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Selene alejó a Anaíd de ella y observó a su vez a Hiena y Criselda. Anaíd se sintió taladrada por la mirada reprobatoria de su madre, y se defendió.

– Iban a atacarme, querían destruirme, tuve que defenderme.

Roc evitó mirarla y se dirigió a Selene.

– Por favor, Selene, haz algo, haz algo con Anaíd, no es ella. No es ella.

Selene movió la cabeza lentamente.

– Lo sé. Descansa y duerme, no te preocupes.

Y Roc obedeció las palabras mágicas de Selene y se tendió a dormir sobre la alfombra. Anaíd se encaró con ella.

– ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué soy tan diferente? ¿Tú también me tienes miedo?

Selene bajó los ojos temerosa.

– Ellas no se han atrevido a decírtelo.

– ¡¿El qué?!

– Yo soy tu madre y me toca hacerlo.

– Parece que me tengas que condenar a muerte.

Selene no rechazó mirarla cuando pronunció su sentencia. Ése era el privilegio de ser madre: podía continuar amándola y mirándola a los ojos a pesar de la terrible verdad.

– Ya no eres una Omar.

Anaíd se descompuso.

– ¿Qué soy entonces? ¿Un monstruo?

Selene con la voz rota musitó:

– Has bebido de la copa prohibida y sobre ti ha caído la maldición de Odi.

Anaíd sintió un temblor leve en las rodillas, como el primer movimiento que precede al terremoto. No quería saberlo y sin embargo hizo la pregunta con un hilillo de voz:

– ¿Y qué soy?

– Eres una Odish inmortal. Eres nuestra enemiga.

El grito de Anaíd desgarró los oídos de Criselda y Elena y deshizo el encantamiento.

Las dos mujeres abrieron los ojos con incredulidad y sus cuerdas vocales pudieron proferir sonidos articulados.

– ¿Ya lo sabe? -preguntó Elena al recomponerse y resituarse.

Pero Anaíd no lo aceptaba.

– No es cierto. No es verdad lo que decís.

Selene quiso acercarse, y Anaíd notó cómo su propia madre temblaba al alargar la mano hacia ella.

– ¡Eres una cobarde! -le recriminó.

Y con toda la fuerza de la magia que había acumulado abrió los cajones de la vitrina para tomar su cetro de una vez. Sin embargo, ante su estupor, los cajones aparecieron vacíos. Elena se transmudó.

El cetro no estaba.

– Me has engañado -escupió a Elena.

– No puede ser. Lo dejé aquí. El cetro estaba aquí.

Criselda palpaba cada rincón desesperada.

– Yo lo vi. La ayudé a crear el conjuro de protección.

Criselda topó con un papel arrugado y lo mostró. Estaba escrito en unos extraños caracteres.

– ¿Qué significa esto?

Elena, pálida, se lo arrancó de las manos y lo leyó con atención.

– Son caracteres fenicios.

Selene los conocía. Hacía más de quince años encontró la misma firma sangrienta. Se llevó la mano a la boca.

– Baalat. Es la firma de Baalat.

Anaíd se ofuscó. Baalat tenía su cetro y ella era una Odish. Ya no la querían ni en la tribu ni en el clan. Era una proscrita. No pertenecía a nada ni a nadie. Su madre la temía, Roc la temía, Criselda la temía, Elena la odiaba, Cristine la utilizaba y la dama oscura robaba su cetro.

No pudo soportarlo, creó una barrera mágica tras ella y huyó hacia el bosque camino de su cueva.

A medio camino cayó sobre una roca y rompió en sollozos desesperados, con tan mala fortuna que fue a estorbar a una madriguera de comadrejas y consiguió asustar a las crías. La madre, una comadreja joven, se escondía tras un arbusto sin atreverse a acudir a consolar a sus pequeños. Anaíd se sintió generosa.

– No te voy a hacer nada -le dijo en su propia lengua.

La comadreja se sorprendió.

– Anda, consuélalos y hazlos callar, que son unos quejicas.

El animalillo cumplió su tarea con eficacia. Los tranquilizó, los lamió, les dejó mamar y los durmió. Luego, salió valientemente y se dirigió a Anaíd.

