– Oh, sí, mi señora, sois la elegida, la Odish que anunciaban las profecías.
– ¡Soy una Omar! -rugió Anaíd, súbitamente indignada.
– No puede ser, mi señora.
– ¿Por qué? Mi madre es Omar, mi abuela materna fue Omar.
– Pues las Omar desean acabar con vos.
– ¿Cómo lo sabes?
Iballa abrió sus grandes ojos.
– Porque están ahí en la puerta de la cueva, esperándoos para atraparos como hicieron con Hernán.
Anaíd rió con ganas.
– ¿Quieres que vaya a la puerta? Es una treta para evitar que sacie mi sed con esta niña Omar.
– Las Omar no beben sangre.
– ¡Ni yo tampoco! -rugió de nuevo Anaíd.
– Pero… -objetó Iballa angustiada-. Estabais a punto de…
– Mentira, ahora te enseñaré lo que estaba a punto de hacer.
Anaíd se inclinó sobre Amushaica, pero no pudo acercar su boca a su cuello. Algo la sujetó. Algo parecido a una cuerda viscosa que resbaló por su cara y su pecho y le impidió moverse. Intentó girar la cabeza y no pudo. Quiso levantar las manos, pero le fue imposible. No podía alcanzar su vara ni su atame, no podía servirse de sus armas. Se revolvió con saña, pero a cada movimiento se enredaba más y más en el cordaje invisible y pegajoso. Hasta que quedó completamente inmóvil. Lo supo enseguida. Habían lanzado sobre ella una telaraña mágica, igual que ella hizo con la condesa, y la habían atrapado como a una mosca.
Anaíd musitó un contraconjuro, pero al punto su conjuro fue anulado por otros varios.
El pinchazo fue breve. Un dardo lanzado con puntería que se clavó en su brazo e inoculó el veneno que la paralizaría.
Anaíd quiso resistirse, pero era demasiado tarde. Las Omar habían utilizado la estrategia de la araña, una fórmula de lucha colectiva muy antigua para defenderse de las Odish. Primero conducían a las Odish a un territorio propicio sirviéndose de un anzuelo y en el momento en que la bruja Odish bajaba la guardia ocupándose exclusivamente de su víctima la atrapaban en su red y la envenenaban con su aguijón. Luego la hacían desaparecer.
Anaíd se desesperó. Las Omar eran cobardes. Apenas hicieron servir esa táctica un par de veces a lo largo de la historia. Las Omar preferían esconderse a actuar. ¿A qué venía esa ofensiva?
Aremoga entró en la cueva y, haciendo caso omiso de Anaíd, levantó el cuerpo de Amushaica y lo abrazó.
– Hemos llegado a tiempo. Ariminda tenía razón, la elegida es muy poderosa, pero hemos salvado la vida a la pequeña.
– ¿Y cómo supo Ariminda de su llegada?
– La avisó su discípula, la joven Dácil. Le rogó que la retuviera y la avisó de sus poderes excepcionales.
Anaíd quiso gritar, pero no pudo. ¿Dácil la había traicionado? ¿Qué les había dicho a esas Omar para que la aprisionasen?
– ¿Y cómo podremos dominarla? Es poderosa.
Aremoga las tranquilizó.
– Ariminda quiere que la hagamos llegar hasta su guarida del Teide, ella será la guardiana de Anaíd hasta que el consejo de matriarcas de Occidente decida qué hacer con ella.
Otras Omar se agrupaban a su alrededor con reparo. Una de ellas señaló a Anaíd con extrañeza.
– ¿Ésta es la elegida?
– La imaginaba más fuerte.
– Con el pelo rojo.
– Parece una niña buena.
Aremoga las corrigió.
– Ya no es nuestra elegida, simplemente es una Odish.
Anaíd intentó protestar, pero el veneno había comenzado a hacer su efecto y había anulado su voz. Quiso moverse, pero se había quedado paralizada. Quiso urdir un plan, pero se dio cuenta de que se había esfumado su voluntad.
Aremoga se arrodilló junto a ella y sacó su vara de encima.
– Las lobas la han expulsado de su clan. Las Omar han abjurado de la elegida. Mis órdenes son… -y movió su vara en un movimiento circular e hipnótico- hacerla desaparecer con el conjuro del camaleón que Elena la loba rescató del olvido.
Anaíd quiso defenderse, pero, anonadada, se dio cuenta de que no tenía cuerpo.
Acababa de desaparecer.
