CAPÍTULO XVIII
La oscuridad fría de la cueva se había trocado en una luz anaranjada y suave como un melocotón maduro. Anaíd tenía el cuerpo entumecido. La humedad que rezumaban las estalactitas y las paredes calizas le había calado la ropa y, al desperezarse, notó que le dolía hasta el alma. Si las Odish tenían alma, claro.
Se sintió mal y recordó su pesadilla. Era muy vivida, casi real. Había soñado con Dácil, la pobre niña apartada de su madre, que corría llorando por el robledal y se alejaba de su refugio mágico para ser devorada por otro bosque más frondoso. Su llanto quedó engullido por los líquenes y sus lamentos se perdieron entre el alegre fruto rojo del serbal de los cazadores. Dácil se escurría entre las sombras que proyectaban los tilos hasta que fatalmente se dejaba caer bajo un venenoso tejo. En su llanto Dácil la llamaba, pero ella no quería verla, la había echado de su lado dejándola sola y abandonada. Dácil tenía frío, miedo y la certeza de no ser amada. Gritaba su nombre una y otra vez. ¡Anaíd! ¡Anaíd!, repetía. Pero ella no acudía. Se tapaba los oídos para no oírla. Pasaban las horas entre gemidos y sollozos hasta que Dácil recibía la visita de una invitada oportunista. La víbora.
Sintió un escalofrío al recordar su pesadilla. Baalat, la serpiente fenicia, reptaba por el cuerpo de Dácil, llegaba a su precioso cuello e hincaba los dientes largos y amarillentos en su carne rosada. Dácil aceptaba la muerte con resignación, sin luchar, languideciendo como la pobre Dorizca, perdiendo la sangre y la vida bajo la boca ávida de Baalat.
Se estremeció de espanto al recordarlo.
Pero sólo había sido un sueño.
Y sin embargo, una voz le decía que no era sólo un sueño. Un presentimiento le advertía de que esa voz decía la verdad.
Se levantó con las piernas temblorosas y salió al exterior. El sol del mediodía calentaba las copas de los robles. El canto de los gorriones y los mirlos espantó su pena y el vuelo de las perdices de alas blancas la tranquilizó. Era un día soleado, bello, esperanzador. Quiso convencerse de ello, a pesar de que no era cierto. Los pinzones entonaban una canción fúnebre. El quebrantahuesos de vuelo majestuoso hablaba de muerte y avisaba a los buitres de la presa que yacía bajo un tejo, oculta. El gavilán la había visto desde las alturas y se lamentaba por su muerte al recordar su caminar grácil. El pito negro de cabeza roja recordó su canto alegre y se entristeció porque ahora estaba muerta.
Apresuró su paso y preguntó a la marmota, pero la marmota, asustada, huyó sin responderle. Anaíd enloqueció y preguntó al topo y a la rana bermeja. Y finalmente fue la musaraña quien, compadecida de su angustia, le indicó el lugar exacto donde yacía la muchacha.
Anaíd se arañó piernas y brazos desbrozando matorrales hasta llegar a los pies del tejo. Se arrodilló, apartó las hojas y se llevó la mano al pecho. Allí, tendida y blanca, estaba la pequeña Dácil. Muerta.
En su cuello hinchado y amoratado quedaba la marca de los orificios de Baalat.
Abrazó su cuerpo sin vida y lo notó frío.
Y Anaíd supo que las Odish sentían pena. Ella era una Odish y la pena la aturdía. O la culpabilidad, o el dolor, o la angustia. No estaba preparada para la muerte y menos todavía para la muerte de alguien inocente como Dácil. Eso la enaltecía a sus propios ojos. Su capacidad de sentir tristeza y hasta de llorar sobre las pálidas mejillas de la niña muerta la llenaron de orgullo. No era una desalmada, no era cruel, no era insensible.
Se fue contagiando de su propio entusiasmo. Dácil era una víctima de su egoísmo y no debía morir. Se merecía otra oportunidad. Se creció tanto que dejó de sentirse Anaíd. Era la elegida, la que las profecías anunciaban. Las Omar y las Odish la temían. Era inmortal. Era todopoderosa. Bien podía permitirse el privilegio de otorgar la vida, como las madres, como las semillas, como la naturaleza misma.
