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Clodia sintió deseos de echarse atrás en su viaje. Aunque le dolían los labios y le asustaba la impetuosidad de Mauro. ¿No sería de la especie de los que se prometían en matrimonio, le compraban un pañuelo negro y la encerraban luego en casa?

Siempre estaba a tiempo de salir por piernas.

– Es que resulta que voy a una boda de una amiga.

– ¿Cuándo?

– Ahora mismo.

– Ayer no me lo dijiste.

– No lo sabía. Me acaba de llamar y estoy en el aeropuerto, a punto de coger el avión para España.

– ¿Y se casa así de repente, sin avisar?

– Ha sido de penalty.

– Ah.

Clodia se mordió las uñas.

– ¿Y ya sabes si pegas patadas?

– ¿Cómo?

– Por las noches, si pegas patadas.

– Pues no lo sé.

– ¿Tienes perro?

– No.

– ¿Gato?

– Mi madre.

– Duerme con el gato de tu madre una noche y, si no te soporta y se larga, es que pegas patadas.

Hubo un silencio largo y Clodia temió que se hubiera pasado y que Mauro estuviese simplemente borrando su nombre de la agenda del móvil. Pero no.

– Oye, ¿sabes que me gustas un montón?… Se quedó sin argumentos.

– ¿Porque soy un poco friki?

– Porque me lo estás poniendo muy difícil. Mucho.

– Ya

– Y me encanta

Clodia respiró aliviada. Un masoca. A por él.

– Aún no te he dicho lo peor. No sé cuándo volveré.

– ¿De dónde?

– De la boda de mi amiga.

– ¿Te esperarás a que nazca el bebé?

– Puede.

– Vaya. Clodia…

Clodia detectó un tono melifluo y cursilón en ese «Clodia» tembloroso como un flan. ¿No pensaría declarársele? Horror. No estaba preparada.

– Lo siento. Me he quedado sin batería. ¡Ciao!

Y colgó con una sonrisa picara.

Vaya, vaya. A Mauro le gustaba que se lo pusieran difícil. Pues había dado con la persona acertada. Difícil sería poco, se lo pondría tan megadifícil que se arrepentiría de tener lengua.

De momento se largaba a Urt.

Las amigas delante, los novios detrás.

Y en ese instante un temblor perceptible y, bastante evidente levantó un grito colectivo de pánico.

Un terremoto.

* * *

La cabaña también se movió bajo el efecto del terremoto, como las aguas del lago, como las copas de los temblorosos álamos. La cabaña osciló como un péndulo y, aunque sus frágiles paredes aguantaron, el temblor desprendió uno de los maderos del tejado que fue a caer sobre el hombre que yacía en la cama. El golpe que recibió en la sien le arrancó un grito.

Abrió los ojos y sintió un enorme dolor de cabeza. Se frotó el chichón incipiente y al rozar la palma contra su mentón se dio cuenta de que le había crecido la barba. Se incorporó poco a poco, sintiéndose mareado, pero enseguida le fallaron las fuerzas y volvió a caer. Miró hacia el lecho y por el agujero que había dejado el madero contempló la luz del día. Se dejó acariciar por la fresca brisa que se colaba a través del resquicio y que renovaba el aire viciado de la cabaña, y escuchó los graznidos de los pájaros que, asustados por el temblor, sobrevolaban los cielos en bandadas y oscurecían las nubes.

El sol estaba bajo y su color rojizo e intenso auguraba una hermosa puesta de sol, como las que le gustaba contemplar cerca de las cimas incontaminadas. Un destello rojo cruzó su pensamiento y abrió la puerta de sus recuerdos. Se agudizaron sus sentidos y vio el pelo de Selene y olió su aroma, el mismo que impregnaba su piel y la cama donde reposaba. Y de pronto, como una marea creciente, sus recuerdos inundaron su mente seca.

