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– ¡¡¡No podéis condenarme a la muerte eterna!!! ¡¡No podéis!!!

Baalat se rebelaba a sabiendas de que las decisiones del Consejo de los Muertos eran irrevocables, y Anaíd se alegró de esa severidad.

A medida que se alejaban oyeron los gritos ahogados e ininteligibles de Baalat, cada vez más desesperados, cada vez más rabiosos.

– Vámonos antes de que la ira de Baalat nos salpique -murmuró Deméter abriendo una puerta de la fortaleza que comunicaba con el exterior.

La voz de Baalat se fue amortiguando. La estaban atando con los cordajes del olvido. Y de pronto, no se la oyó más. La habían amordazado con silencio. Callaría por siempre y su cuerpo no podría regresar nunca jamás a la tierra de los mortales.

Anaíd se mordió los labios y lamentó que eso no hubiera ocurrido mucho antes. Si así hubiera sido, Elena tendría a su niña Diana con ella y muchas otras Omar habrían visto crecer a sus hijas y a sus hermanas.

Los muertos, tan piadosos como justos, habían condenado a perpetuidad a Baalat. Su castigo sería conservar sus deseos de vida, inalcanzables por siempre. Ésa era la peor tortura, ése era su justo castigo.

Anaíd suspiró y salió en compañía de su abuela. Deméter la guió por un pasadizo excavado tras los muros de la fortaleza que descendía un largo trecho y luego se perdía entre húmedas paredes oscurecidas por el tiempo.

– ¿No tendríamos que pasar la laguna? -se extrañó Anaíd.

– La estamos pasando por debajo.

– ¿Por qué?

– Las leyes de los muertos impiden que ningún ser vivo salga por la puerta de nuestra fortaleza. El Cancerbero se ocupa de ello y los muertos se jactan de que sus leyes se cumplen escrupulosamente.

Estaban pues saliendo de aquel lugar, al que Anaíd había prometido regresar, por otra ruta diferente. No cruzaron la gran llanura ni ascendieron los valles que Anaíd descendió. Los caminos del reino de los muertos eran diversos e intrincados y sólo los muertos conocían las formas de atajarlos.

Anaíd sintió un gran cansancio al recordar el horrible y espantoso trayecto que había recorrido para llegar hasta allí. La próxima vez que regresase lo haría sin su cuerpo. La vida era una losa demasiado pesada para arrastrarla.

– Y ahora atiende, Anaíd, tenemos poco tiempo mortal y tendrás que escucharme con atención. Yo he sido tu valedora y he conseguido tu pasaporte hacia el mundo de los vivos, pero ahora deberás asumir la responsabilidad tú sola.

– ¿Qué debo hacer?

– Destruir a Cristine Olav, la dama de hielo.

En el ánimo de Anaíd algo se quebró.

– Pero…

– Ella tiene el cetro de poder. Ella es el último bastión de las brujas Odish. Ése es tu deber como elegida.

Anaíd asintió.

– ¿Y mi naturaleza Odish? ¿La he perdido con la renuncia a mi inmortalidad?

Deméter suspiró.

– No lo sé, puede que aún sientas el deseo del poder y la sangre.

– ¿Y cómo podré vencerlo?

– Ha llegado el momento de que tú domines al cetro y no al revés como ha sucedido hasta ahora.

– Ciertamente me ha dominado -admitió su debilidad-. Con el cetro en mis manos perdía la voluntad.

Deméter la tranquilizó.

– Ahora eres más sabia, más prudente y más generosa. Estás dispuesta a sacrificar la única vida que te queda para conseguir la felicidad ajena. No lo olvides, Anaíd, ésa es la clave para reinar.

Deméter se fue difuminando ante Anaíd.

– Deméter, no te vayas, todavía no.

– Vendrá otro espíritu más antiguo para acompañarte en el último tramo.

– Prométeme que Selene no sabrá nada de mi pacto con los muertos.

– No puedo.

– Abuela, quiero que Bridget me acompañe hasta el confín del mundo de los vivos.

– ¿La bruja Bridget? ¿La Omar del monte Domen?

– Sí. Te lo ruego, abuela, es mi último deseo.

