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Y ahora, a pocas horas de la gran batalla, su hija, la elegida verdadera, había regresado por fin entre los vivos.

Pero Anaíd no había acudido a su lado.

Y si no había llamado a su puerta para ponerse del bando de las Omar…, ¿significaba que lucharía contra ellas?

Si así fuera, hubiera preferido mil veces que los muertos la hubiesen retenido en su inframundo.

Estaba inquieta, aturdida, y no hacía más que barajar múltiples posibilidades sobre los sucesos que acontecerían al día siguiente. Había movilizado a su guardia personal para que encontrasen a Anaíd, pero sólo habían hallado a una Omar inuit del clan de la osa que, acompañada de su perro, ascendía lentamente hacia la cumbre del Popocatepetl, más allá de las cruces, donde la ventisca y el frío del glaciar mordían la piel. La muchacha les prometió vigilar desde las cumbres para evitar la llegada de Odish desde la retaguardia del cono del volcán.

Selene se concentró en su posición de loto nuevamente. Respiró acompasadamente, una vez, otra. Su responsabilidad de líder no le permitía flaquear ni hundirse. Todas tenían su mirada fija en ella. Pasase lo que pasase, mañana sería el gran día. Pero antes le esperaba una larga noche.

– Oh Selene, discúlpame por interrumpir tu paz. Ha sucedido algo importante.

Selene levantó la mirada sin dejar traslucir su miedo. Ante ella, una recia Omar escorpión manchú de piel clara, cabellos lacios y ojos rasgados, armada con su atame, parecía agitada.

– ¿Habéis encontrado a la loba?

– No exactamente, Selene.

Selene se hundió.

– ¿Sabes que la batalla es mañana y que la elegida debe pasar esta noche a solas enfrentándose a sí misma?

– Lo sé.

– ¿Y a pesar de todo me interrumpes?

– Son noticias importantes.

– Habla pues, Shon Li.

Era una magnífica luchadora de artes orientales a quien había escogido entre centenares para formar parte de una escogida elite que vigilase la cueva de las matriarcas. Confiaba ciegamente en ella y su lealtad estaba probada.

– Hemos interceptado a un hombre. No era un arqueólogo ni un alpinista extraviado. Te está buscando a ti y dice tener noticias sobre la joven loba.

Selene palideció y se puso en pie con una intuición.

– ¿Rubio, alto, ojos azul cobalto?

– En efecto.

Instintivamente se llevó las manos a la cara retirando su cabello e intentando recordar su aspecto. Iba vestida con una larga túnica bordada de alegres colores que disimulaba su incipiente embarazo y llevaba su melena roja suelta sobre sus hombros.

Así pues Gunnar estaba aquí.

– Que pase -ordenó aparentando confianza y repitiéndose que no le estaba permitido desmoronarse.

Sin embargo, al tenerlo delante le flaquearon las piernas y tuvo que reprimir su deseo de correr hacia él y refugiarse entre sus brazos. Se estaba tan bien dentro de ellos. Todo era sencillo cuando acurrucaba la cabeza contra el pecho de Gunnar y oía los latidos de su corazón dejándose imbuir de su serenidad y sintiéndose protegida por su fuerza.

No obstante se mantuvo erguida y firme.

– Hola, Gunnar.

– Hola, Selene. Supongo que te asombras de que esté aquí.

Selene extrañó sobre todo su falta de cordialidad. Gunnar no se acercó a ella, ni pretendió besarla, su voz era distante, sin un asomo de la ternura que había detectado en ocasiones anteriores, y en sus ojos no había pasión, ni deseo. Sus ojos eran como el acero, fríos y duros.

– No me asombra nada de lo que hagas. Por algo eres un brujo Odish.

Gunnar se impacientó.

– No he venido a discutir contigo, Selene. Tampoco he venido, como otras veces, dispuesto a ofrecerte mi amor. No tengas miedo, eso ya pasó. Afortunadamente, eres libre

Selene tragó saliva lentamente. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué en ese momento deseaba furiosamente besar a Gunnar y hacerlo callar? ¿Por qué, en lugar de tranquilizarla, su indiferencia la exasperaba? ¿Acaso no había significado nada esa noche que pasaron juntos en la cabaña junio al lago? ¿Las palabras que se dijeron? ¿La locura que les invadió? ¿Y ese hijo que estaba esperando sin que el lo supiese? Quería odiarlo, pero no tenía fuerzas.

