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Criselda, su tía, única familiar por su ascendente materno, y la antítesis de su carismática hermana Deméter, parecía algo ida, algo desubicada. Miraba sin cesar a su alrededor y sonreía insistentemente a cuantas Omar cruzaban su minuta con ella, incluyendo a su sobrina. Su cara redonda y sus ojos grises y cariñosos la conmovieron. Selene temía por su salud mental; el largo tiempo que pasó en territorio de la condesa, junto al lago, prisionera del tiempo y la locura, a la fuerza tenía que haber hecho mella en su equilibrio mental. Criselda había desconectado del mundo real y a lo mejor no había sabido regresar.

Selene intentó escuchar la cantinela de la dulce Lil, la grulla ilustre que tenía la palabra en esos momentos y que, tal y como esperaba, estaba imprimiendo un tono trágico a su discurso inaugural.

– ¿Qué será de las Omar si la elegida nos traiciona y se erige en portadora de un cetro destructor que dará el triunfo a las Odish? ¿Qué será de nuestras hijas y nuestras nietas? ¿Tendrán algún futuro? ¿Alguna esperanza? Durante generaciones, la fe en la llegada de esa elegida nos había mantenido unidas en las adversidades, nos había dado fuerzas en los momentos difíciles y nos había hecho remontar el dolor de las pérdidas de vidas. Pero si la elegida no ha sido adecuadamente preparada ni guiada en su sagrada misión, si se ha sentido perdida, desorientada y finalmente ha optado por seguir el camino equivocado que Odi había preparado con su maldición…, entonces, el final de las Omar, nuestro final…, está próximo. De nada habrán servido las enseñanzas que se han transmitido desde siempre a las niñas Omar para mostrarles el camino correcto e instruirlas en los preceptos de la tribu. De nada han servido los tratados y los estudios de las doctas Omar que, ayudadas por la ciencia, la filología, la astronomía o las matemáticas, han colaborado en los augurios y la interpretación de las profecías…

Selene no quiso escuchar más. Sentía un zumbido en los oídos. Aunque aparentemente el discurso asumía colectivamente la culpa del fracaso, ella sabía que Lil, la grulla Omar escritora que había sido la encargada de abrir la ronda de intervenciones, la estaba haciendo responsable de la situación. Se sentía acusada y señalada. ¿A quién, si no, se refería ante esa falta de «preparación» de la elegida, que no había recibido las enseñanzas adecuadas y por lo tanto no había sabido discernir entre el bien y el mal?

Selene oyó los aplausos que las emisarias dispensaron a Lil, pero no aplaudió.

Era el turno de Ludmila. Si Lil había sido discreta, Ludmila la despellejaría viva. No se lo ocultó en ningún momento. Su acusación fue directa y tajante.

– Selene Tsinoulis, aquí presente, la madre de la elegida, la díscola loba que convocó a Baalat con su comportamiento irresponsable y a quien en su momento perdonamos por respeto a su madre Deméter, es ahora la causante de nuestra desgracia. No ha sabido inculcar en su hija el respeto por la autoridad que ella nunca tuvo. No ha sabido imbuirla del compromiso hacia el clan, que ella rechazó. No ha sabido imponerse por la fuerza a las tentaciones con las que la joven Anaíd ha tenido que luchar, y no ha sabido finalmente recuperarla y reorientarla por la senda de la verdad.

Karen notó cómo Selene se iba tornando rígida, fría, insensible, y a pesar de eso sudaba de angustia. Mil ojos posados en ella, la culpa de haberlo hecho todo mal y el dolor por haber perdido a su hija eran razones más que suficientes para bloquear cualquier emoción.

Karen sufría por su mejor amiga. Le dolía cada una de las acusaciones de Ludmila. ¿Para qué expresar en palabras lo que todas sabían? De acuerdo que Selene no había sabido estar a la altura de las circunstancias, que no había sido capaz de actuar como mentora de la elegida, aun a pesar de ser su propia hija, o por ese motivo quizá. Pero ¿hacía falta lincharla? ¿Era ése el motivo de la reunión?

Como si leyese telepáticamente sus pensamientos la intervención de Valeria se hizo eco de sus quejas.