Deméter se desvaneció súbitamente y Anaíd quedó huérfana de compañía y se dio cuenta de lo duro que era estar sola. A los pocos instantes, una voz grave y armónica la sacó de sus tristes ensoñaciones.

– ¿Me has llamado?

Una bellísima mujer con una gran mata de pelo rubio hasta la cintura y larga falda se había manifestado ante ella.

– ¿Eres Bridget? -parpadeó sorprendida Anaíd-. ¿La bruja que lanzó su maldición en el monte Domen?

Bridget, a su vez, la reconoció.

– ¿Eres tú la elegida? ¿La elegida de la profecía?

Anaíd supo que en ese momento su pelo era completamente rojo tal y como la profecía anunciaba.

– En efecto, soy la elegida, Anaíd Tsinoulis, hija de Selene, nieta de Deméter, del clan de la loba, y deseo pedirte a ti, el espíritu de Bridget, un gran favor…

Y Bridget, la bruja indomable del monte Domen, que no se amilanó ante los soldados ni la hoguera, y que mientras moría pronunció la maldición que condenaba a los amantes del monte Domen a vivir en desgracia el resto de sus días, se arrodilló humildemente ante la elegida.

– Todos los favores que te pueda conceder serán tuyos.

* * *

La muchacha avanzaba por las calles de la ciudad de Veracruz con su fiero perro husky firmemente sujeto de la correa. A nadie llamaba la atención su pelo largo y enmarañado, su exótico collar de dientes de oso y su aspecto desaliñado. Muchos peregrinos venían desde muy lejos para encomendarse al saber de las brujas. Muchos arrastraban consigo penas y enfermedades que sólo la sabiduría ancestral de la magia era capaz de sanar.

A aquella hora fronteriza entre los últimos noctámbulos y los primeros madrugadores, ninguna guitarra rasgaba la noche y alegraba el cuerpo con ritmos de bambas y huapangos. Las arcadas bajo las que se refugiaban los viejos cafés y las orquestinas estaban vacías, y las blancas fachadas solitarias de sus edificios recibían la luz fantasmagórica del amanecer sin las sombras de los paseantes.

Por eso nadie se fijó en ella ni se sorprendió de su extraño comportamiento cuando se arrodilló junto al perro y lo besó antes de atar su correa firmemente; tres vueltas dio, una detrás de otra, a una farola parpadeante.

Luego, la muchacha se alejó del hermoso animal que, al comprender que lo abandonaba, luchó denodadamente con su correa para liberarse y correr tras su dueña. Fue en vano.

Y mientras la figura de la chica se perdía entre las callejuelas sucias de la ciudad portuaria, el husky elevaba su hocico triste a la luna aturdida de luz matutina y aullaba largamente con un aullido desgarrador. Una bruja Omar del clan del colibrí despertó de su duermevela y formuló un conjuro rápidamente. Era un mal presagio.

CAPÍTULO XXVI

En la falda del Iztaccíhuatl

Anaíd se sintió cálidamente acogida. Unas manos amorosas, acostumbradas a traer niños al mundo y masajear pieles sin estrenar, amasaban sus músculos cansados uno a uno, con profesionalidad, como si su cuerpo fuese la masa dulce y esponjosa de un pastel de manzana a punto de meter en el horno. Le retornaron la sensibilidad, el tacto y las cosquillas.

– No, por favor, no aquí no.

Tenía unas terribles cosquillas en la planta de los pies y las manos mágicas se habían empeñado en descubrir los recovecos de su talón y su puente, arrancándole enormes carcajadas.

– ¡Ahí, no, no que me muero!

Las manos se detuvieron inmediatamente.

– No, mi amor, no se me muera. Acaba de regresar de la muerte, que yo la encontré medio muerta.

Esa voz cálida, su propia risa, las cosquillas, el frío que sentía en las piernas y una ligera pero pertinaz sensación de hambre le permitieron deducir una cosa sencilla: estaba viva. ¡Qué maravilla!

Abrió los ojos inmediatamente y contempló a la espléndida mujer que la acunaba en su regazo como si fuera una niña. Y así se sentía Anaíd con su cara hundida en el mullido pecho de una matrona de piel cobriza con rasgos indígenas, ataviada con un ornamento peculiar, una media luna de plata suspendida del tabique nasal.