Y cuando Valeria pidió votar la salvación de Anaíd a manos de Selene y comenzar la lucha contra las Odish, Criselda, con el semblante transmudado, tomó la palabra,
– La información que me acaba de llegar es muy importante. Escuchadme bien. Me dicen que Anaíd ha conseguido burlar la vigilancia de las guardianas del Teide y ha penetrado en el cono del volcán. Para todas aquellas que desconozcáis el significado, os lo resumiré.
Criselda miró con lástima a Selene antes de continuar.
– Anaíd ha entrado en el Camino de Om, el camino que conduce al reino de los muertos. La maldición afirma que los muertos no le permitirán salir con vida. La elegida, traidora o no, está condenada a morir.
Selene, sin poder remediarlo y a pesar de la premura de Karen en atenderla, cayó al suelo desvanecida.
CAPÍTULO XXIII
Anaíd temblaba como una hoja. Apenas podía creer que se hallaba en el cráter del volcán, que había iniciado el Camino de Om y que ya no había marcha atrás en el espeluznante descenso hacia el reino de los muertos.
Unas horas antes yacía en la cueva del Teide, firmemente custodiada por Ariminda. Su cuerpo había desaparecido momentáneamente en La Gomera por el conjuro de Aremoga, hasta que se materializó de nuevo en la cueva de Chinet, junto a la cañada del Teide, que estaba destinada desde siempre a acogerla.
Pero no fue la invitada de Ariminda sino su prisionera.
Ariminda, la matriarca que la había estado esperando a lo largo de toda su vida y que había instruido a Dácil para agasajar a la elegida, no la trató con respeto ni deferencia. No le ofreció plátanos con miel ni vinos afrutados. No le preparó un lecho caliente, no le lavó los pies, no le dio con versación ni consuelo. Ariminda, silenciosa, inmóvil y con el rostro inescrutable, se mantuvo sentada junto a ella vigilándola día y noche, espetando el veredicto de las matriarcas que se habían reunido en Creta.
En Creta decidían si Anaíd debía morir o no.
Hasta que la llegada de Amushaica dio un giro a su destino. La joven llegó acalorada y nerviosa y explicó a Ariminda que su abuela Aremoga tenía ya una respuesta del consejo de Creta y que la convocaba urgentemente a reunirse con ella en La Gomera.
Anaíd tembló. El consejo sería implacable, tanto como lo estaba siendo Ariminda, o como lo fuera Elena. Tan cruel como la traición de Dácil, que le dolía más que las ataduras que inmovilizaban sus tobillos y sus muñecas.
Así pues, Ariminda encargó a Amushaica la vigilancia estricta de Anaíd y le dio instrucciones tajantes.
– Bajo ningún concepto hables con ella ni le concedas nada de lo que te pida.
Amushaica bajó la cabeza, sonrió levemente a Anaíd y Anaíd, dolida hasta la médula, la maldijo entre dientes por su hipocresía.
Sin embargo, en cuanto Ariminda se alejó lo suficiente, Amushaica sacó su atame, cortó sus ligaduras, le indicó sigilo con un dedo sobre los labios y la cogió de la mano para guiarla hasta lo alto del volcán.
Anaíd sintió cómo su corazón se ensanchaba de alegría. Estaba salvada. Amushaica la ayudaba, aún tenía amigas. Pero se sentía débil y antes de partir le rogó:
– Espera, no he comido ni bebido nada en tres días.
Amushaica le negó esa posibilidad.
– Tienes que mantener el ayuno para poder hacer el viaje. Y también debes purificarte y beber el agua sagrada. Lo llevo todo aquí dentro. Aunque no soy una guardiana del Teide, te ayudaré a oficiar tu paso. Ya sé que me castigarán por ello, pero no estaré tranquila hasta que puedas cumplir con tu misión.
Anaíd la admiró. Era una rebelde y asumía el castigo que recibiría de su abuela y las matriarcas. Se apresuró a correr tras ella porque Amushaica trepaba como una cabritilla salvaje.
– ¿Por qué me ayudas? -le preguntó Anaíd ya en la cumbre y recuperando el aliento tras la rápida ascensión.