Era Gunnar, perseguía a Selene, protegía a Anaíd y había quemado los coches. ¿Dónde estaba Selene? Quiso levantarse, pero al hacer el amago del gesto se dio cuenta de que sus músculos estaban debilitados y de que apenas le respondían. Esa vez se incorporó muy lentamente y se sentó, apoyando su cabeza contra la ventana cerrada. La abrió poco a poco y empujó hacia fuera los postigos cerrados para que entrase la luz. Se fijó en su brazo cadavérico. Se palpó las costillas. Había perdido mucho peso y esa barba… significaba que llevaba ahí días. O quizá semanas.

De pronto lo vio sentado frente a la sencilla mesa de madera. Era un excursionista ataviado con un magnífico anorak de plumas, un polar, unas botas de trekking, unos pantalones y camiseta termodinámicos.

– Hola -saludó Gunnar extrañado.

– Vaya, por fin despiertas.

– ¿Llevo mucho durmiendo?

– Un par de semanas o más.

Gunnar se asustó.

– A lo mejor estoy deshidratado. Dame algo de agua.

– No puedo -se disculpó el excursionista-. Ni siquiera podía despertarte.

Gunnar lo comprendió. Era un espíritu. Se levantó a duras penas y pudo alcanzar su cantimplora. Dio un largo trago y poco a poco el agua bajó por su reseca garganta y alimentó sus venas. Fue bebiendo a tragos cortos, hidratando su cuerpo.

– Y dime, ¿te envía mi madre?

– Efectivamente. Ha velado por ti durante todo este tiempo.

Gunnar contempló sus brazos escuálidos.

– Ya se nota.

– Selene te hechizó.

Gunnar rompió a reír.

– Selene es genial.

El espíritu observó cómo Gunnar hacía los preparativos para cocinar una sopa de champiñones y se permitió objetar.

– Es más nutritiva la sopa campesina.

– Prefiero la crema de champiñones, gracias.

– Te recomiendo que comas cucharadas de azúcar, puñados de frutos secos y alguna tableta de chocolate. Te aportarán energía inmediata.

Gunnar no le hizo el menor caso y, mientras calentaba el cazo y removía la crema de champiñones, se permitió objetar:

– Tu atuendo es el de un excursionista de manual. ¿Cómo un excursionista erudito perece en la montaña? ¿Te dejaste el libro de instrucciones en casa?

El excursionista calló.

– Quien calla otorga.

El excursionista, con mirada melancólica, confesó su ridícula historia.

– Me intoxiqué en una ruta de supervivencia.

Gunnar no se rió.

– Con una seta venenosa, supongo.

– ¿Cómo lo sabes? -se sorprendió el excursionista.

– Odias los champiñones.

El excursionista suspiró y calló.

– No fui el único. Intoxiqué a mi monitor.

– Vaya, ¿y fue él quien te maldijo?

– No. Su hijo.

– ¿Su hijo?

– Le había prometido un Scaléxtric al regreso.

Gunnar escanció su crema de champiñones en una escudilla de cobre y removió con la cuchara para enfriarla. El aroma era delicioso y no pudo resistirse, la fue degustando len-tamente a riesgo de quemarse la lengua.

– Ya empiezo a sentirme algo mejor. ¿Qué mensaje me envía Cristine?

– Te espera en Veracruz.

– ¿Y por qué cree que iré hasta ahí?

– Tiene el cetro.

Gunnar se extrañó.

– ¿Y Anaíd?

– Acudirá hasta donde esté el cetro.

– ¿Selene la interceptó? -preguntó inmediatamente Gunnar.

– Anaíd escapó de Selene.

– ¿No pretendía hacer el Camino de Om?

– Las Omar se lo impedirán.

Gunnar se encogió de hombros.

– No entiendo qué espera de mí. No tengo ningún cometido.

El espíritu le corrigió.

– Cristine te necesita a su lado.

Gunnar paladeó sus últimas cucharadas.

– Dile a mi madre que tal vez la visite, pero que yo, si fuera ella, no me fiaría de las intenciones de mi propio hijo, o sea yo. Dile que no me prestaré al juego de interponerme entre Selene y Anaíd. Y dile también que no se le ocurra volver a atacar a Selene. ¡Ah!, y dile que el cetro debe estar en manos de la elegida y no en las suyas, y que estoy harto de sus tretas y sus manipulaciones, y que a partir de ahora no me prestaré a más juegos.