– Está bien. ¿Qué noticias traes?

Gunnar escogió sus palabras con sumo cuidado.

– Anaíd ha regresado del Camino de Om con vida a pesar de la maldición.

Selene respondió con cautela.

– Lo sé. Gunnar continuó desgranando sus palabras.

– Se ha reunido esta misma tarde con Cristine, mi madre.

Selene se sintió doblemente traicionada. Gunnar estaba con la dama blanca y Anaíd se unía a su bando. Fingió, sin embargo, dominar la jugada.

– Lo suponía.

Gunnar bajó la cabeza.

– Y de aquí a unas horas se celebrará la ceremonia equinoccial para consagrar el cetro de poder que le será entregado a la elegida, Anaíd.

Selene fue escueta.

– Estaba enterada de la ceremonia.

– Y yo, de tu estrategia, pero ahora ya no surtirá efecto.

Selene palideció.

– ¿Qué quieres decir?

– Que ahora tendrás que arrebatarle el cetro a tu propia hija y no serás capaz de eliminarla.

Selene tembló.

– ¿Será Anaíd quien sostenga el cetro cuando el rayo de sol equinoccial lo ilumine?

– Efectivamente. Cristine la ha engañado. No tenía ni tiene intención de cederle el cetro. La ceremonia será sólo una tapadera y un freno para las Omar. Con Anaíd al frente no atacaréis. No, si eres tú quien da las órdenes.

– ¿Quieres decir que lo sabe todo a pesar de las precauciones?

Gunnar rió.

– Naturalmente. Quizá no le han dado la importancia que deberían a vuestra repentina beligerancia, pero las Odish vigilan vuestros movimientos y conocen vuestras intenciones. Saben que atacaréis en la ceremonia de entronización. Por eso la llegada de Anaíd ha sido providencial. Selene, la madre de la elegida, no eliminará a su hija. De eso Cristine está segura.

Selene se llevó la mano al pecho. Lo que Gunnar le explicaba era lógico. Pero en todo ese rompecabezas había una pieza clave.

– ¿Y Anaíd? ¿Cómo está?

– Bien, serena, más madura. Mejor que Cristine. La aparición de Anaíd la ha alterado profundamente. Nunca la había visto tan alterada.

Selene, desconcertada, intentó guardar la compostura. Pero sentía curiosidad.

– ¿Qué quieres decir?

Gunnar se sentó sobre unos cojines y, sin esperar a ser invitado, se sirvió de una copa de pulque que había en una bandeja, junto a él. Selene, intrigada, se sentó a su lado.

– Gritaba. Gritaba como nunca la había oído gritar y discutía con las otras Odish que le reprochaban la naturaleza Omar de Anaíd. Cristine les ha dicho que mañana todo habrá acabado y que de una vez para siempre se dirimirá la balanza lo quiera la elegida o no.

– Así que, al margen de Anaíd, ella ya ha tomado su propia decisión.

– Ha dejado muy claro que la elegida deberá acatar su decisión. Es irrevocable.

– ¿Y cuál crees que es la decisión que ha tomador?

Gunnar se sirvió más pulque.

– Es obvio. Cristine es la única Odish con poder para coronarse como reina, y Anaíd no es más que un pequeño estorbo. Mi madre no tiene escrúpulos.

Selene ató cabos con rapidez.

– Quieres decir que la dama blanca utilizará a Anaíd como escudo para nuestro ataque y luego se deshará de ella. Gunnar afirmó.

– Es nuestra hija y tenemos que salvarla.

Selene tomó aire.

– Anaíd es la clave.

– Exacto.

– Y… ¿qué partido ha tomado?

Gunnar bajó la cabeza.

– El de Cristine.

Selene se inquietó.

– Podemos convencerla. ¿Puedes traerla aquí?

Gunnar suspiró y negó con la cabeza.