Las manos dejaron de empujarla y hacerla girar y Clodia cayó sobre el césped, con teatralidad, fingiendo un vahído, a sabiendas de que muchos pares de ojos la estaban mirando y de que tenía que caer bien, a ser posible con estilo.
Ella, sin embargo, no podía verlos. Llevaba los ojos tapados con un pañuelo blanco y rojo que formaba parte del juego. Una modalidad de gallinita ciega que se había puesto de moda en los cumpleaños sicilianos. Pronto comenzó el juego de verdad, el más divertido, el que había estado esperando.
– ¿Preparada? -escuchó.
Clodia se pasó la lengua sobre los labios con nerviosismo. Estaba preparada y anhelante.
– Adelante -autorizó.
Clodia abrió la boca y suplicó que fuera Mauro el primero en comenzar. Fallaría y así repetiría una vez, y otra, y así toda la noche. Sintió un aliento muy cerca de su cara, una respiración inquieta y nerviosa y unos labios delgados y fríos que se posaron sobre los suyos. Eran inexpertos, torpes y sosos. Se enfadó por su mala suerte y tuvo deseos de pegarle un mordisco al novato. Se reprimió a tiempo.
– Romano.
Risas y aplausos. Había acertado. No podía ser otro; sólo besaría tan mal aquel niñato que, como mucho, practicaba con la pantalla de la Play-Station. Muy verde. Un suspenso.
Aún le faltaba la prueba del helado y otra vez a esperar su ronda de una hora.
¿Por qué tenía tan mala suerte? ¿Por qué no le había tocado ni una sola vez besarse con Mauro? Había ido a aquella fiesta exclusivamente para coincidir con él en el jueguecito y resultaba que era tan gafe que se había contaminado con los microbios de los adolescentes de media Sicilia sin probar ni siquiera una vez los apetecibles labios de Mauro.
Los helados le daban lo mismo. Siempre los acertaba. Fuesen de melón, pomodoro, banana o stracciatella. Era una excelente catadora de helados. Sacó la lengua y de un solo lametazo dedujo el gusto.
– Café y avellanas.
Aplausos de nuevo. Era imbatible en cuanto a gustos de helados y besos de principiantes babosos. Menuda porquería de fiesta. Iba a levantarse del suelo cuando la voz de Mauro la dejó KO. Aún no se había quitado la venda de los ojos, pero ya no tuvo fuerzas.
– Espera -le dijo en un susurro al oído-. A ver si adivinas este sabor.
Clodia se quedó paralizada y supuso que Mauro estaba arrodillado junto a ella. Con los ojos cerrados imaginó la escena. Ella inmóvil y tendida, como la Bella Durmiente, y él, el príncipe encantado inclinando su cabeza sobre la suya. Cada vez más cerca, más cerca, increíblemente cerca.
Clodia, en el cielo de los mortales, sintió cómo unos labios frescos y apasionados se posaban por fin sobre su boca y una lengua ávida buscaba la suya y la impregnaba de un maravilloso sabor a fresa.
Y entonces le dio el mareo de verdad. La noche mediterránea zumbó como los platillos del batería que sonaba en ese momento y sintió algo así como si se le fundiesen los plomos. Mauro se entretuvo en los entresijos de un beso interminable que despertó gritos de admiración. Clodia, lanzadísima y sin conciencia de ser observada por montones de ojos y caras de asombro, alzó los brazos, agarró a Mauro por el cuello, le devolvió su beso al cubo, se ahogó, tomó aire y continuó. Hasta que una envidiosilla con vocación de ONG los separó.
– Bueno, basta, basta ya, que os vais a quedar sin oxígeno.
Clodia se relamió los labios y suspiró sin quitarse la venda.
– Creo que…, que no me ha dado tiempo a saborearlo suficientemente. Necesito…, necesito otra oportunidad.
Anaíd hubiera dicho que morro no le faltaba. Y así era. Las ocasiones las pintan calvas, le hubiera respondido la fresca de Clodia. ¡Carpe diem!, gritaba Clodia por las noches a la carrera en las playas sicilianas. Y lo practicaba, vaya si lo practicaba.
Su comentario fue recibido con un montón de silbidos y risas. Nadie estaba dispuesto a concederle otra oportunidad y las chicas, la mayoría colgadas de Mauro y mosqueadas por la exclusiva, menos que nadie.
