El cansancio de la repetición provocaba que tras cada enfrentamiento perdiese más y más sus ganas de vivir. Y descubrió que tras cada encuentro la distancia con la siguiente puerta se hacía más y más larga. Y se preguntó por qué.
Intuía alguna respuesta a sus preguntas. Algo bullía en su mente e iba configurándose como una hipótesis. Se llevó las manos a la cabeza y ahí, entre sus cabellos revueltos, encontró su broche de amatistas. Cristine le había dicho que la piedra era clarividente y que podía llegar a constituir su tercer ojo llegando a los rincones ignotos del conocimiento donde la retina humana no conseguía ver. La acarició y su descabellada idea fue tomando forma. Perfiló un argumento.
La distancia entre las puertas no era casual. Era una distancia que se correspondía con su apego a la vida. A medida que se iba desprendiendo de ese apego podía internarse durante más tiempo en el camino de los muertos. ¿Era eso? ¿Acaso para entrar en la puerta definitiva tenía que morir? El horror la atenazó.
No. No estaba preparada para morir. Todavía no. Y sin embargo, una voz le sugería que no era tal muerte, que tan sólo se trataba de una muerte metafórica. Tenía que estar dispuesta, absolutamente dispuesta a desprenderse de la vida. Pidió ayuda a su hermana de leche. La llamó y recibió su respuesta.
– Tu cuerpo sólo es una envoltura sin utilidad. Deja de amar a tu cuerpo, deja de temer por él. Hasta que no prescindas de tu cuerpo, que representa la vida, los muertos no te permitirán penetrar en su morada.
Anaíd supo que tenía que llegar hasta el final. Y lo hizo sin pensarlo dos veces. Abrió la puerta y esperó resignada a que el tigre acabara con su cuerpo. La espera se le hizo interminable y deseó casi con ganas sentir el zarpazo en su cabeza y el doloroso mordisco en la yugular. Pero nada de eso sucedió. El tigre saltó, su rugido atronó los pasillos y en el momento en que Anaíd, impasible, le esperó con los brazos abiertos la enorme bestia se desvaneció. No la había devorado, no la había tocado, ni siquiera existía.
Era una pura ilusión. En el instante en el que Anaíd aceptó la muerte, la muerte le abrió sus puertas secretas.
El suelo tembló bajo sus pies y Anaíd, súbitamente desconcertada, perdió el equilibrio y cayó. Creyó que era un terremoto y que se hundiría sin remedio en la grieta que se había abierto ante ella, pero entre las sombras de los recovecos de la gruta que había surgido de la nada distinguió unas escaleras talladas en la piedra que descendían a las profundidades.
El Camino de Om se abría ante ella.
Sin dudarlo, comenzó a bajar aliviada creyendo que todo había acabado, que esa vez habría pasado la última prueba y que pronto se enfrentaría ya a sus verdaderos rivales, los muertos.
Pero no fue así.
Primero fue Golfo. Apareció de repente ante ella, ladrando, moviendo la cola, cariñoso como siempre. Se sentó sobre sus patas traseras, sacó su lengua y jadeó a la espera de una caricia, pero cuando Anaíd, sorprendida, acercó su mano, Golfo se esfumó.
Había sido una alucinación tan real que Anaíd quedó impactada. Hacía muchísimos años que no se acordaba de aquel perrito que le regaló su madre con la oposición de Deméter. Golfo era travieso, juguetón, y ella lo quería con locura, pero una madrugada de invierno lo atropelló la máquina quitanieves.
Se le hizo un nudo en el estómago y continuó descendiendo más lentamente.
– Hi, Anaíd. How are you?
Levantó la vista y lanzó un grito. Era Carmela, la profesora cosmopolita y encantadora que tuvo de niña y que le enseñó alemán, inglés, francés, húngaro y ruso. Tocaba el piano de maravilla y danzaba como un ángel. Carmela la sentaba en su falda y le explicaba mil y una historias de cuando vivió en San Petersburgo, en Berlín, en Liverpool, en Budapest y en Lyon. Pero pasado un tiempo, y como era de esperar, se fue con las golondrinas antes de que llegasen las primeras nieves.
