El auditorio mantuvo la respiración. La conferenciante continuó.
– Estamos reunidas cerca del Popocatepetl y quería que conocierais esta leyenda humana y mortal que a nosotras se nos antoja una solemne estupidez. La vida es lo más preciado que tenemos, lo único que poseemos. Podemos cambiar nuestras raíces, nuestros nombres, nuestros palacios y castillos y hasta el color de nuestros ojos. Pero nuestra vida es lo único que cuenta y sólo depende de nuestra voluntad de ser. Siempre me sorprende la flaqueza humana, tan propensa a menospreciar la vida, a malgastarla en minucias, a regalarla por causas nobles, sentimentales, pérdidas de antemano y en definitiva absurdas. Ciertamente somos afortunadas. No dependemos del sentimiento ni estamos sujetas a las pasiones. Tiempo ha, renunciamos a la maternidad y al amor, optamos por la inmortalidad impere cederá y por eso luchamos con uñas y dientes contra las sensibleras Omar. Y las vencemos. Por eso, porque ha llegado el momento de la verdad, os he reunido aquí para oír de vuestras propias gargantas si estáis conmigo o contra mí
En el auditorio creció un murmullo que fue cobrando forma y sonido.
– Contigo…
– Estamos contigo.
– Eres nuestra reina.
Las mujeres se levantaron de sus sillas y la aclamaron con rotundidad. Pero aún no tenía suficiente, con un gesto las hizo callar y continuó con su arenga.
– ¿Estáis dispuestas a todo?
– ¡A todo! -corearon las Odish con fiereza.
– ¿Me seguiríais a la guerra?
– Te seguiríamos.
– ¿Llegaremos hasta el final sin flaquear?
– Hasta el final.
– No moriremos de pena.
– No tenemos sentimientos.
La hermosa dama blanca paseó su mirada por los rostros de las bellas Odish: de tez oscura, o de ojos rasgados, o de cabello ensortijado…
– Habéis venido a mí desde todos los rincones del mundo. Estáis aquí para reiterar vuestra pleitesía o rendírmela por primera vez. El poder de la condesa ya no existe. Yo misma acabé con ella. Y bien, quiero oírlo de vuestras propias bocas -dijo esas palabras mirando fijamente a una parte de su auditorio.
Eran las acólitas de la condesa, que ahora le pertenecían. Una de ellas, la esbelta Uriel, se levantó en nombre de todas.
– Oh, dama blanca, dama de los hielos, hemos venido para jurarte nuestra fidelidad, la que nos pediste a cambio de una nueva era. Te hemos escuchado y nos has convencido, pero te preguntamos: ¿cuál es el secreto que guardas?, ¿qué nos ofreces a cambio de nuestro respeto y acatamiento?
– Os ofrezco el advenimiento de la era del cetro de poder.
El desconcierto volvió a planear sobre la sala.
– ¿Dónde está el cetro? -clamó una Odish salvajemente tatuada.
– ¿Y Baalat? -preguntó otra de piel caoba.
– ¿Es cierto que la elegida es una Omar y posee el cetro? -preguntó acusadoramente una Odish ligera como una muñeca, de rasgos orientales y mirada cruel.
La dama blanca las tranquilizó.
– Por favor, os ruego calma y os pido vuestra confianza. Todo está bajo control.
Uriel tomó de nuevo la palabra.
– Os creemos y confiamos en vuestra palabra, pero comprended que nos faltan las cortezas de que todas esas incógnitas se resolverán. Sabed que lomemos a Baalat, que no siente ningún escrúpulo en atacar a sus propias hermanas y destruirlas. Pensad que soñamos con el cetro y nos preguntamos dónde está, en qué manos y cómo regirá nuestros destinos. Pensad que la llegada de la elegida ha sido anunciada y que la condesa y Baalat organizaron a sus acólitas para destruirla, pero que vuestro reinado la mantiene oculta. ¿Acaso protegéis a la elegida?, nos preguntamos. Disculpad mi atrevimiento, gran señora, pero ésas son nuestras dudas.
La dama blanca sonrió mostrando sus dientes blancos y su serenidad impregnó los ánimos de todas.
– Yo os digo que Baalat será destruida muy pronto y para siempre. Ésa es mi promesa.
– ¿Y cómo podemos creerte?
La dama blanca levantó su mano y, ante el asombro de todas, el Popocatepetl rugió con ferocidad.
– ¿Lo oís? Él acaba de responderos. Él también lo sabe.
– ¿Y la elegida?
La dama paseó su mirada azul sobre las hermosas mujeres.
– La elegida es una de nosotras. Una Odish de sangre nueva, una Odish fiel a mi persona que sostendrá el cetro bajo el dictado de mis leyes.
– ¿Y si no te obedece?
La dama blanca suspiró.
– Conocéis bien mi implacable seriedad. Mi leyenda me precede. Jamás he dejado una ofensa sin resolver. Jamás he perdonado una promesa incumplida. ¿Me veis capaz acaso de dejarme dominar por una joven?
El silencio fue la respuesta más elocuente.
– ¿Y el cetro? -preguntó ávidamente la Odish oriental-. Quien tenga el cetro reinará.
Cristine le preguntó señalándola con el dedo índice:
– ¿Acatarás al cetro?
La Odish bajó la cabeza y Cristine las señaló a todas.
– Y las que aún no me creéis, ¿acataréis al cetro?
Las voces se elevaron como un murmullo.
Cristine, con el carisma de las que reciben el poder de la devoción ajena, se irguió ante ellas y levantó con solemnidad el cetro de poder.
– Aquí tenéis el cetro.
Su fuerza se hizo sentir y las Odish se llevaron la mano al pecho, ansiosas por rozarlo, deseosas de servirlo.
– Yo os digo que todas las Odish de la Tierra vendrán a mí y se rendirán al cetro y a la portadora del cetro. Yo os digo que, si estáis conmigo, ganaremos esta última batalla. Y habremos ganado la guerra.
El auditorio en pleno se alzó y aclamó con una ovación cerrada a su nueva reina indiscutible. La reina de las Odish.
Y sin embargo, la amargura del triunfo coronaba a la reina y auguraba tiempos oscuros y difíciles.
TERCERA PARTE: LA GUERRA
Ella destacará entre todas,
Será reina y sucumbirá a la tentación.
Disputarán su favor y le ofrecerán su cetro,
cetro de destrucción para las Odish,
cetro de tinieblas para las Omar.
El dictado del corazón de la elegida propiciará
La una triunfará sobre las otras
Definitivamente
La Profecía de Odi
CAPÍTULO XX
L noche era cálida y los sábados, a la orilla del mar, al pie mismo del Etna, se prestaban a las fiestas. Los porches del jardín salpicados de glicinas y la pérgola cubierta de alegre buganvilla daban cobijo a una horda de jóvenes entusiastas de la música, el baile, las bebidas y los juegos.
En el centro de todos, Clodia, quince años, morena, vital y colorida, modelo chica pizza Caprichosa, giraba y giraba como una peonza al son de la música. Entre los compases de rock le llegaba el sonido de las risas de sus amigos y notaba el tacto de sus manos que la empujaban en su delirante danza torbellino. Respiró una vaharada excesiva del aroma dulzón y mareante del jazmín que le produjo náuseas y claudicó.
– Basta, basta, por favor.