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– Anaíd está en peligro, mamá -le soltó de sopetón a Valeria, que estaba leyendo en la cama.

– ¿Cómo dices?

– El Etna ha hablado. ¿No lo has oído?

Valeria vaciló. Clodia era demasiado lista para engañarla. De nada serviría mentirle.

– Lo oí rugir, pero no le presté atención, estaba ocupada.

Clodia se rió.

– Pues mira que yo, si te explicase…

– No, no me expliques, prefiero no saberlo -rechazó Valeria horrorizada.

Estaba convencida de que si supiera todo lo que hacía Clodia tendría que reprimirla como una madre convencional y no le apetecía. Su pacto tácito era la discreción. Una vez iniciada y ya a salvo de lo peor de los ataques Odish, prefería dejarla en una semilibertad vigilada.

Pero Clodia insistió.

– No puedo creer que no lo escuchases. Tu obligación como matriarca del clan del delfín es transmitir los mensajes.

Valeria cerró el libro

– Está bien. Lo oí.

Clodia se puso en jarras.

– ¿Y…?

– Y nada.

– ¿Cómo que nada? El Etna nos está avisando de que Anaíd está en peligro. He intentado ponerme en contacto con ella y no responde a mis llamadas telepáticas. En su casa no hay nadie.

– El Etna ha hablado de peligro. No ha dicho nada de Anaíd.

– Lo he oído perfectamente -protestó Clodia-. Me enseñaste tú misma a inter-pretarlo.

– Te habrás equivocado.

Clodia se molestó. Estaba segura de tener la razón. Comenzó a dar vueltas por la habitación para importunar a su madre, que intentaba continuar leyendo, sin conseguirlo, claro.

– ¿Y no piensas hacer nada?

– ¿Qué quieres que haga?

– Pues ponerte en contacto con el clan de la loba, hacer llamadas a Selene, a Elena, a Karen. A cualquiera de ellas. No sé, tú conoces a más brujas Omar que yo. Siempre estás reunida. ¿De qué te sirve?

Valeria se puso en pie y salió de la cama definitivamente. Estaba muy bronceada y más musculada que nunca. A diferencia de Clodia, que prefería el baile y la discoteca, a ella la relajaba el deporte. Cogía su barca y se lanzaba a alta mar, a nadar, a practicar submarinismo y a retozar con los delfines, su propio clan.

Se había desvelado y se dirigió a la cocina sin calzarse. Le gustaba caminar descalza por la casa.

– Tú lo has querido: trae un conejo.

Clodia se quedó sorprendida.

– ¿Ahora?

– Pues claro. Salimos de dudas ahora. Mañana me voy temprano para Creta. Vuelo vía Atenas.

– ¿Otra vez reunida? -se quejó Clodia.

– Hay problemas en las tribus. Te aconsejo que extremes las precauciones.

Clodia siguió a su madre y aceptó que fuera ella quien eligiera el conejo. El ritual del sacrificio, como oráculos que eran, estaba listo para cualquier Omar que acudiera a su casa a medianoche a despejar sus dudas o iluminar su futuro.

Valeria trajo al animal, lo puso sobre la mesa y cedió el cuchillo a Clodia que, de un tajo certero, lo degolló. Recogieron la sangre en una palangana de plata y la observaron juntas.

– El peligro está muy claro -interpretó Clodia.

– Sí, cariño -ratificó Valeria-. Pero te acabo de decir que son tiempos difíciles. Hay muchas Omar en peligro. Observemos las vísceras, son definitivas.

Y al extender las vísceras sobre la mesa Clodia tuvo una desilusión. Anaíd no apareció por ninguna parte. Ni en el hígado, ni en el bazo, ni en los pulmones ni en el corazón. Anaíd estaba ausente del oráculo. Ni ella ni nadie que pudiera parecérsele. Los augurios eran vagos, tópicos, extraños.

Valeria recogió la sangre, limpió la cocina y guardó los restos del conejo en un Tuperware dentro de la nevera.

– Ya tienes comida para estos días.