– ¿Y yo me pregunto: acaso hemos venido aquí para linchar a nuestra compañera Selene? ¿Es ése el motivo de nuestra reunión? Todas hemos acudido con urgencia a Creta, dejando lo que teníamos entre manos, para tomar medidas. La elegida está maldita y el cetro perdido en manos de las Odish. La condesa ha sido destruida pero Baalat ha vuelto a manifestarse. La guerra ha comenzado y estamos faltas de directrices. ¿Qué debemos hacer? No es momento de distraer nuestra atención ni dilatar nuestras decisiones acusando a una madre de haber educado mal a su hija.

Lil intervino.

– Dejemos pues para más adelante el castigo ejemplar que deberá recibir Selene. Centrémonos en el asunto que nos ocupa. El destino de la elegida maldita está en nuestras manos. Nosotras transmitiremos nuestro voto para que las matriarcas de las islas que la capturaron ejecuten nuestra sentencia. Yo voto por eliminarla. Su cuerpo debe ser destruido.

Selene sintió como las piernas le flaqueaban y un solo grito salió de su garganta.

– ¡Nooooo!

La sala entera calló. El dolor de una madre siempre era respetado. Criselda, con su semblante bonachón, señaló a Selene con la cabeza.

– Acércate, Selene. No hemos votado ni tomado ninguna decisión. Lil ha expuesto su parecer. Te concedo la palabra para que nos expliques tus motivos y tus razones puesto que otras han hablado de ti y de tu hija.

Selene avanzó lentamente como una autómata, con la mirada baja y el semblante pálido. Se sujetó a la mesa con las manos temblorosas y se dirigió al auditorio con un tono de voz grave.

– Os explicaré una historia que muchas conocéis. Sucedió cerca de aquí, en el palacio de Knosos. Dicen que el rey Minos mandó construir un laberinto a su arquitecto Dédalo para esconder en él al monstruo que engendró su esposa al unirse a un toro blanco. El Minotauro, medio hombre, medio toro, se alimentaba de carne humana y Minos exigió a la gran Atenas que le entregase cada siete años el sacrificio de siete doncellas y siete jóvenes para ser devorados por el Minotauro. Y Atenas se doblegó ante tamaña injusticia por miedo al gran rey Minos. Así, le fue entregado por dos veces lo mejor de la juventud ateniense. Hasta que Teseo, un héroe, decidió acabar con el sangriento tributo y, con la ayuda de Ariadna, de su espada mágica y de su ovillo, llegó hasta el monstruo, hundió su acero en el corazón del Minotauro, consiguió salir del intrincado laberinto siguiendo el hilo y liberó a Atenas del yugo.

Las Omar se quedaron algo sorprendidas por ese inicio insólito. La mayoría no supo a qué atenerse. Selene, entonces, levantó la cabeza con osadía. Sus ojos retomaron el brillo que los caracterizaba habitualmente.

– Aquí estoy, delante de vosotras. Una Omar como vosotras que, con mi silencio tácito, he aprobado el sacrificio callado de nuestras niñas y jóvenes. Así como las doncellas de Atenas eran entregadas ritualmente al Minotauro, nosotras hemos permitido durante siglos que nuestras doncellas fuesen desangradas para disfrute de las malvadas Odish. Yo vi morir a mi prima y a mi madre en sus manos. A pesar de mi juventud, he acumulado más experiencia que muchas de vosotras y mi experiencia me dicta al oído verdades que descubro ahora, de pronto, enfrentada al dilema de la muerte de mi propia hija… Una cosa tengo muy clara: las Omar somos cobardes. Las Omar nos escondemos. Las Omar confiamos en una elegida que nos librará de nuestros miedos y nuestro Minotauro, porque somos incapaces de unir nuestras fuerzas contra nuestras enemigas reales. En lugar de luchar contra las Odish, nos hemos dedicado a entregar a nuestras víctimas al sacrificio y a reprimir la disidencia que clamaba contra la sangre derramada, inculcando la obediencia ciega. ¿Qué hacemos ante esta ofensiva última que dirimirá la Gran Guerra? ¿Cuál es nuestra estrategia, nuestra respuesta, nuestro contraataque?