Pero el husky no le hizo caso y con su lengua áspera lamió sus orejas, su naricilla, su cara de porcelana y sus ojos rasgados una y otra vez agitando la cola.
– Teo, déjame, déjame te digo -ordenó Sarmik intentando en vano ponerse en pie y liberarse de su peso-. ¡Teo, uk! -ordenó con la autoridad del conductor de trineo.
Teo respondió a la orden, se echó a un lado con mansedumbre y le permitió incorporarse.
Sarmik se quedó contemplándolo con ojos hoscos. Estaba contrariada.
– Muy mal, Teo, muy mal. Sabías que no podías venir. ¿Lo sabías, verdad?
El husky emitió un gemido y bajó la cabeza hasta hundirla entre sus patas delanteras. Había desobedecido a su ama.
– Te até con la correa para que no me siguieras y tú la mordiste, eso está muy mal.
El perro la escuchaba con la cabeza gacha.
– Tendría que castigarte…
Teo, esa vez, asumió su falta y la miró con la inocente honradez con la que sólo son capaces de mirar los perros, los caballos y los niños. Su fidelidad estaba fuera de dudas y Sarmik alargó la mano y le agarró el morro; pero en lugar de azotarlo, lo acarició cariñosamente.
– Teo, Teo, eres imposible…
Teo lamió su mano y agitó de nuevo la cola.
– Es que no quiero que te expongas. Tienes que regresar. ¿Me has oído?
Teo la oía, pero no estaba dispuesto a abandonarla de nuevo.
– Va a ser muy difícil, Teo, es mi última prueba y no sé si seré capaz de superarla.
Teo la escuchaba con devoción. Sarmik cosquilleó su testuz y señaló su collar de dientes de osa.
– La madre osa me protege y con ella estoy segura. No me haces falta.
Teo, como si la comprendiera, se entristeció.
Sarmik se puso en pie, abrió su zurrón y sacó sus últimas provisiones. Un pedazo de pescado en salazón que volvía loco al husky. Se lo mostró, permitió que lo olisqueara y luego lo lanzó con fuerza al fondo del barranco.
– Anda, ve, ve a buscarlo Teo.
Teo dudó unos instantes y Sarmik insistió.
– A por él, Teo, a por él…
Teo se lanzó en pos de la presa siguiendo a su instinto, a su estómago y a su cadena de mando. Pero el impulso le duró apenas unos metros. Algo más profundo, quizá el amor, lo hizo detenerse, dar media vuelta y seguir de nuevo a la pequeña figura que ascendía hacia la cumbre.
Esa vez, Sarmik fue incapaz de desprenderse de su fiel husky.
CAPÍTULO XXVII
Selene estaba sentada en posición de loto, la columna erguida, la respiración pausada, los brazos majestuosamente recogidos tras su espalda y los párpados entornados. Aparentemente, su concentración era óptima, pero no tenía la mente en blanco. Por mucho que lo intentase, era incapaz de dejar de pensar y relajar el torbellino de sensaciones que acudían en tropel para mezclarse en un cóctel explosivo familiar: las emociones. Las malditas emociones habían secuestrado su voluntad otra vez y no podía sobreponerse a las noticias que acababa de recibir de sus acólitas.
Hacía tan sólo unas horas se había enterado de que Anaíd había regresado con vida del Camino de Om. Anaíd, su pequeña, su niña, estaba viva. Ésa fue la primera noticia que recibió y se sintió estallar de alegría cuando la joven Metztli le relató la aparición casi milagrosa de una joven loba en la cueva de su tía, la serpiente Coatlicue, en la falda del Iztaccíhuatl. Le explicó que tenía los ojos azules como el mar, la piel blanca y la marca de la gran madre loba en el dorso de su mano; que había recorrido un largo viaje y estaba exhausta, pero que había desaparecido como por ensalmo.