– Gracias.

Anaíd estaba deshecha y se sentía vacía y sin fuerzas.

– Hazme un favor. Ve a decirle a la dama blanca que estoy aquí, que venga a ayudarme.

La comadreja tembló.

– No es posible.

– ¿Porqué?

– La dama blanca se ha ido.

– Volverá pronto, supongo…

– No, se ha ido muy lejos, de viaje, para siempre.

Anaíd se desesperó. No podía ser.

Pero así era. La cueva que antaño fuera un palacio embrujado había recuperado su aspecto primigenio. Volvía a ser oscura, tenebrosa y fría. Anaíd se estremeció al arrastrarse por sus corredores sombríos y húmedos. No pudo comprender cómo había sido su refugio durante tantos años, desde que era niña y la descubrió gracias a Deméter.

Encontró sin embargo sus joyas. Estaban ahí, como una ofrenda dejada por su abuela. De dentro del pequeño cofre sacó su collar de zafiros azules, su pulsera resplandeciente de turquesas y su broche mágico de amatistas. Se vistió con ellas y se sintió benéficamente protegida. Consolaron tramposamente su desolación, pero el espejismo duró poco. La superficie del lago a la que conjuró para contemplar el cetro con su mano mágica sólo le devolvió la imagen oscura de una caja. Imposible saber dónde se ocultaba y cuál era su paradero.

Luego, de regreso otra vez en la cueva, entendió lo que era la soledad, una circunstancia más allá de la coyuntura y del momento. La suya era una soledad absoluta, la certeza angustiosa de su propio yo desgajado del racimo de la colectividad. Un destino solitario, encumbrado. Ése era el precio del poder. Ésa era la otra moneda del reinado de la elegida.

Al caer la noche, una sombra sinuosa penetró en la cavidad y se deslizó hasta situarse a su espalda.

Anaíd estaba a la defensiva con su atame en la mano y dispuesta a rebanar el cuello que hiciese falta. En pocos segundos, agarró a su presa por los cabellos y arremetió con su atame contra su cuello.

– ¡No, Anaíd, no, por favor!

Era Dácil.

Su atame, sin querer, había rozado su tierno cuello y le había causado una finísima herida.

– Lo siento -se disculpó Dácil-. No quería asustarte, sino consolarte.

– ¿Ya lo sabes? ¿Sabes quién soy? ¿Sabes qué soy? -arremetió Anaíd furiosa.

Dácil se encogió de hombros.

– Os espié y me enteré de todo. Pero no te tengo miedo, yo te quiero.

Y se abrazó a ella con fuerza. Anaíd se calmó y dulcemente recogió la gota de sangre que manaba de su cuello con su dedo índice y se la quedó observando. Era la sangre de su joven amiga, una sangre apetecible, joven y fresca, una sangre vivificante.

Miró a Dácil, palpó su desamparo y su sonrisa grácil. La abrazó más fuerte y sintió el calor de su cuerpecillo y el palpitar de su sangre.

La sangre de Dácil.

La sangre de una Omar.

Ansiaba la sangre.

– ¡Vete! ¡Vete de aquí! -gritó asustada echándola de su lado, horrorizada por su instinto-. ¡Vete lejos, no quiero verte más, nunca más!

Y ella misma alejó a la única persona que había acudido por voluntad propia a su lado. Quizá a la única que la admiraba sin resquicios, que la adoraba sin condiciones, que la quería tal cual era.

Dácil, con el corazón roto, salió de la cueva y se perdió en la negrura del bosque.

Anaíd deseó morir, había tocado fondo. Por eso aceptó con gratitud la presencia oscura de la víbora, agradeció su tacto viscoso y su lengua bífida y recibió con tristeza jubilosa el agudo y breve mordisco venenoso.

Luego esperó su muerte.

En vano.

Su herida se infectó y la sangre emponzoñada se extendió por todo su cuerpo, pero su cuerpo generó su propio antídoto, luchó contra el veneno intruso, lo venció y restauró su salud imperecedera.

Anaíd, incrédula, movió su brazo, antes hinchado, su mano, antes tumefacta, y comprobó que nada le había ocurrido.