– Entonces, ¿Anaíd ofreció el filtro de amor bebió de la copa prohibida y formuló el conjuro de vida?
Dácil la defendió.
– La condesa la engañó y me salvó la vida a mí.
– Qué horror.
– Ella no quería…
– Pero lo hizo -afirmó Clodia, práctica.
Dácil se estremeció.
– Está maldita y morirá.
Clodia no lo entendió bien.
– Es una Odish. No puede morir.
Dácil se empecinó.
– Oí a Selene perfectamente. La maldición de Odi la condena a morir.
Clodia se atragantó. Una cosa era matar a un conejo, otra era hablar de la muerte de una amiga.
– ¿Pero cuándo? ¿Cómo? ¿Dónde?
– En el Camino de Om, en el reino de los muertos. Si entra, no podrá salir.
Clodia estaba horrorizada.
– ¿Quieres decir que Anaíd iba a emprender el camino ella sola?
Dácil asintió. Estaba familiarizada desde muy joven con ello y no le producía miedo, pero era comprensible que la sola mención del camino de los muertos helase la sangre a los vivos.
– Pero no lo hará.
– ¿Cómo puedes estar tan segura?
– Ariminda se lo impedirá.
– ¿Quién es Ariminda?
– Mi maestra, la encargada de abrir la puerta a la elegida y conducirla a la morada de los muertos.
Clodia sintió frío.
– ¿Y por qué se lo impedirá?
– Yo misma la avisé de su llegada. Yo le pedí que la capturase y que no la dejase entrar en el reino de los muertos.
Clodia se tranquilizó.
– Y si no entra en el camino, ¿adónde se dirigirá?
Dácil se encogió de hombros.
– Se supone que donde esté el cetro de poder. El cetro la atrae, ella irá donde esté el cetro.
Clodia se frotó las manos. Llegados a ese punto podría ser útil. Se quedó mirando a Dácil.
– ¿En este pueblo hay conejos o gallinas?
Dácil abrió los ojos asombrada.
– ¿Te has quedado con hambre?
La risa de Clodia sí que se oyó hasta en Varsovia, pero era tan fresca y natural que fue un magnífico augurio, como la gallina sacrificada que Dácil consiguió con mucha maña.
Las vísceras, esa vez, hablaban claro, pero aunque Clodia se esforzase en enseñar a Dácil a desentrañar el misterio de los surcos y los signos que escondían, la niña guanche sólo veía pedazos sanguinolentos de hígado, riñones, pulmones y corazón. Atendió con ganas de vomitar a los vaticinios de Clodia.
– ¿Ves este reguero de aquí? Significa una humareda, y este espacio es agua, y esta vena, fuego. Sólo puede ser un volcán, un volcán en erupción cerca del mar.
Dácil se llevó la mano a la boca.
– El Teide.
– O el Etna, o el Vesubio, o el Snaefellsjökull. Hay muchos volcanes en islas o cerca del mar. Pero el corazón nos indica otra cosa. ¿Ves este surco tan pronunciado? Es un arma. Y la mano que la sostiene indica un guerrero. Y esta curva dulce indica mujer, y esta señal… puede ser aburrimiento…
Clodia comenzó a barajar hipótesis.
– El guerrero aburrido y su mujer. El aburrimiento de la lucha de las mujeres. La guerra de las aburridas mujeres. Los aburridos guerreando ante sus mujeres…
Dácil se estaba durmiendo. Y Clodia la zarandeó.
– Ayúdame, por favor, piensa.
Dácil se inclinó y bostezó.
– Lo siento, pero cuando me da el sueño…
Clodia abrió los ojos y aplaudió.
– ¡Sueño! Eso es. Tedio, aburrimiento, sueño. Son sinónimos.
Dácil se asombró.
– ¿El guerrero con sueño?
– O el sueño del guerrero.
Ninguno de los dos enunciados le sugería nada. Pero Clodia no se dio por vencida.
– El guerrero somnoliento.
– O dormido.
– ¿Y por qué el guerrero siempre? ¿No has dicho que había una mujer?
Clodia se avergonzó de su pensamiento misógino. La aplaudió.
– ¡Eso es! ¡La mujer dormida! ¡Ya lo tengo!
