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De lo cual Clodia dedujo que en la convención de brujas Omar de Creta habían recibido información sobre sus averiguaciones, su correspondencia, y las habían localizado. También sacó la conclusión de que su madre estaba rabiosa y quería venganza. Pero no hacía ninguna alusión a su cuenta corriente y eso quería decir que se había olvidado de la existencia de la tarjeta en sus manos. Mejor, eso significaba que no la había anulado. Aún podría continuar usándola.

– Está bien, Dácil, escúchame. Tenemos que ir hasta el Popocatepetl para recuperar el cetro de poder de manos de las Odish y esperar allí a Anaíd. Nosotras somos la clave de su salvación.

– ¿Nosotras? ¿Por qué?

– Porque la queremos. Tú y yo la queremos a pesar de todo. ¿Sí o no?

Dácil afirmó. Si de una cosa estaba segura era de su devoción y cariño por Anaíd. Y no porque le debiera la vida.

Clodia husmeó por las estanterías repletas de libros de la habitación de Anaíd sin hallar lo que buscaba.

– ¿Conoces el libro de Rosebuth y sus teorías sobre la salvación de la elegida maldita?

Dácil estaba un poco verde.

– No lo recuerdo.

Clodia no encontró el libro de Rosebuth, pero recitó de memoria:

El secreto del amor bien pocas lo saben.

Sentirá una sed eterna,

sentirá un hambre insaciable,

pero desconocerá que el amor

funde y derrite

y alimenta y sacia

la fuerza monstruosa del mal

que habita en las profundidades

de su corazón de elegida.

La cara de escepticismo de Dácil bien se merecía una explicación. Clodia se sintió sabia.

– Anaíd creía en Rosebuth. Cuando ella estaba segura de que Selene era la elegida, me dijo que podría salvarla con su amor. El amor es la clave.

Dácil dudaba.

– Pero tú y yo no somos las únicas que la queremos.

– ¿Ah no?

– Su madre también la quiere, aunque su obligación sea obedecer a las Omar.

Clodia recordó la dureza de Valeria.

– Con Selene no podemos contar. Pertenece a la tribu y la tribu la destruirá, destruirá a Anaíd por encima de sus sentimientos. Nuestras madres son insensibles, no tienen corazón.

Dácil se quedó sin aliento. Nunca se le había ocurrido pensar que la devoción priva de la espontaneidad.

– ¿Y su padre?

Clodia se extrañó. Ése era un privilegio insospechado. Pocas Omar conocían a sus padres.

– ¿Conoces al padre de Anaíd?

– Claro, fue él quien me consiguió mi cita con ella. Se llama Gunnar y es extranjero. Es maravilloso, guapo, amable.

Clodia se hizo un lío.

– ¿Pero no has dicho que su abuela es una Odish?

– Sí -cayó en la cuenta Dácil.

– Entonces no es de fiar.

Dácil recordó de pronto:

– Hay alguien muy importante, más importante que nosotras.

Clodia se llevó una mano a la boca.

– ¡Roc!

– Él sí que es su amor.

Clodia se frotó los labios y se acordó de Mauro. Su chico para pasar el rato. En cambio Anaíd era una romántica recalcitrante. Seguro que estaba enamorada de verdad y que, si nada lo impedía, acabaría viviendo toda la vida con ese Roc y despertándose cada mañana con la seguridad de que era el amor de su vida y el único espécimen masculino del mundo mundial. Eso era muy propio de las chicas serias y con convicciones. No de las chicas superficiales y frescas como ella.

Por suerte, Dácil se ofreció a mediar.

– Lo traeré aquí. Elena no se extrañará de verme.

Clodia suspiró.

– ¿Y qué dirá cuando le propongamos algo tan disparatado?

– ¿Tenemos los billetes? -eso fue lo que Roc dijo en cuanto Clodia y Dácil callaron tras una larguísima y complicada explicación.

Clodia se quedó boquiabierta.