Pero Clodia se arrancó la venda de un tirón y se cogió al brazo de Mauro para levantarse del suelo. Lo contempló fijamente, comiéndoselo con los ojos, y probó su mejor juego de caída de párpados, el que nunca le fallaba.
– ¿Y tú qué dices? ¿Tengo otra oportunidad?
Mauro estaba dispuesto a concederle todas las oportunidades del mundo y Clodia empezó a creer que había ido a la fiesta por el mismo motivo que ella. Mejor, así ya no habría malentendidos ni jueguecitos dilatorios.
Junto a la nevera de los helados, y ajenos al resto de los participantes, comenzaron su degustación particular. Se quedaron al margen de los amigos corriendo el riesgo de no volver a ser invitados a ninguna otra fiesta por sectarios, pero Clodia sabía que ése era su gran momento. Mauro, el más guapo, simpático, enrollado y cachondo del instituto, era todo suyo. Ya tenía chico para la temporada. Bruno fue el anterior, pero no había ni punto de comparación. Mauro era… tanto bello…, bellísimo.
– Humm… -suspiró saboreando con fruición-. Dulce y amargo… Nueces y nata.
Mauro la besó de nuevo e insistió.
– Hay otro ingrediente.
Clodia se lanzó a la investigación, y estaba en ello cuando el rugido la interrumpió.
Fue un tronar claro, nítido, tan evidente como el sabor de nuez con manzana y nata que se disolvía en su boca, lentamente. Sin embargo, nadie más en la fiesta lo había oído.
– ¿Qué pasa? -preguntó Mauro al darse cuenta de que Clodia se apartaba de él y se quedaba súbitamente rígida.
– ¿No lo oyes?
– ¿El qué?
– El Etna.
Mauro se extrañó. Tenía buen oído.
– Ése es Bryan Ferry.
Clodia se quedó pasmada.
– He dicho el Etna, el volcán, nuestro volcán, el que está sobre nuestras cabezas.
Mauro sonrió.
– Te oigo, pero no te escucho -y volvió a besarla.
Clodia lo apartó de un empujón.
– Un segundo, por favor, me está enviando un mensaje.
Mauro, algo desconcertado, se la quedó observando como si fuera una marciana.
Clodia estaba en trance mirando fijamente el cono del volcán. Se llevó una mano al oído formando una caracola y escuchó con solemnidad. Efectivamente, el sonido era ordenado, rítmico. El Etna estaba hablando. Intentó descifrar el mensaje, pero la lengua de Mauro le hizo cosquillas en la nuca. Clodia, ni corta ni perezosa, le arreó un bofetón. Enseguida se arrepintió.
Mauro, ofendido, se llevó la mano a la mejilla.
– Vale, tía, que era un gesto cariñoso.
Clodia intentó darle un aire travieso a su pronto.
– El mío también, cuando me gusta mucho un chico le abofeteo, cariñosamente, claro.
Mauro no sabía cómo tomárselo. Optó por el lado optimista.
– Entonces te gusto.
Clodia nunca perdía oportunidades.
– Muchísimo, pero estoy un poco empachada. Tanto helado, tanto beso… ¿Continua-mos mañana?
Mauro no quiso dejarla marchar.
– ¿No te irás ahora y me dejarás así tirado como una colilla? -protestó.
Vaya, qué engorro. ¿Por qué tenían que ser tan complicadas las cosas?, pensó Clodia.
– No te dejo, me voy a soñar contigo.
– Podemos soñar juntos.
Clodia empezó a encontrarlo demasiado fácil. Estaba acostumbrada a los duros, o a los que fingían hacerse los duros.
– ¿Roncas?
Mauro se rascó la cabeza.
– No, no creo.
– Pues haz la prueba esta noche. Te pones un casete y te grabas. Mañana hablamos.
Eso era una promesa encubierta y no fallaba nunca. Dejó a Mauro inquieto y pensativo, preocupado por sus ronquidos y con el helado a medio degustar derritiéndose en la mano.
Clodia se dirigió elegantemente hacia la verja y una vez en la calle echó a correr hasta que estuvo lo suficientemente lejos del bullicio. Se concentró de nuevo. Así lo podía oír mejor, y lo oyó perfectamente. El mensaje esa vez era claro, diáfano, tanto, que se le erizaron los pelillos de la nuca.