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– ¿Y si no…?

– Tendrás que quedarte con ellos -y señaló a sus espaldas.

Anaíd se giró y topó con una multitud de muertos sentados en el suelo mirando el agua en calma de la laguna. Eran los que no llevaban dinero para el pasaje que esperaban a algún familiar o algún amigo que les facilitase el paso. Ése era su destino.

– No puedo quedarme aquí eternamente. ¡No puedo! -gritó.

Pero ya era demasiado tarde. El barquero acababa de soltar amarras y los difuntos remaban hacia la otra orilla.

Anaíd se sentó en el suelo y contempló cómo se iba alejando su esperanza. ¿Qué podía hacer? ¿Pasar nadando? ¿Intentar esquivar la vigilancia del barquero? ¿Suplicar por una moneda a cada uno de los miles y miles de muertos que había en la larga fila? ¿O intentar canjear el precio de la barca por algo que no fuera una moneda?

Eso era. Llevaba joyas. Las joyas siempre eran apreciadas, tenían un gran valor. Ofrecería ese tesoro al barquero.

Conformada con esta idea esperó el regreso de la barca. Estaba ansiosa y en cuanto amarró se acercó la primera al malcarado barquero.

– Tu moneda -le pidió extendiendo la mano.

Anaíd sonrió con su mejor sonrisa y se llevó la mano al cuello.

– Te ofrezco mi collar de zafiros.

Pero el barquero la rechazó con un gesto y la apartó a un lado. Ante ella comenzaron a desfilar los mismos rostros macilentos y los mismos cuerpos cansinos que la vez anterior. Anaíd volvió a intentarlo.

– Te ofrezco mi pulsera de turquesas.

Obtuvo la misma negativa.

Con el ánimo cada vez más bajo, observó cómo la barca se iba llenando de difuntos. Tenía que intentarlo de nuevo.

– Mi broche de amatistas. Míralo, es hermoso, resplandece.

– Aparta.

Anaíd, desesperada, no quiso apartarse.

– Mis pendientes de rubíes -probó todavía.

Y en ese momento una mano fría se posó en su hombro.

– Te los compro.

Anaíd se dio la vuelta y vio a una mujer hermosa que contemplaba arrobada sus lágrimas de rubíes. En su palma extendida brillaba una moneda, la moneda mágica que le permitiría pasar al otro lado. Pero algo parecido a la conciencia la detuvo y le impidió aceptar la moneda inmediatamente.

– ¿Y tú? ¿Cómo pasarás?

La mujer señaló sus pendientes, los tocó y le volvió a enseñar la moneda.

– Los quiero.

Anaíd tragó saliva.

– ¿Tienes otra moneda?

– No -respondió la mujer indiferente.

– Entonces, te quedarás aquí, por siempre jamás.

La mujer afirmó sin dejar de contemplar los rubíes de Anaíd.

– Sí -y era un sí valiente.

Anaíd no sabía qué hacer. Su misión la empujaba a aceptar aquella moneda, pero su molesta conciencia humana no se lo permitía.

– Por toda la eternidad, ¿sabes? Te quedarás en esta orilla por toda la eternidad.

La mujer se dio la vuelta y señaló una pequeña figura inmóvil.

– Con mi hija. No tiene moneda.

Anaíd lo comprendió. Se quitó los pendientes y se los ofreció a la mujer. Aceptó su moneda y sin mirar atrás la puso en la palma del barquero y subió a la barca. La muerta prefería pasar la eternidad junto a su hija antes que conseguir la paz en el reino de los muertos. La muerta prefería desprenderse de la moneda para no caer en la tentación de abandonar a su hija. La muerta todavía conservaba un destello de vida en ese deseo de poseer la belleza de los rubíes y de compartir la suerte de su niña. Se prometió que, si alguien moría, le encargaría llevar a la mujer dos monedas para que ella y su hija pudieran cruzar con la barca.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó ya a lo lejos, para recordar su nombre.

– Manuela Sagarra, hija de Manuela y nieta de Manuela, del clan del águila. Suerte, Anaíd, la elegida.