Levantó la vista y a lo lejos divisó los valles cubiertos de lirios, narcisos, orquídeas y gencianas. Un espectáculo de color que Dácil no vería más. No era justo. No podía permitirlo.
Tomó el cuerpecillo ligero de la niña y lo levantó hacia el sol. Conjuró su fuerza y su poder y le rogó calentar su sangre e insuflar de nuevo el aliento en su boca.
– Adir evelvu alle -dijo en la lengua antigua, y al hablar su voz se fue enronqueciendo.
Enmudecieron los mirlos y se detuvieron los sarrios en lo alto de los riscos. La tierra tembló, las ramas de los árboles crujieron y las rocas comenzaron a rodar por las escarpadas laderas. Un murmullo sordo emergió de la garganta de la tierra y los animalillos del bosque huyeron despavoridos de sus guaridas.
Anaíd elevó aún más el cuerpo de Dácil y todos vieron cómo el sol se inclinaba sobre ella y depositaba un rayo en los ojos yertos de la muerta. Durante unos instantes el tiempo se paralizó. Los corazones dejaron de latir, la savia dejó de circular y las mariposas suspendieron su vuelo.
Hasta que los párpados de Dácil temblaron.
Sus piernas patalearon en el aire, como un recién nacido en contacto con la gravedad. Su boca se abrió, aspiró el oxígeno con avidez y su pecho se quedó henchido de vida. Su sangre volvió a fluir por sus venas y sus mejillas recobraron el color.
Poco a poco el milagro fue obrando su curso.
Sus dedos, perezosos, se movieron uno a uno como amebas marinas y sus manos volvieron a estar calientes y curiosas, deseosas de tocar y conocer. Estaba viva.
Anaíd, la elegida, la había devuelto a la vida.
Dácil abrió sus ojos, contempló a Anaíd y sonrió.
– Anaíd -musitó.
No pudo decir nada más. El temblor de la tierra fue tan rotundo que Anaíd cayó al suelo y Dácil se desvaneció.
El terremoto sacudió el valle y toda criatura viva recordó por siempre aquellos minutos en los que el suelo enfurecido se replegó sobre sí mismo y sacudió su rabia abatiendo abetos centenarios, frondosas hayas y avellanos de duras ramas. El bosque crujió, la tierra se resquebrajó y la luz se ocultó bajo las tinieblas.
Anaíd, tendida en el suelo, abrazó muy fuerte a Dácil. Estaba desmayada, pero viva. Le bastaba con eso.
La oscuridad fue adueñándose del cielo y las aves volaron piando enloquecidas y chocando entre ellas.
Anaíd sabía que todo sucedía por su causa. Había desafiado el orden natural de las cosas y la naturaleza le recordaba sus leyes. Pero era la elegida y estaba en su derecho.
Hasta que el aullido de la loba la sacó de su ensimismamiento y la llenó de amargura. La loba aullaba a los malos presagios. La vieja loba de pelaje gris, la madre loba de porte majestuoso, Deméter, estaba delante de ella contemplándola.
– ¿Qué has hecho, insensata?
– Dácil no se merecía morir -objetó Anaíd temblando.
– Tú no eres nadie para decidir quién debe morir y quién no -rugió la gran madre loba.
– Soy la elegida de la profecía -aventuró Anaíd sabiendo de antemano que nada justificaba su comportamiento.
– Has formulado el hechizo de vida prohibido por las Omar.
– Lo sé.
– Has desafiado las leyes de tu tribu.
– Lo sé.
– Has desobedecido a tus matriarcas.
– Lo sé.
– ¿Por qué lo has hecho?
Anaíd quiso justificarse. Quiso decir que amaba a Dácil, que Dácil había muerto por su culpa, que le salvó la vida en el castillo de Erzebeth Bathory y tenía con ella una deuda de sangre. Pero pensó en los miles de mujeres Omar que habían visto morir a sus hijitas, a sus hermanas o a sus primas. Todas ellas hubieran querido devolverles la vida. Todas hubieran encontrado algún motivo para dar a sus muertas inocentes una segunda oportunidad. Ciertamente, lo que acababa de hacer no era lícito. Era un sacrilegio. Pero lo había hecho.
– Fue un impulso. Por favor, abuela, perdóname.
La loba se irguió sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras sobre los hombros de Anaíd. Con su lengua áspera lamió la cara de su nieta.