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Al despertar no tuvo ninguna duda. La mujer de nariz ganchuda y ojos penetrantes que la observaba era Aremoga. Intentó simular que aún dormía, pero Aremoga no era fácil de engañar.

– ¡Amushaica, Amushaica, ven! Ya despertó.

La joven Amushaica entró sonrojada por la carrera. Anaíd no la reconoció y creyó que era un chico. Era de piel morena y ojos color de miel, vestía ropa basta, camisa muy ancha de algodón, bermudas caqui y botas de suela resistente, pero lo que más sorprendía era su cabeza afeitada. Su cráneo moreno relucía al sol, desnudo y bronceado. Al avanzar, Anaíd se fijó en que cojeaba al caminar, pero era tan bonita que iluminó la cabaña. Y tras ella asomó el acongojado Unihepe, atrapado entre dos fuegos y muy azorado.

– Me alegro de que te hayas despertado -le dijo a modo de disculpa-. Luego regreso -y se despidió como si Anaíd hubiera tropezado con la puerta al entrar, en lugar de caer abatida de un porrazo.

– Espera, Unihepe, no te vayas.

– Tengo trabajo -se excusó.

Y con un leve gesto de hombros, dio a entender a Anaíd que lo habían cazado sin remedio y que se debía a sus amigas.

Cuando Unihepe se marchó, Anaíd, resignada, cerró los ojos y esperó a que Aremoga pronunciara un conjuro de inmovilidad. Estaba convencida de que ya se habían puesto en contacto con Selene, Elena o cualquier otra Omar, y que estaba firmada su sentencia de muerte, como la de Peraza. Pero su asombro fue tremendo. Aremoga agachó la cabeza ante ella y habló acongojada.

– Aremoga Aythamy, hija de Hermigua y nieta de Amulagua, matriarca del clan de la paloma, de la tribu guanche.

La muchacha, acostumbrada a obedecer y poco acostumbrada a hablar, se arrodilló junto a su abuela y la imitó balbuceando.

– Amushaica Aythamy, hija de Alsaga y nieta de Aremoga, del clan de la paloma, de la tribu guanche.

Anaíd tragó saliva y se presentó sin omitir ningún dato. Al fin y al cabo ya sabrían quién era.

– Anaíd Tsinoulis, hija de Selene y nieta de Deméter, del clan de la loba, de la tribu escita.

Inmediatamente Aremoga tomó la palabra con voz temblorosa.

– Mi niña, discúlpenos por golpearla. Fue un error imperdonable. Lo sentimos mucho.

Amushaica bajó la cabeza avergonzada y Anaíd contempló de cerca el cuello de la joven y sintió sed, una sed insaciable y angustiosa. Amushaica, con una voz tierna, se disculpó.

– Fui yo. Pego demasiado fuerte, soy muy bruta. Lo siento, pero no he ido a la escuela.

Y Anaíd percibió la vergüenza de quien se ha criado lejos de los convencionalismos sociales y se siente fuera de lugar. Amushaica era como un animalillo del bosque que sólo dependía de la voz de su abuela. Algo salvaje, torpe y asocial. Pero arrebatadoramente hermosa.

Anaíd no comprendía nada. Arumaga se lo aclaró. Tomó su mano y la besó con respeto.

– La marca de la gran madre loba. La señal de que su misión es prioritaria y de que todas las Omar debemos servirla, procurar su invisibilidad y protegerla. No la había visto nunca, es tal y como los manuales la describen.

¿Su mano? ¿Qué le ocurría a su mano? Contempló su mano y en efecto, los colmillos de Deméter, la loba, brillaban como dos estrellas en su dorso. Así pues, por eso la había mordido Deméter. ¿Era su pasaporte? ¿Encubría su naturaleza Odish? ¿No olían su olor acre ni adivinaban su condición de inmortal en su mirada?

Aremoga la distrajo.

– ¿En qué podemos ayudarla, mi niña?

Anaíd se molestó por el tratamiento, no era ninguna niña, y sin querer, le respondió con altanería.

– Antes que nada quiero dejar las cosas claras. Mi misión es muy importante y no responderé a preguntas indiscretas. ¿Entendido?

Aremoga no dejó vislumbrar ninguna emoción contradictoria.

– Entendido, mi niña.