– Eso quiere decir…

– Que nos abrimos ya. Si Anaíd está en peligro y me necesita, no puedo quedarme aquí perdiendo el tiempo y barajando hipótesis.

Clodia no podía creérselo. Roc era un tipo de una pieza. Con convicciones, con las ideas claras y sin prejuicios. Su historia algo vaga, algo difusa sobre los peligros a los que Anaíd estaba expuesta, su compromiso con una comunidad de mujeres y sus poderes extraordinarios no le habían amilanado.

– ¿Has entendido lo que te hemos explicado?

Roc la desconcertó aún más.

– Os habéis hecho un lío tan grande que he desconectado. Pero he deducido dos cosas: que Anaíd puede morir si no la ayudamos, y que yo tengo que estar cerca de ella.

Clodia miró a Dácil para echarle las culpas por ser tan mala narradora. Pero Dácil hizo lo mismo con ella. Clodia llegó a la conclusión de que ninguna de las dos tenía la culpa. En realidad, ¿cómo se le explica a un chico normal de carne y hueso que su chica es una bruja? ¿Y qué es la elegida de una profecía muy antigua, pero que ha sido víctima de una maldición y se ha vuelto malvada? ¿Y que depende del poder de un cetro poderoso? ¿Y que está condenada a morir, pero que hay un tratado que permite vislumbrar una salvación?

Mejor no hurgar tanto en esos detalles que podían resultar algo incómodos para un chico vital, realista y pragmático como Roc. A pesar de ser hijo de una bruja.

Sin embargo, tenían que estar seguras de una cosa. A Clodia le dio vergüenza hacer una pregunta tan taxativa y seria sobre algo que ella misma banalizaba.

– ¿La quieres?

Roc calló y Dácil parpadeó.

– Es muy importante que digas la verdad. ¿Estás enamorado de Anaíd sí o no?

Roc las miró alternativamente a la una y a la otra.

– ¿Y ella?

Dácil saltó con espontaneidad:

– No piensa en otra cosa, está loca por ti.

Roc se molestó.

– ¿Y por qué se escurrió como una anguila? ¿Y por qué dejó de contestar a mis e-mails? ¿Y por qué no quiso besarme?

Clodia intervino conciliadora:

– Armas de mujer. Quería hacerte sufrir.

– ¿Y por eso la última vez que la vi me dio miedos?

– No era ella, ya estaba en peligro.

– ¿Y antes?

– Era por timidez -respondió Dácil.

Roc las miró a ambas, bajó la cabeza y admitió su situación.

– Está bien. Estoy colgadísimo de Anaíd.

– Yo también la quiero -suspiró Dácil.

– Fantástico. Yo soy insensible a la cursilería, pero pago los billetes de avión -redondeó Clodia como si se tratase de una subasta-. ¿Quién da más?

Y en ese preciso momento sonó su móvil.

– ¿Pronto?

– Le gustó.

– ¿A quién?

– Al gato de mi madre. Ahora no me deja ni a sol ni a sombra. Está lamiéndome el zapato. Gatito, gatito, miau, miau.

Era Mauro, el pirado de Mauro.

– Vaya, eso quiere decir que no pegas patadas.

– Pues eso. ¿Cuándo vienes a soñar conmigo?

– Es que… lo tengo un poco crudo.

– ¿No se ha acabado la boda?

– Qué va, está animadísima. Hemos decidido que continuamos la fiesta en Veracruz.

– ¿En México?

– Hay una salsa y una marcha que te mueres.

– ¿Y el bebé?

– Ya ha nacido, nos lo llevamos.

Se oyó un ruido al otro lado de la línea, Clodia no supo si se estaba riendo, se había caído de la silla o había tirado el teléfono por la ventana.

– ¿Has bebido mucho, no? -le espetó Mauro por fin.

– No, no, he estado pensando. Mientras los demás bailaban y bebían, yo pensaba.

– ¿En mí?

– Claro.

– ¿Y qué has pensado?

– Que no sé si eres sonámbulo.

– ¿Sonámbulo?

– ¿Lo eres? Los sonámbulos son un poco gore.