No obtuvo respuesta y Anaíd interpretó que no había seguido el protocolo adecuado.
Se arrodilló con humildad y besó el suelo mientras pronunciaba:
– Soy Anaíd Tsinoulis, una humana que ha osado desafiar vuestras leyes, y ruego humildemente al Consejo de los Muertos que me perdone y que se digne ofrecerme una audiencia.
La voz moduló una pregunta malintencionada:
– ¿Eres de verdad humilde, Anaíd Tsinoulis?
– Lo soy y me inclino ante los muertos.
– Si eres de verdad humilde, aquí tienes nuestros pies, córtanos las uñas.
Ante el asombro de Anaíd, una larga hilera de pies blancos con largas uñas se extendió ante ella. En sus manos aparecieron unas tijeras y recordó el consejo de Selene: mostrar sumisión a los muertos y renegar de su propio orgullo.
Se inclinó ante los pies y comenzó su tarea procurando depositar en su gesto de cortar las largas uñas la abnegación que los muertos le reclamaban. No era una tarea fácil. Al cabo de muchas y muchas y muchas veces de repetir el mismo gesto sin descanso, y sin levantar ni un milímetro la nuca inclinada sobre los lechosos pies, las manos se le agarrotaron, las vértebras del cuello reclamaron desesperadamente enderezarse y comenzó a fallarle el pulso. Tenía de nuevo conciencia del dolor, del cansancio y de la dimensión de su forma humana. Pero no desfalleció, no levantó la cabeza, no abandonó su actitud humilde y no evidenció ninguna de las contrariedades que la aquejaban. Se preguntó si no estaría obligada a repetir eternamente esa tarea, si aquello no era una condena por su orgullo; en ese caso, barajó, no tenía ni idea hasta cuándo podría mantener la sangre fría y el control de sus movimientos.
Por suerte, la voz la liberó de esa eterna condena.
– Está bien, Anaíd Tsinoulis. El Consejo de los Muertos te escucha. Puedes hablar.
Anaíd percibió que a su alrededor el círculo de luz se hacía más amplio para dar cabida a todos los muertos que constituían el consejo. Apenas podía distinguir sus pies con las uñas recién cortadas. Recordó que por mucha que fuese su curiosidad, no podía mirarlos a los ojos ni levantar la cabeza ni mostrar ningún orgullo. Sólo le estaba permitido rogar y suplicar.
– Sabios miembros del Consejo de los Muertos, sabéis que mi madre Selene bajó a estas profundidades hace quince años para rogaros que retuvieseis a Baalat, la nigromante, que había infringido vuestras leyes y había burlado a la muerte con sus poderes ocultos. Sabéis también que Baalat pronunció una maldición que se cumplió. Ahora vuelve a estar entre los vivos y a causar desgracias. He venido hasta aquí para pediros la muerte definitiva de Baalat. Que nunca más le sea permitida la salida de vuestro reino.
– ¿Y qué nos ofreces a cambio, Anaíd?
Anaíd no esperaba esa pregunta y su respuesta fue rápida, demasiado rápida.
– No tengo nada -planteó taxativamente.
– Te equivocas, posees cosas.
Anaíd hizo repaso de lo que tenía.
– ¿Mis joyas tal vez? Son vuestras si queréis. Es lo único que tengo.
– No, Anaíd. Hay otras pertenencias tuyas más apetecibles.
Anaíd suspiró. No podía ocultar nada a los muertos. No podía engañarlos. Se mordió el labio con rabia, pero lo dijo:
– ¿Os referís al cetro de poder que Baalat me robó? ¿Queréis acaso el cetro? -le dolía tanto que su tono de voz le había salido agresivo.
Intentó modificarlo y dulcificarlo, pero el simple recuerdo del cetro le quemaba la piel y de su boca no podían salir palabras de renuncia. ¿Era eso falta de humildad? ¿Falta de abnegación?
– Tened en cuenta de que, si os entrego el cetro, no podré cumplir con la misión que le está encomendada a la elegida: gobernar con equidad.
Los muertos callaron de nuevo y Anaíd, a regañadientes, y obligándose a ello, pronunció las palabras que los muertos esperaban oír:
– Os lo entregaré con gusto si es eso lo que deseáis.
