– No puedo ayudarte, ni siquiera puedo compadecerte y en cambio te perdono.
Anaíd sintió cómo se quitaba un gran peso de encima.
– Gracias, muchas gracias. Ha sido una pesadilla, pero ya ha acabado todo.
La loba sin embargo estaba triste.
– No, Anaíd. No es cierto. Eres la elegida maldita. Con este último acto de rebeldía se ha cumplido la maldición de Odi.
Anaíd sintió cómo se le revolvían las tripas.
– ¿Y eso qué quiere decir?
– Que las Omar lucharán para destruirte y las Odish desearán hacerte su reina para luego arrebatarte el cetro.
Anaíd se sintió completamente aturdida.
– ¿Y ya está?
Deméter pronunció lentamente su dolorosa sentencia.
– Y tú morirás.
Anaíd flaqueó.
– Pero… soy inmortal.
– La maldición de Odi es ésa.
Anaíd se encogió.
– ¿Entonces? ¿Estoy condenada?
– Sí.
Anaíd quiso llorar, pero no pudo. Sentía lástima por sí misma, al tiempo que incredulidad ante las palabras de Deméter, que ya había oído en boca de Cristine.
– O sea… todo da lo mismo. Igualmente moriré.
Deméter la corrigió.
– No es cierto. No te excuses, aún puedes procurar el bien para las Omar.
– ¿No soy una Odish?
– Tal vez.
– ¿Qué soy?
– Eso debes decidirlo tú misma.
– ¿Cómo?
– Escúchate y discierne entre las cosas primordiales y las secundarias. Hasta ahora no has sabido hacerlo.
– Nadie me ha enseñado.
– Nadie nace enseñado. Todo se aprende y para aprender es necesario equivocarse.
– Si tuviese el cetro… Con el cetro dominaría mis instintos.
– ¿Estás segura?
– Baalat lo tiene, tengo que destruir a Baalat.
– ¿Estás segura?
No, Anaíd ya no estaba segura de nada. Intentó razonar. Lo primordial era que Baalat era su peor enemiga, la más peligrosa, la que más se había atrevido a hacerle daño. Si no acababa con Baalat, Baalat acabaría tarde o temprano con las Omar y… con ella. Y lo secundario: tenía su cetro. O al revés. Lo primordial era que Baalat tenía su cetro y todo lo demás era secundario.
Vio cómo Deméter se alejaba por el bosque y corrió tras ella dejando sola a la desvanecida Dácil.
– Espera, Deméter, no me dejes. ¿Tengo que destruir a Baalat? ¿Es eso? ¿Tengo que hacer el Camino de Om? Dime.
Y cuando puso su mano sobre el pelaje de su lomo gris para detenerla, la loba clavó sus colmillos en su mano hiriéndola levemente. Era un aviso. Se llevó la mano a la boca, confusa. De su pequeña herida brotó una gota de sangre. Luego la loba desapareció entre la espesura.
Estaba sola.
Nadie la protegía, nadie velaba por ella y nadie podía mostrarle su camino.
Rompió a llorar con desconsuelo.
¿Quién la orientaría en su viaje? ¿Quién la ayudaría a discernir el bien del mal, lo secundario de lo principal? ¿Es que nadie se daba cuenta de que sólo tenía quince años? ¿Cuándo moriría?
Curiosamente, la certeza de que tenía que morir no la angustiaba tanto como sus errores. Quizá porque los humanos conviven con esa verdad desde su nacimiento. En cambio, estaba desesperada por haber desobedecido a las Omar, por haber rechazado a su madre y haber perdido a su padre. Hasta sus dos abuelas le daban la espalda.
– Anaíd, tienes que atreverte. Llevas la fuerza de la osa y la loba contigo.
Esa voz surgía de su interior. Era una voz helada que venía de muy lejos. De la blancura del frío.
– No estás sola, Anaíd. Estoy contigo para ayudarte a continuar. No te rindas ahora.
Anaíd secó sus lágrimas y se puso en pie mientras sus brazos se transformaban en alas de águila, alas poderosas que le permitirían atravesar la Península y sobrevolar el océano hasta las Islas Afortunadas.
– Eso es, Anaíd, sigue el Camino de Om. Venceremos a Baalat. Conseguiremos la piedad de los muertos -le susurró la voz.
Anaíd batió las alas y ascendió hacia los cielos despidiéndose de su paisaje, de su hermosa tierra poblada de montañas.