– ¿Y el guerrero humeante?
– Es el que sostiene la antorcha. Es la montaña humeante, el guerrero que veló el sueño de su amada, la doncella blanca, dormida. Muerta.
– ¿Y qué significa?
– El nombre con el que se conoce al volcán Popocatepetl y a la montaña Iztaccíhuatl.
Las dos callaron. Dácil se frotó los ojos. Se había despertado de golpe.
– ¿Y dónde están?
– En México. En América.
Dácil se ilusionó.
– Mi madre también está en América. Vive en Nueva York.
– ¿Sabes qué hora es allí?
– Como unas siete horas más temprano.
Clodia estaba haciendo sus propias elucubraciones.
– Entonces les pillamos a buena hora. Es media tarde. ¿Hay Internet en esta casa?
Por supuesto que había, y si no hubiera habido conexión, la hubieran conseguido.
Clodia era una buena internauta. Navegó por las comunidades del clan de la serpiente, el jaguar y el colibrí y con cuatro preguntas certeras a las jóvenes Omar a quienes conocía, consiguió que la comunidad Omar de la tribu azteca se revolucionara completamente. Enseguida comenzaron a llegar datos inquietantes. En efecto. Una muchacha Omar del clan de la serpiente, gran bailarina de cumbia, había detectado un movimiento anómalo de posibles Odish en un hotel de Catemaco, al sur del puerto de Veracruz. A Clodia le faltó tiempo para recabar información sobre las supuestas Odish.
Al cabo de unas horas disponía, con la ayuda de Dácil, que le daba consejos lingüísticos algo sui generis, de un dossier completo de la identidad de las mujeres que se alojaban en el hotel. Todo gracias a una Omar camarera del clan del colibrí, tan diminuta y rápida como su tótem, que consiguió meter sus narices en todos los rincones prohibidos del hotel. Les proporcionó nombres, horarios, documentaciones y hasta fotografías. Dácil reconoció sin vacilar a la responsable de las reservas: Cristine Olav. Al parecer custodiaba una caja de joyas muy preciada que guardaba en la caja fuerte entre grandes medidas de seguridad y que a menudo obligaba a sacar para llevarla consigo a las reuniones que periódicamente mantenía con sus compañeras de convención.
– Es su abuela -la identificó Dácil con facilidad.
– ¿Una Odish? -se extrañó Clodia, ignorante del ¡linaje de su mejor amiga.
– Sí. Vivían juntas en la cueva del robledal. Le proporcionó la poción del olvido para Roc y ofició el salto al pasado. Hasta que desapareció al día siguiente de nuestro
regreso del castillo de la condesa.
– ¿Y el cetro? ¿Cuándo desapareció el cetro?
Dácil hizo memoria.
– Anaíd se volvió loca buscándolo. Fue al regresar del pasado. Sí, al día siguiente. Creía que lo había robado Baalat.
– Entonces, el cetro y Cristine desparecieron el mismo día.
Dácil no había caído en esa coincidencia.
– Es verdad.
Clodia fue tajante:
– No lo robó Baalat. Fue Cristine.
– ¿Y qué haremos?
Clodia desconectó el ordenador y bostezó ostentosamente.
– Ahora mismo, a sobar se ha dicho.
A Dácil le pareció una magnífica idea. Y se durmieron con la misma fe y el mismo entusiasmo que habían puesto minutos antes en sus pesquisas.
No abrieron los ojos hasta que los estómagos rugientes les reclamaron comida y les hicieron darse cuenta de que llevaban todo un día durmiendo. Al encender de nuevo el ordenador se encontraron con la sorpresa de que estaba absolutamente colapsado por la cantidad de e-mails recibidos desde todos los rincones de México. En todos los lugares habían dado la voz de alarma sobre esa anómala concentración de Odish que ya se estaba dejando notar en los lugares cercanos.
Dácil y Clodia contenían el aliento al conocer los desmanes y atropellos cometidos por las hermosas Odish. De nuevo, niñas y bebés Omar eran las víctimas predilectas de las sangrientas damas. Pero el más desconcertante de los mensajes era uno dirigido a Clodia y firmado desde Creta por su madre Valeria: No os mováis de ahí, venimos inmediatamente.