Amushaica estaba preparando el incienso y los amuletos para oficiar el rito de Anaíd. Interrumpió unos instantes su tarea y abrió sus ojos grandes y melosos con asombro.
– Tú me ayudaste a mí. Me devolviste lo que más quería, la salud. Ahora soy feliz.
Anaíd se fijó en su bonita cabeza desnuda sombreada de una pelusilla castaña. Probablemente se dejase crecer el pelo y acabase huyendo del estricto control de su abuela.
Amushaica desnudó lentamente a Anaíd y la vistió con una túnica blanca, le permitió conservar sus joyas, el collar de zafiros, la pulsera de turquesas y el broche de amatistas que engarzó en su pelo, a guisa de adorno, y la roció con el polvo del incienso. Anaíd se sintió purificada y necesitó limpiar su conciencia.
– Amushaica, tengo que confesarte algo terrible -musitó avergonzada-. En la cueva de Iballa estuve a punto de beber tu sangre.
Amushaica sonrió.
– Mi sangre sería toda tuya si no tuvieses que cumplir tu misión.
Y le ofreció el gánigo con el agua sagrada para que la elegida bebiese y trascendiese su propia conciencia.
Anaíd bebió lentamente y luego, mientras esperaba su transformación, no se acercó a Amushaica, no la besó ni la abrazó para que no confundiese sus intenciones, pero estaba conmovida.
– Eres maravillosa, te deseo mucha suerte.
Su transformación se produjo con celeridad. Pronto, su cuerpo se tornó etéreo e ingrávido y a sus pies se abrió la grieta que la conduciría a los confines del mundo conocido. Sin mediar palabra con Amushaica, cerró los ojos y dejó que la voluntad de los muertos la engullera.
Pronto descubrió que su ingravidez le permitía escurrirse por las grietas y descender a una velocidad vertiginosa hacia las entrañas de la Tierra cayendo por una chimenea interminable, bajando por un tobogán de lava resbaladizo. Cayó, cayó y cayó protegida por las rocas. Hasta que tocó suelo. Su falta de peso fue providencial para no lastimarse, pero el camino se acababa bruscamente ahí. No había nada más.
Se sujetó asustada a las paredes e inclinó ligeramente la cabeza. Ante ella la oscuridad más absoluta y un precipicio insondable cortado a ras. No podía ser. Era una trampa. Se fijó mejor. A lo lejos, al otro lado de la nada, se erigía una montaña que emanaba una delicada luz. Su intuición le dictó que allí comenzaba el camino verdadero. ¿Pero cómo llegar?
Entonces distinguió la cuerda, apenas un destello. La tocó con el dedo y se hirió; era dura y cortante. ¿Era ésa la continuación de su camino? Un pavoroso abismo que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos y tan sólo una delgada cuerda afilada como una cuchilla que unía ambas realidades.
Si deseaba continuar avanzando no tenía más remedió que vencer su vértigo y caminar por el filo del frágil puente colgante de apenas dos dedos de anchura. Puso un pie en él y lo retiró dolorida. Cortaba como un cuchillo y su pie sangraba. Era imposible avanzar por esa cuerda afilada que se combaba a su paso y se clavaba sin piedad en la planta de sus pies. No podría caminar sin perder el equilibrio. Era imposible que un ser humano siguiese ese camino.
¡Claro!, por algo era la senda de los muertos y los vivos no podían seguirla. ¿Qué hacer?
Tal vez se tratase de no pensar. Sabía que los estados de conciencia que conseguían dominar la voluntad permitían separar el dolor del cuerpo. Y así lo hizo. Hizo prevalecer su deseo de avanzar sobre el miedo al dolor.
Se puso en pie con determinación, se concentró y caminó sobre la delgadísima y afilada navaja. Lo estaba consiguiendo. Un paso, otro, otro más. Ya se hallaba a una distancia de dos cuerpos del lugar de partida. Miró hacia delante, a lo lejos, se detuvo, la cuerda se balanceó y sintió pánico. Le quedaba demasiado trecho. Se mordió los labios para infundirse fuerzas y en ese mismo instante sus ojos se desviaron inconscientemente al fondo del abismo y sus piernas temblaron sosteniéndola a duras penas.