– ¡Carmela! -gritó conmovida.
Pero en el mismo instante de pronunciar su nombre, Carmela, o su ilusión, desapareció por ensalmo.
Anaíd se sintió pequeña y desvalida, volvió a rememorar los largos inviernos pasados en compañía de su madre y su abuela, las tres junto al fuego de Urt contemplando las llamas y cantando canciones antiguas.
– Anaíd, siéntate aquí, a mi lado, te explicaré la historia de Orfeo. ¿Recuerdas a Orfeo?
Anaíd levantó la vista con lágrimas en los ojos. Era Deméter tal y como la recordaba. Con su trenza gris, con su mirada serena, con su presencia altiva y protectora y sus cuentos didácticos.
No dijo nada, no quiso tocarla, no avanzó, pero notó cómo la tristeza se instalaba en su ánimo por tener delante todo aquello que perdió y que ya nunca más podría volver a ser. Deméter se desvaneció en cuanto dio un paso.
En el escalón siguiente la saludó el pequeño Roc, lanzándose a la poza desde lo alto de una roca.
– Mira, mira, Anaíd, de cabeza.
Elena le reprendió quitándose una zapatilla y el chapoteo fue tan real que Anaíd se sintió empapada.
Pero no. No la había salpicado el agua fría de la poza. Eran las lágrimas que caían por sus mejillas y se escurrían por su pecho.
A medida que descendía y descendía, la tristeza se iba apoderando de su ánimo. Todo aquello que había creído olvidado tomaba forma y voz, y la pena la iba oprimiendo.
Apolo, el gatito travieso que la siguió al mundo opaco. La prima Leto, de ojos perdidos y pies cansados que recorría el mundo para olvidar la pérdida de su hijo muerto. Ainhoa, la pequeña Omar que compartió unas vacaciones con ella y que fue víctima de una Odish. Gisela, la pintora que recorría los valles en busca de una luz especial que nunca encontró y que le enseñó a coger los pinceles y a mezclar los colores. Todo se mezcló explosivamente en su cabeza. No la visitaban los muertos, la visitaban los recuerdos, y la invadió la melancolía del paraíso perdido de su infancia.
Los recuerdos, la memoria, el pasado y los seres queridos estaban acabando con sus fuerzas. Apenas podía continuar descendiendo. Por cada imagen sentía cómo las piernas le pesaban más, como si fueran plomo. Apareció Selene, meciéndola y cantándole una nana; vio a Gunnar luchando contra Baalat bajo la apariencia de un berseker; Karen le ofreció su jarabe y quiso pesarla… No podía asimilarlo. Y de pronto, Anaíd se llevó la mano al pecho para impedir que los latidos la ensordeciesen. Ahí delante de ella estaba Roc, amparado en la semioscuridad, mirándola con ojos ardientes.
– Dame un beso, Anaíd, sólo un beso.
Le estaba pidiendo un beso, un beso de amor.
Gritó con desespero y se dejó caer. Cerró los ojos y se tapó los oídos. No quería ver a nadie más, no quería oír más. Estaba a punto de volverse loca y de quedarse en el camino atrapada por la nostalgia.
Y cuando se llevó su mano a la mejilla para enjuagar sus lágrimas y oyó el tintineo de su pulsera de turquesas, recordó las palabras de su abuela Cristine cuando se la ofreció. Era la piedra que borraba los recuerdos.
Era eso. Necesitaba caminar ligera, sin lastres y no sólo tenía que dejar atrás su cuerpo y su apego a la vida. Los muertos le exigían que se liberase del yugo de su pasado.
Acarició la piedra azul para olvidar su historia y afrontar el futuro limpia. Poco a poco, la piedra azul fue ejerciendo su poder benéfico y la mente de Anaíd se libró de recuerdos. Dejó atrás a sus seres queridos, sus momentos mágicos, sus anhelos y sus tristezas. Un sosiego tibio se expandió por sus venas y la llenó de paz. Estaba limpia de pasado.
Y en ese mismo momento las escaleras se doblaron sobre sí mismas y finalizaron su descenso inacabable. El Camino de Om tomaba nueva forma. Anaíd se encontró en una enorme gruta.