CAPÍTULO XXII
El tranquilo pueblo de Hora Sfakion, bañado por un mar cristalino y habitualmente solitario por su difícil acceso al sur de la lejana Chania, estaba más animado que de costumbre. Desde hacía dos días, un lento pero constante goteo de mujeres llegadas desde todos los rincones de Europa había ido desembarcando en su puerto y desfilando con sus maletas por las estrechas y empinadas callejuelas. Lo curioso es que no se alojaron en ninguno de los hotelitos de la población que ofrecían sus camas y habitaciones con grandes carteles. Las mujeres, que tenían en común semblantes preocupados y largos cabellos, fueron llamando una a una, a la puerta de la casa blanquiazul de la vieja Amari, una sanadora con fama de bruja de una antiquísima familia de pescadores cretenses.
Amari no dio explicaciones a nadie y evitó responder a cualquier pregunta. Encargó una inusual cantidad de comida, cerró puertas y persianas a cal y canto, y purificó las escaleras de entrada con aroma de tomillo.
Todos supusieron que las recién llegadas eran brujas y no le dieron la menor importancia. Los pescadores estaban acostumbrados a ese tipo de eventos en casa de Amari.
Una vez pasada la novedad volvieron a reunirse en la taberna de Giorgio a comentar las incidencias del tiempo, a beber sus tragos de raki jugando a las tablas y barajando el número de turistas que bajarían los dieciséis kilómetros del desfiladero de Samaria la próxima temporada.
Selene estaba acalorada y cabizbaja a pesar de la frescura de las paredes encaladas de blanco y de la sombra deliciosa del emparrado del patio donde soplaba la brisa marina. Se sentaba junto a Karen, que sostenía su mano entre las suyas y le recordaba, con la presión amigable de sus dedos, que podía contar con ella, que estaba allí para ayudarla. Selene había elegido personalmente el lugar de la reunión en territorio Tsinoulis, en el epicentro de los dominios de la tribu escita, pero aun así, a pesar de las buenas vibraciones de su amiga, del paisaje mediterráneo que calentaba su corazón y de los lazos de hermandad que unían a la vieja Amari con su madre Deméter, era el objeto de todas las miradas hostiles. Las Omar de Occidente, enviadas por los clanes a la reunión urgente de Creta, la acusaban en silencio de su fracaso y la culpaban de su futuro trágico, sin esperanzas.
La mesa presidencial de las matriarcas estaba compuesta por la hermosa grulla Lil, famosa escritora; la científica de renombre Ingrid, una salamandra despistada y madre de familia numerosa; Valeria, del clan del delfín, apasionada y estricta bióloga; la jovencísima serpiente Aurelia, una luchadora del linaje Lampedusa que había sustituido a su abuela Lucrecia recientemente fallecida; y en el lugar presidencial y discretamente separadas la una de la otra se sentaban Ludmila, la cabra ruda de los oscuros Cárpalos, y Criselda, con su aspecto bonachón, sucesora de Deméter del clan de la loba.
La mesa estaba claramente dividida en dos facciones, una de las cuales era especialmente belicosa y adversa a las Tsinoulis. Estaba capitaneada por Luzmila, que había asumido interinamente la presidencia del consejo durante el tiempo en que Criselda, prisionera del mundo opaco, estuvo ausente. La conservadora cabra Ludmila, tajante y fanática, había llevado las riendas del consejo con dureza y tenía como incondicionales a la grulla Lil y a la salamandra Ingrid.
La otra facción, encabezada por Valeria, contaba con el tibio respaldo de Criselda, de mirada ausente, y la jovencísima Aurelia, falta de experiencia. Valeria se sentía carente del apoyo y liderazgo necesarios para convencer a las emisarias de los clanes de una actitud más conciliadora respecto a Selene y la elegida.
Selene percibía con claridad la animadversión de Lil, Ingrid y Ludmila. No era nuevo. Las tres se habían declarado enemigas suyas en su primer encuentro, anterior al nacimiento de Anaíd, en una aldea de la Bucovina. Percibió también la vibración serena de Valeria, su amiga y compañera, y la sonrisa animosa de Aurelia, nieta de la gran Lucrecia. Selene se sintió reconfortada por su juventud y su apariencia rebelde a causa de su cabello corto y su camiseta ceñida y sin mangas que dejaba al descubierto sus musculosos brazos. Ella fue quien inició a Anaíd en el arte de la lucha, pero por su condición de matriarca novata su voto era considerado de menor valía.