Ya lo había dicho. Aunque no quisiese renunciar al cetro, se lo había ofrecido a los muertos; no tenía otra escapatoria, estaba en su poder.
Pero la voz cristalina de una muerta la corrigió.
– El cetro de poder no está en manos de Baalat.
Anaíd se desconcertó.
– ¿No? ¿Dónde está entonces?
– Lo tiene Cristine.
Anaíd notó cómo le flaqueaba la voluntad.
– ¿Queréis decir que Cristine robó mi cetro haciéndome creer que había sido Baalat?
– Eso hizo.
Anaíd sintió una angustia indescriptible.
– Me engañó, me mintió.
– Efectivamente -respondieron los muertos.
– ¿Por qué?
– Piensa tú misma en la posible respuesta. Y piensa también en otra cosa que puedas ofrecernos. Tu cetro no nos interesa.
Anaíd se alegró a la vez que se sintió desesperada.
– ¿Qué queréis? Decidme qué queréis. Os daré lo que me pidáis.
Notó un contacto frío sobre su cabeza y se estremeció. Las manos de los muertos estaban acariciando sus cabellos con lentitud, con delectación.
– Tu vida, Anaíd -susurró una voz inteligente.
A punto estuvo de levantar su cabeza, pero la mano de un muerto se lo impidió con firmeza.
– Queremos tu vida -repitió una voz dulce.
Anaíd supo que esa dulzura encubría una firmeza más peligrosa que la agresividad. Querían su vida y ella no podía defenderse.
– La vida de la elegida nos pertenece.
– ¿Por qué? -preguntó con un hilillo de voz.
– Infringiste las leyes de los muertos retornando la Dácil.
– Yo no quería -se lamentó Anaíd.
– Lo hiciste -replicó una voz más gruesa.
– Os suplico perdón -musitó arrepentida.
– La vida y la muerte no entienden de perdón. Estás aquí, entre nosotros, y ya no te irás. Has venido por tu propia voluntad al lugar donde te corresponde quedarte.
– Sólo pagarás tu deuda con tu vida, tal y como la maldición de Odi estableció.
Anaíd notó que la luz se hacía más y más y más intensa y comenzaba a lamer sus manos y sus pies como las llamas de una hoguera. Sabía que esa luz la atraparía y que perdería la vida.
Un grito desesperado se escapó de su garganta todavía viva.
– ¡No quiero morir!
– ¡No quiero morir! -gritaba la joven inuit retorciéndose desesperadamente sobre la litera de la enfermería.
– ¡Sujetadla! -ordenó Ismael Morales, el capitán del carguero, molesto.
Hacía una semana que había sorprendido a la muchacha de polizón en la bodega junto a su perro y su mirada suplicante le recordó a su sobrina. Se compadeció de ambos, hizo la vista gorda a las ordenanzas y les permitió continuar su viaje hasta el puerto de Veracruz, pero ahora esa decisión, motivada por su exceso de sentimentalismo, le traería problemas con la policía.
Al poco de atracar en puerto y antes de poder desembarcar, la chica había comenzado a gritar como una posesa y los dos miembros de la tripulación que acudieron a sujetarla y a trasladarla a la enfermería no bastaban para reducirla. Había tenido que acudir él mismo en persona para comprobar la fuerza sobrenatural de la pequeña inuit. Llegó con el médico de a bordo, más acostumbrado a desinfectar heridas o hacer pasar borracheras que a tratar el ataque de nervios de una chica. Y ahora, el médico, un inglés de Yorkshire, ni tan siquiera podía clavarle la inyección que pretendía. ¿Quién le pedía que se metiese en semejantes líos?
– ¡¡¡No quiero morir!!! -gritaba la muchacha retorciéndose y llevándose la mano al cuello como si intentase desprenderse de algún garrote que la atenazase.
– Sujetadla -ordenó el capitán Morales de nuevo.
Pero quizá el médico también hubiese tomado una copa de brandy de más, porque no acertaba con la aguja y, en lugar de clavarla en el brazo blanco y suave de la inuit, lo que hizo fue lastimarse con los dientes del collar de oso que adornaban el cuello de la chica.