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Si el dolor era lacerante, el miedo era mucho peor. La atenazaba y la hipnotizaba atrayéndola a sus dominios. Eso era el vértigo. Y el vértigo la inducía a mirar hacia el precipicio infinito y oscuro. El vértigo la arrastraba. Caería sin remedio, desaparecería devorada por la nada y se mecería para siempre en el vacío. Una angustia insospechada se instaló en su ánimo. No lo conseguiría. Caería. Ella misma se impregnó de la idea de la caída y la deseó; sus rodillas se doblaron. El mareo hizo que su cabeza diese vueltas y perdió el control de su voluntad sobre el dolor. Enseguida volvió a sentir las heridas de sus pies sangrantes. Apenas se divisaba el final de ese largo camino; aún no había comenzado y ya estaba a punto de desfallecer. No tenía fuerzas ni coraje para ir adelante.

Ya estaba cayendo, las piernas no la sostenían, quería agarrarse a algo pero a su alrededor sólo había vacío, el angustiante vacío. Sus brazos se agitaron asiendo la nada, braceando inútilmente, imitando el boqueo desesperado del pez fuera del agua. Y en uno de sus movimientos sus manos toparon con el zafiro de su cuello, la piedra que le permitía afrontar los desafíos. Y la piedra le confió un secreto: necesitaba equilibrio, el equilibrio que le permitiría mantener el dominio de su cuerpo y su mente para adelantar paso a paso sin escuchar el dolor y sin inclinar la mirada hacia el abismo insondable. Se aferró a eso. Quiso dominar su vida a pesar de que estaba a punto de perderla.

Entonces oyó la voz fría y serena instalada en su ánimo.

– Adelante, Anaíd, adelante, puedes hacerlo. No pienses en el dolor ni en la sima de los mundos y mira al frente. Mantén la mente en blanco, libre de servidumbres. No escuches, no mires.

Y Anaíd, obedeciendo las palabras que le dictaba su hermana de leche Sarmik, avanzó por el puente cortante que une los mundos.

No supo si su camino duró horas, días o minutos; no supo si sus pies sangraban o el vacío cambiaba su tonalidad o la llamaba con voz sibilante. Avanzó con la mente en blanco, los oídos sordos, los ojos ciegos y los pies firmes. Avanzó con convencimiento, un paso tras otro, hasta que tocó tierra de nuevo y se dejó caer. Sólo entonces se permitió mirar atrás y un grito de espanto se escapó de su garganta.

Sus pies estaban lacerados y cubiertos de sangre y el abismo oscuro y amenazador retumbaba de chillidos horrendos que reclamaban a su víctima. Ella.

Apretó con fuerza su piedra de zafiro y agradeció a su abuela Cristine el acierto de regalársela.

Ya no había vuelta atrás. Estaba en el territorio de los muertos. Miró a su alrededor notando extrañas sensaciones. Efectivamente, el color se había desvanecido, igual que los olores, las sombras y la dimensión tridimensional. Atrás habían quedado sus necesidades humanas. No sentía hambre, frío, sed ni sueño. ¿Había muerto?

Pronto supo que no.

Se levantó y dejó atrás la sima de los mundos decidida a internarse en el Camino de Om. Se introdujo en la cavidad que conducía a las entrañas del mundo desconocido de los muertos y comenzó a caminar. Era fácil, sólo había un camino. Un único camino. No le resultaría complicado seguirlo. Y así lo hizo. Caminó, caminó y caminó con los pies desnudos y sangrantes hasta que ante ella se alzó una puerta. Se detuvo y miró a ambos lados buscando alguna otra alternativa. No había ninguna otra excepto la puerta. La abrió poco a poco, con cuidado, con miedo, sin saber qué encontraría detrás. Y enseguida lo vio. Un enorme y poderoso tigre de más de dos metros estaba vigilando el recinto, agazapado a pocos pasos de la puerta y dispuesto a saltar sobre ella en cuanto pusiese un pie en sus dominios.

Anaíd cerró la puerta de inmediato y respiró agitadamente empujando con el liviano peso de su cuerpo la hoja de madera, temiendo que el tigre fuese lo suficientemente poderoso como para empujarla y atacarla. Y así lo habría hecho si hubiera estado escrito. De un simple zarpazo o de un simple golpe, la puerta hubiera cedido al empuje de la bestia. Pero no sucedió nada y poco a poco Anaíd se fue serenando.