Anaíd hubiera preferido que la retase. Estaba orgullosa de la fuerza de su poder. Quería que Amushaica abriese aquellos ojos color de miel tan bonitos y la contemplase con arrobo, con devoción, como Dácil. Pero fuese por la proverbial sabiduría que su mismo nombre indicaba, Aremoga no dio pie a que la ira prendiese en el ánimo de Anaíd.

– La escucho, mi amor.

– Tengo que llegar a las cuevas del Teide lo antes posible. Me espera Ariminda, ¿la conocéis?

Aremoga asintió.

– Naturalmente, la matriarca del clan de la cabra. La servidora del Teide.

Anaíd asintió.

– Necesitaré comida, agua y algo de ropa.

Aremoga hizo una señal a Amushaica, que antes de levantarse no pudo evitar la pregunta que le quemaba en la lengua.

– ¿De verdad volaste con alas de águila?

Anaíd se sintió admirada y respetada y por primera vez en ese corto espacio de tiempo la invadió un bienestar desconocido.

– Sí, volé desde muy lejos, desde los Pirineos.

– ¿Sin detenerte?

– Sin detenerme, sin beber ni comer. Por oso estaba exhausta.

– Unihepe dijo que tenías una pierna rota. ¿Cuál de ellas?

Anaíd hizo alarde de su magia y las flexionó. Amushaica se tapó la boca con la mano para reprimir el grito de asombro.

– Está perfectamente.

– La sané yo sola.

– Entonces -musitó con ansiedad-, ¿posees el don?

Aremoga se incomodó. Estaba asistiendo a la mayor exhibición de habla de su nieta, de natural reservada.

– Ya está bien, Amushaica. Basta.

Pero Anaíd ignoró a la abuela y sonrió a la nieta. Leía verdadera admiración en la mirada ingenua de Amushaica.

– Sí. Poseo el don.

Y Amushaica, tras haber dado infinidad de rodeos para explorar ese territorio, se lanzó a la gran pregunta que la corroía:

– ¿Puedes curarme?

Aremoga, recelosa, intervino.

– Amushaica, no moleste más a la señorita.

Pero Anaíd ni siquiera la escuchó.

– ¿Tienes alguna herida?

Amushaica se señaló a sí misma y Anaíd se fijó en que, bajo sus ojos, se formaban ojeras, algo impropio para una chica tan joven.

– Ya no sé qué hacer. Aremoga me dice que tenga paciencia, que aprenda a convivir con mi mal, pero yo quiero volver a correr y a saltar como podía hacer antes de la enfermedad.

– ¿Qué enfermedad?

Aremoga lanzó una mirada autoritaria a Amushaica.

– Sufre una enfermedad de la sangre que afecta a los huesos. No tiene cura. Podemos ayudarla para que no sufra, por eso vive en el bosque desde niña y yo le proporciono los remedios, pero ella desea un milagro.

Anaíd leyó en su mirada el escepticismo que se oponía a la fe ciega de la joven Amushaica. Le molestó. La sabia Aremoga la consideraba incapaz de sanar la enfermedad de su nieta. ¿Acaso no detectaba su infinito poder?

– ¿A ver? -inquirió Anaíd.

Amushaica se desabrochó la bota, se quitó el calcetín y le mostró su pie deformado y su uña del dedo gordo del pie negra e infectada. Tenía mal aspecto.

– Es muy doloroso. Paso noches enteras sin dormir.

Anaíd se arrodilló ante ella e impuso sus manos sobre el pie enfermo de la muchachita. Musitó unas palabras en la lengua antigua y apretó sus palmas contra su piel. La energía fluyó, modeló el pie y regeneró la uña enferma. Al levantar sus manos, Amushaica lanzó una exclamación sincera.

– ¡Me has curado! ¡Eres maravillosa! ¡Lo sabía!

Aremoga, la mujer sabia, no dijo nada, tal y como su naturaleza prudente le aconsejaba.

Anaíd, esperando el aplauso de la abuela, creyó que no la había convencido suficientemente.

– Eso sólo es lo que se ve. Acércate. Curaré tu sangre.

Pasó sus manos sobre el cuerpo de Amushaica y sus manos se detuvieron más tiempo del previsto en el dulce cuello de la paloma guanche. Palpó una a una sus venas palpitantes. Una sed lacerante la tentaba a acercar su boca a esa piel morena. Sintió, sin embargo, la mirada hiriente de Aremoga y continuó con el proceso. Al llegar de nuevo a sus pies, Amushaica saltaba de alegría.