Selene la esperó con ansiedad durante horas. Por fuerza tendría que acudir a su lado para pedirle ayuda. No sólo era su madre, ahora también se había convertido en la gran matriarca, puesto que se había visto obligada a asumir el mando de la guerra y el falso papel de elegida para no dejar huérfanas de liderazgo a las Omar. Las matriarcas que conocían su secreto guardaron silencio al descubrir el poder de la fe en el mito, y la confusión creada en torno a las identidades. Sólo unas pocas conocían el nombre de Anaíd, la elegida maldita, pero callaban porque su naturaleza Odish era un secreto ominoso. Además, fue el azar el que la eligió un día en que una joven ardilla visionaria se arrodilló ante la pelirroja Selene, a orillas del lago Nahualac, cuando se disponía a organizar un batallón, y la aclamó como a la elegida. Muchas otras la imitaron, el rumor creció y, en lugar de desmentirlo, las matriarcas pidieron a Selene que asumiese ese nuevo papel. Hasta que finalmente acabó por instalarse en el ánimo de todas que Selene era la elegida de la profecía. La profecía estaba demasiado arraigada en las creencias de las Omar y no podían defraudarlas. Durante generaciones hablaron de la loba del cabello de fuego que empuñaría el cetro con su fuerza sobrenatural y se enfrentaría con su magia a las temidas Odish liberándolas de milenios de opresión. Y Selene estaba espléndida en su papel. Había iniciado una revuelta y había levantado el clamor de guerra de las gargantas de los clanes.
Cuando fue proclamada gran matriarca y fue venerada como elegida, ya era la líder indiscutible de las tropas Omar.
Pero Anaíd no había acudido a su lado.
Durante esos meses en que Anaíd estuvo ausente en el mundo de los muertos, Selene no dejó de pensar en ella ni un instante. Compartió con su hija su miedo y su angustia, y asumió todas y cada una de las terribles pruebas que en aquellos momentos debía de estar superando. Cada mañana luchaba contra la desesperación recordando las palabras de su prima Leto acerca de la elegida:
«No me consuela saber que ella, la elegida, también deberá recorrer un largo camino de dolor y sangre, de renuncias, de soledad y remordimientos. Sufrirá, como yo he sufrido, el polvo del camino, la dureza del frío y la quemazón del sol. Pero eso no la arredrará.
Desearía ahorrarle la punzada amarga de la decepción, pero no puedo.
La elegida emprenderá su propio viaje y lastimará sus pies con los guijarros que fueron colocados para ella.
No puedo ayudarla a masticar su futura amargura ni puedo endulzar sus lágrimas que aún no han sido vertidas.
Le pertenecen. Son su destino.»
Se convenció, a su pesar, de que su destino y el de Anaíd se desgajaban para unirse más tarde. Por eso recibió con esperanza la noticia de la desaparición de Baalat y la celebró. Anaíd era fuerte y valiente, había salido triunfadora de su misión y había acabado con Baalat, se dijo. Y es pero con ansiedad su regreso inminente al mundo de los vivos. Confiaba en la palabra de los muertos que habían aceptado su sacrificio. «Mi vida por la de mi hija», les ofreció, y los muertos habían atendido su súplica y ella había recibido la caricia fría de una mano muerta que sellaba su pacto. Deméter por fuerza tenía que haber protegido a Anaíd; así se lo pidió y así creía que habría sucedido.
Por eso no había perdido la fe en su pronto regreso y cada mañana, al despertar, preguntaba a su guardia de guerreras si en la falda del volcán había aparecido una muchacha joven de piel blanca y ojos muy azules. Luego oteaba el horizonte con la firme convicción de verla llegar en lontananza.
Pero Anaíd no aparecía, la fecha del equinoccio se acercaba y no podían posponer más su ofensiva. A su pesar, tuvo que preparar minuciosamente el ataque.
Ella, con su magia y su fuerza mortales, se enfrentaría a Cristine, milenaria e inmortal, e intentaría arrebatarle el cetro. Aunque no estaría sola. El ejército de las Omar que habían acudido a luchar atacaría bajo su mando y desbarataría las defensas de las Odish.
La lucha era desigual y existía la posibilidad que esa batalla fuese un baño de sangre, pero era preferible la muerte a permanecer eternamente bajo el poder del cetro en manos de las sanguinarias Odish.