Era su primera prueba, no había ninguna alternativa ni ninguna escapatoria. Tenía que enfrentarse al gran felino y, puesto que era una bruja, su baza era recurrir a la magia. Imposible confiar en su fuerza humana ni en su agilidad o rapidez para escabullirse del enorme depredador. Recordó los hechizos de inmovilidad, pero… ¿serían igualmente posibles en esa nueva y extraña dimensión? Se arriesgó.

Movió los dedos del pie derecho y formuló el conjuro.

– Etendet orp azelnarut.

Fue instantáneo. Sus dedos quedaron paralizados. Bien. Su recurso era posible. No estaba desvalida.

– Ocrab soritir torgi.

Sus dedos volvieron a recuperar la movilidad. Ya tenía suficiente. Tomó aire, abrió la puerta, miró fijamente al tigre y musitó:

– Etendet orp azelnarut.

El tigre no tuvo tiempo de rugir. Quedó paralizado en el suelo tan largo como era, indefenso, incapaz de moverse. Anaíd avanzó con cuidado y sin perderlo de vista. Pasó junto a él temiendo que sucediese algo imprevisto y el gran felino recuperase su agilidad, pero consiguió dejarlo atrás y continuó su camino. Sin embargo, a los pocos metros y ante su sorpresa, encontró una puerta igual a la que acababa de abrir. La misma muesca en su pomo, la misma mancha en la rebaba de su lado izquierdo.

La empujó con desconfianza y volvió a cerrarla enseguida. Lo que había al otro lado de la puerta era igual que lo que acababa de dejar a sus espaldas. El mismo tigre vivo, la misma disposición del espacio vacío, el mismo fondo desdibujado. No, no podía ser. Se armó de valor, empujó la puerta con decisión y esa vez dejó que el tigre rugiese. Cuando ya se disponía a saltar formuló su hechizo.

– Etendet orp azelnarut.

El tigre quedó inmóvil en una posición imposible y Anaíd se sintió satisfecha de sus reflejos. Pasó por su lado admirada de la musculatura que había dispuesto sus palas para el salto. Era como contemplar un enorme gato diseca do. Lo dejó atrás e intentó olvidarlo.

No quiso adelantar acontecimientos y continuó avanzando sin pensar en ninguna posibilidad. Esa vez pudo avanzar más que la vez anterior, hasta que, de nuevo, la misma puerta idéntica le impidió de nuevo el paso. Anaíd respiró, empujó la puerta para cerciorarse y la volvió a cerrar nerviosa.

Al otro lado la esperaba el mismo tigre y al fondo, posiblemente, hallaría de nuevo la misma puerta. ¿Qué significaba? ¿Había entrado en un tiempo circular? ¿En un espacio circular? ¿Repetiría infinitamente esa situación hasta quedar exhausta y prisionera del espacio y el tiempo? Había muchas formas de desfallecer y la sola idea de toda una eternidad enfrentándose a una misma situación, siempre la misma, consiguió angustiarla.

Probó otra vez. Empujó la puerta y miró al tigre. Era el mismo, estaba segura, ahora se fijaría en el dibujo de sus rayas. Sabía que el hechizo surtía efecto, así pues esperó un rato más a que el tigre emprendiese su salto y lo detuvo en el aire. El tigre quedó ahí, suspendido sin ningún apoyo, por encima de su cabeza. Avanzó con precaución y contempló largamente a esa copia de los tres tigres anteriores. ¿Era eso el infinito? ¿Tigres infinitos? ¿Puertas infinitas? ¿Un tiempo infinito esperándola?

Continuó caminando, pero el pesimismo ya la había atrapado. Estaba instalado en sus gestos y en el fatalismo de su mirada. A cada nuevo paso, a cada momento esperaba encontrar irremediablemente la misma puerta, con el mismo tigre agazapado tras ella.

Pero no fue así. O mejor dicho, no fue en el tiempo y la distancia previstos. Sucedió muchos pasos después. No los contó pero fue consciente de que había caminado más que las veces anteriores. Observó la puerta con detenimiento. Idéntica, no había ninguna duda. La abrió y observó familiarizada al tigre que la esperaba dispuesto al salto. Efectivamente, las rayas estaban dispuestas en forma de tres. Era idéntico. El mismo, el mismo, el mismo. Sintió deseos de acabar con esa pesadilla, de dejarse devorar, pero en el último instante pronunció el conjuro.