaba. Con un movimiento apenas perceptible sacó su propia vara y pronunció un conjuro sobre las dos mujeres.

– Yo os conmino a permanecer mudas, sordas y ciegas hasta que yo lo desee.

Al instante, Criselda y Elena perdieron el habla, la vista y el oído, y comenzaron a vagar a tientas por la habitación, como las orugas procesionarias al perder la fila de sus compañeras.

Anaíd se dirigió con determinación al mueble, pero en el momento de abrirlo una voz la detuvo.

– No lo hagas, Anaíd, no lo hagas.

Esa vez sí que se desconcertó. Esa voz no era la voz de Elena, ni la de Criselda. ¡No podía ser! La voz que había oído era… Se dio la vuelta y allí estaba, delante de ella: la persona a quien esperaban.

Selene, su madre, despeinada, con la ropa desgarrada, las botas manchadas de barro y la cara tiznada. Tenía las manos crispadas y los ojos endurecidos tras la experiencia. Había atravesado las montañas sola y se había perdido infinidad de veces. Había trepado por los riscos, había descendido por las laderas y había avanzado sin descanso, sin dejarse llevar por el desaliento, vadeando riachuelos y atravesando valles. Por las noches había sentido el zarpazo de la soledad y el miedo, y había permanecido insomne, rogando a Deméter que la protegiese, soñando sin desearlo con los brazos cálidos de Gunnar, y anhelando tener a su pequeña a su lado para mecerla y cantarle una canción de cuna.

Hacía tan sólo unas horas que Elena se había puesto en contacto con ella y le había comunicado la terrible verdad. Anaíd, su niña, estaba perdida.

Sólo tenía un sentimiento. Desolación e impotencia. Ella le había fallado a su hija.

Había entrado en la casa acompañada de Roc, que permanecía unos pasos atrás, con la cara descompuesta. Roc, llave en mano, parecía valiente en su determinación.

– ¡Selene! -exclamó Anaíd con una mezcla de ansiedad y remordimiento, y se acercó con vacilación, sin saber si podía abrazarla o no, si la rechazaría.

Lo intentó. Selene abrió los brazos y la acogió en ellos, y Anaíd se dejó querer. Pero pronto su pequeño paréntesis de felicidad se truncó por el desconcierto de Roc. Roc estaba junto a Elena.

– ¿Mamá? -preguntó al darse cuenta de los gestos absurdos y vacilantes de Elena-. ¿Mamá? ¿Me oyes?

Era evidente que no podía oírle ni verle. Pero Roc, angustiado, la abrazó y gritó:

– ¡Dime algo, mamá, dime algo, por favor!

Anaíd sintió un vacío vertiginoso en el vientre, como un agujero por donde se escapase cualquier atisbo de paz.

– ¿Qué le has hecho a mi madre? -le recriminó Roc cogiendo a Elena del brazo y estudiando su mirada vacía y sus movimientos vacilantes.