Al levantar el vuelo oyó un grito desgarrador, pero no hizo caso. Puso rumbo al Sur. Hacia las islas mágicas de los guanches. Hacia el Teide, la montaña cuyo cráter se comunicaba con el reino de los muertos.
Selene gritó en vano para que regresase.
– ¡Anaíd, no! ¡Vuelve!
Inútil. Anaíd se alejaba más y más. Era una hermosa bruja alada que volaba con sus cabellos ondeando al viento. Viajaría sin descanso, sin detenerse, sin comer ni beber. Así había viajado desde Sicilia hasta Urt y así viajaría de nuevo desde Urt hasta la montaña mágica de la isla de Chinet.
– No vayas, Anaíd. ¡Es una trampa! -exclamó Selene justo antes de torcerse un tobillo y caer al suelo.
No supo si le dolía el tobillo o le dolía su propia hija.
– No vayas, Anaíd, ya no eres una Omar. Estás maldita, Anaíd. No puedes recorrer el Camino de Om.
Y se tiró al suelo exhausta. Todo le salía mal. Era incapaz de mantener un rumbo en su vida y seguirlo. Su propia hija se desviaba de la ruta irremediablemente y ella no había hecho nada para evitarlo.
– ¡¡¡No vayas, Anaíd!!! Vuelas en la dirección equivocada -se desgañitó a sabiendas de que ya no podía oírla.
– ¿Y tú? ¿No levantaste el vuelo en la dirección equivocada?
Selene, sorprendida, descubrió a su madre Deméter ante ella. La loba sabía que le recordaba sus propios errores.
– Todos los hijos deben levantar el vuelo tarde o temprano. Las madres no podemos evitarlo.
– ¡Oh, madre!, hazla volver, se ha extraviado.
– No puedes evitar que se extravíe. Ésa es su vida, es su camino.
– ¿Y si su camino la conduce a la muerte? Sabes que si entra en el reino de los muertos no saldrá, no la dejarán salir. Está maldita por Odi -protestó Selene con desespero.
– ¿Y qué crees que puedes hacer? -objetó Deméter.
Selene se llevó las manos a la cabeza.
– Siento rabia, impotencia. Quiero rechazarla pero no puedo. Tendría que destruirla, pero soy incapaz.
– ¿Entonces?
Selene negó con la cabeza.
– No puedo dejar que muera. No puedo.
– Es tu hija y lo será siempre, viva o muerta. También se ama a los muertos.
Selene sollozó, incapaz de aceptarlo.
– Por favor, protégela, os ofrezco mi vida en su lugar… Díselo a los muertos. Ella no, ella no ha vivido, es demasiado joven para morir.
Deméter lamió sus lágrimas.
– Ella sabrá que puede contar contigo. Eso basta.
Selene cayó en la cuenta del dolor de su propia madre.
– ¿Te hice sufrir mucho, verdad?
– Yo nunca te abandoné.
Y era cierto. La fortaleza de Deméter fue el sostén de la joven Selene. Su madre nunca la abandonó. Su madre no se rindió por muy duro que fuese el rechazo. Pero ella, Selene, no tenía la fortaleza de Deméter. O eso creía.
CAPÍTULO XIX
La voz de la mujer de tez blanca y cuello elegante era acariciadora. Sus interlocutoras la escuchaban con arrobo desde sus sillas de diseño de la sala de convenciones del elegante hotel de Veracruz.
La conferenciante se dirigía al numeroso auditorio como si la distancia que las separaba fuese una simple mesa. El tono de su discurso era muy próximo, lleno de guiños y complicidades, y conseguía establecer, en esa distancia larga, la misma intimidad seductora que en la distancia corta.
– Popocatepetl fue un valiente guerrero que sufría por el amor de la doncella Iztaccíhuatl. Su padre, celoso del amor de su hija, envió a Popocatepetl a la guerra de Oaxaca, de la que muy pocos sobrevivían. Efectivamente, al poco tiempo llegó a oídos de la bella Iztaccíhuatl la noticia de que su amado había muerto en batalla. La joven murió de pena. Pero Popocatepetl no estaba muerto y, al regresar y encontrar a la hermosa Iztaccíhuatl sin vida, murió de tristeza. Los dioses, conmovidos, los cubrieron con nieve para transformarlos en montañas. Y ahí reposan, bajo los glaciares. La mujer durmiente y el hombre que arroja humo.