Anaíd se emocionó. Una Omar orgullosa que la había reconocido y la había ayudado a penetrar en el reino de los muertos. Pero enseguida tuvo que sobreponerse a su sentimiento humano y tomó en sus manos el remo. A una orden del barquero, los difuntos se inclinaron sobre el grueso pedazo de madera tallada que debían empujar al unísono, y la barca fue avanzando lentamente hasta aproximarse a la otra orilla.

Su destino estaba cerca, muy cerca. La voz del barquero les indicó que detuviesen los remos. Ya estaban en el embarcadero. Anaíd, aliviada, levantó su mirada y topó con él.

El monstruo que guardaba la puerta del reino de los muertos había fijado en ella sus seis ojos y seguía con atención todos sus movimientos. Quizá ésa fuera la prueba definitiva, puesto que estaba viva y el Cancerbero, el perro de tres cabezas y cola de serpiente, vigilaba escrupulosamente las puertas y devoraba a los intrusos que fingían estar muertos y que pretendían colarse en la fortaleza.

Anaíd notó cómo la sangre huía de su cara y sus brazos, sus piernas flaquearon, pero no se amedrentó; pensó que su apariencia pálida la favorecería y le procuraría invisibilidad entre las caras blanquecinas de los espectros. Imitó los ademanes mecánicos y cansinos de los muertos, dejó que su mirada vagase perdida, sin rumbo, respiró menos profundamente y aparentó una serenidad que estaba lejos de poseer.

Delante de ella los muertos descendían y pasaban de uno en uno ante el terrible monstruo de tres cabezas. Los perros lamían sus manos, los olisqueaban y les dejaban pasar. Los muertos no sentían miedo, no sudaban, no olían y no temblaban. Los canes podían detectar cualquier signo de vida por muy remoto que fuese. Las tres cabezas acusatorias habían dejado de mirarla, estaban demasiado ocupadas en su tarea, pero cuando Anaíd se fue acercando a los perros y vio sus grandes colmillos, su lengua babeante y sus ojos de fuego, supo con certeza que ellos adivinarían su naturaleza y que no le permitirían la entrada.

¿Cómo consiguió pasar Selene ese difícil trance? No se lo había explicado; posiblemente Selene podría haberla ayudado, pero ella no quiso escucharla y huyó de su lado. Demasiado tarde. Apenas dos muertos la separaban de los feroces perros. Y entonces le vino a la cabeza la última imagen de Selene que se le había aparecido en esa escalera angosta, le estaba cantando la nana que tanto le gustaba, y recordó también el cuento que le explicaba Deméter junto al fuego. Era la leyenda de Orfeo y de cómo Orfeo consiguió burlar al Cancerbero con su música. Era eso. Selene y Deméter le habían dado las claves para conseguir superar ese escollo. La música.

La muerta que la precedía acababa de pasar y Anaíd, en el preciso instante en que la primera cabeza del terrible can se inclinaba sobre su mano, comenzó a cantar la suave melodía de la nana que Selene le cantaba de niña, la nana que le hacía cerrar los ojos y dormir profundamente, la nana mágica que obró su efecto instantáneamente y consiguió que las tres cabezas se tambaleasen al unísono, abriesen sus enormes bocas en un espantoso bostezo y cerrasen sus párpados sobre sus ojos de fuego. Anaíd continuó cantando sin cesar mientras avanzaba y dejaba atrás el monstruo de las tres cabezas dormidas que en esos momentos roncaban ruidosamente. Tras ella fueron desfilando los muertos, indiferentes al sueño de los guardianes de la fortaleza.

Y Anaíd pasó el umbral de la vasta ciudad fortificada y penetró en el recinto insondable de los muertos, donde los vivos no tienen cabida.

Su presencia no pasó inadvertida. No tuvo que preguntarse dónde ir, ni cómo comenzar su periplo. Una luz extraña, parecida a un aura, la rodeó, imposibilitándole los movimientos, y una voz amable aunque estricta la conminó a escuchar en silencio.

– Tu osadía es encomiable, has descendido hasta la fortaleza de los muertos y has conseguido llegar incólume, pero tu naturaleza mortal no puede permanecer entre nosotros. Nuestras leyes prohíben que los vivos penetren en nuestra morada.

Anaíd miró desesperada a su alrededor. No veía a nadie. Quiso moverse, pero la fuente de energía luminosa la había aprisionado.

– Deseo que el Consejo de los Muertos me reciba, tengo una petición urgente.