En cualquier otra circunstancia, Clodia hubiera dado palmas de alegría. Acababa de ligar con el chico que le gustaba desde hacía un montón de tiempo. Su madre se largaba y le dejaba la casa para ella sola, y tenía un conejo en la nevera para cocinarlo y montar una cena opípara con quien le apeteciera. Y sin embargo, estaba tan preocupada que no se le ocurrió ni una sola de las posibilidades de rentabilizar su libertad. Ni tan siquiera soñó con Mauro, aunque de buena mañana se despertó con los labios hinchados, la lengua pastosa y un empacho de helado morrocotudo.

Valeria se despidió y Clodia se metió bajo la ducha. Todo era muy extraño. Anaíd no respondía a sus llamadas telepáticas. En su casa nadie contestaba al teléfono y Valeria evitaba investigar sobre su paradero, su salud o su situación. Y para colmo, las vísceras del conejo le daban la razón. Y eso que no se trataba de una hembra preñada. ¿O sí?

Y de pronto le surgió una duda. Salió a toda pastilla de la ducha y voló hasta la nevera dejándolo todo empapado. Cogió el cuchillo y, con mucho cuidado, hizo la comprobación con los restos del animal. Se llevó una mano a la boca. Era una hembra y estaba preñada. Su madre le había hecho trampa y el presagio no era correcto. Llamó desesperadamente al móvil de Valeria, pero lo tenía apagado como siempre que viajaba. Prefirió aclarar las cosas cara a cara. Se vistió a la carrera y paró un taxi.

Llegó al aeropuerto de Catania casi al mismo tiempo que Valeria y la interceptó en el mostrador de facturación.

– Clodia, ¿qué haces aquí?

– Me has mentido.

Valeria dejó caer la maleta.

– Está bien. Te he mentido.

– ¿Por qué?

Valeria tenía el semblante sombrío.

– Anaíd no está en peligro. Anaíd es nuestro peligro.

– ¿Qué significa eso?

– Que ya no es una Omar.

– ¿Y qué es? ¿Una mona?

– Ha caído víctima de la maldición de Odi, se ha cumplido la profecía.

Clodia negó con la cabeza, incrédula.

– No puede ser.

– Lo es. Es una Odish inmortal. Ha bebido sangre Omar, ha traicionado a su clan y posee el cetro de poder. Es muy peligrosa.

– Pero el Etna…

– El Etna nos avisaba a nosotras para que nos mantuviésemos alejadas de ella. El mensaje era inverso, cariño.

– ¿Y por qué no me lo dijiste anoche?

– Intentaba evitar que lo pasases mal.

Clodia no podía creerlo.

– Es mi amiga, no puedo abandonarla.

– Ya no es la amiga que conociste. Es alguien diferente, con su mismo aspecto, pero ya no es ella. Olvídala.

– No puedo. Yo la quiero.

– Y yo, pero el deber de la tribu…

– ¡A la porra con el deber!

– Cálmate, Clodia, me tengo que ir o perderé mi avión.

Clodia estaba triste.

– Dame dinero para el regreso.

Como Valeria no tenía suelto, le dio una tarjeta de crédito.

– Saca lo que necesites y guárdala. No sea que te la roben. Anda, un beso y no hagas tonterías.

Clodia se quedó ahí en medio, con la tarjeta en la mano y la mala conciencia instalada en su corazón.

Pero la casualidad o Valeria le habían dado una oportunidad insospechada.

Carpe diem.

Era una solución disparatada, como ella, pero relativamente sencilla. En lugar de dirigirse a la salida, esperó prudentemente a que el vuelo de su madre despegase y luego se dirigió a una agencia de viajes desde la que podrían gestionarle su pasaje a Madrid y el billete de autobús para Urt. Hasta tenía tiempo de hacer compras para su equipaje.

Y de pronto sonó su móvil.

– ¿Pronto?

– No ronco.

Clodia se quedó mirando el móvil como si hubiera oído la voz de un extraterrestre. Y así era.

Mierda, se dijo flojito para sí. Y con su mejor tono de voz despreocupado contestó:

– ¿Mauro? ¿Eres tú?

No podía ser. Una oportunidad como aquélla, un chico que besaba como un ángel, que la llamaba cariñoso al día siguiente y… que no roncaba.

– ¿Estás seguro?

– Segurísimo. ¿Soñamos juntos esta noche?