Cristine alisó el cabello revuelto de Anaíd con sus propias manos y le cogió la barbilla delicadamente, alzándola.
– Querida mía, camina erguida, con la barbilla siempre en alto y la mirada al frente. Nada ni nadie debe amilanarte. Recuerda: eres la elegida y dentro de muy poco empuñarás el cetro.
Anaíd recordó algo y Cristine, inmediatamente, se dio cuenta.
– Dime, ¿qué necesitas?
Anaíd dudó unos instantes hasta que finalmente se decidió.
– Quiero unas monedas.
– ¿Ahora?
– Sí, me sentiré más segura se llevo unas monedas conmigo.
La dama abrió un cofre repleto de monedas de oro y le ofreció un saquito de cuero.
– Toma las que quieras.
Anaíd tomó un puñado, las introdujo dentro del pequeño monedero, lo colgó de su cuello y lo apretó contra su pecho. Así estaba mucho más segura.
– ¿Algo más cariño?
– No, gracias, no necesito nada más.
Anaíd se sentía agradablemente envuelta en la calidez fría y acogedora de su elegante abuela. Su maravilloso palacio surgido de la nada le ofrecía todas las comodidades inimaginables y su anfitriona no cesaba de agasajarla. Tras tantos días de privaciones agradeció el baño caliente, la comida sabrosa y las ropas bellamente bordadas que le regaló Cristine. Pero no debía agradecerle únicamente su hospitalidad. Gracias a ella estaba viva.
Su llegada por sorpresa había provocado un gran revuelo entre las Odish, que esperaban aclamar a la dama de hielo como la portadora del cetro, pero que no estaban dispuestas a bajar la cabeza ante una niña de dudosos orígenes Omar. Tuvieron una reunión agitada en la que acusaron a Anaíd de infiltrada y a Cristine de ofrecer el cetro a una traidora. Finalmente, Cristine se impuso con todo su poderío y las silenció. Pero Anaíd se sintió rechazada. Hasta Gunnar, su propio padre, había sugerido que a lo mejor no estaba preparada para asumir el poder. ¿Qué poder? ¿El de las Omar o las Odish? Estaba hecha un lío.
Cristine era su abuela, Cristine le ofrecía todo cuanto tenía y le abría su corazón. Y las Odish tenían razón, ella era una traidora.
– Y ahora, quiero que pruebes unos exquisitos bocados antes de salir a oficiar la ceremonia.
Anaíd se sintió fatal. Muy mal. Era impropio comer de la mano de la persona a quien debía clavar el puñal.
– No, gracias, no tengo hambre.
Deméter le pidió que aniquilase a Cristine, pero Deméter no la conocía, no había compartido sus confidencias, no había sido objeto de sus atenciones, no se había sentido acogida, escuchada y amada por Cristine. Y su hermana de leche Sarmik no respondía a sus llamadas, sólo percibía de ella algo inquietante, peligroso.
Estaba sola. Muy sola.
La puerta se abrió y una Odish de piel de ébano, antigua aliada de Baalat y ahora vasalla de Cristine, la increpó poco respetuosamente. Su fidelidad era dudosa.
– Cristine, tenemos unos pequeños inconvenientes.
Cristine se sintió indignada.
– Ahora no, Cloe. Os he dicho que no me interrumpáis.
Sin importarle la objeción de la dama de hielo, Cloe, la Odish de piel oscura, hizo pasar a otras Odish que transportaban los cuerpos exánimes de Roc, Dácil y Clodia. Al verlos Anaíd lanzó un grito.
– ¡¡¡No!!!
Cristine palideció de rabia. Sabía lo que sucedería a continuación. Detuvo a Anaíd con contundencia.
– No están muertos.
Cloe miró a sus compañeras, todas ellas antiguas vasallas de la gran Baalat.
– Parece ser que la pequeña Odish que nos gobernará tiene el corazón sensible y propenso a involucrarse con las Omar.
– ¡Silencio! -exigió Cristine-. Esas Omar que veis aquí facilitaron la llegada de Anaíd hasta nosotras. Lo que ocurre es que Anaíd ignora que atentaban contra su vida.
Anaíd se quedó de una pieza.
– ¿Cómo?
Cristine acarició su pelo.
– Querida niña, Dácil, Clodia y Roc se proponían acabar contigo sirviéndose de vuestra anterior amistad. Han sido enviados por las Omar.
Anaíd se sintió esquizofrénicamente dividida. Por una parte lo que decía Cristine le parecía imposible. Por otra, sabía lo que eran las leyes Omar y conocía sus órdenes para eliminar a la elegida traidora. Criselda, su propia tía, había recibido el encargo de eliminar a Selene si llegaba a confirmar su traición. Pero Anaíd se arrodilló junto a Roc y lo observó desde muy cerca. Tenía la expresión asustada.
– ¿Roc? ¿Roc? Dime algo.
Cristine señaló su mano cogida a Clodia.
– Te lo está diciendo. No te ha esperado. ¿Te das cuenta?
Anaíd miró alternativamente a uno y a otra.
– No puede ser.
Cristine suspiró.
– Todo puede ser. ¿Quieres escucharlo de su propia boca?
Cristine chasqueó los dedos y despertó a los tres invitados, que abrieron lentamente los ojos en presencia de Anaíd y las Odish presentes.
– ¿Anaíd? -musitó Dácil.
Cristine la ayudó a levantarse.
– La misma a quien te proponías eliminar. ¿No es así?
Dácil afirmó con la cabeza baja.
– Nos ha traicionado. Es una Odish.
La dama de hielo miró fijamente a Anaíd mientras hacía la pregunta lentamente.
– ¿Y creéis que por eso debe morir?
Clodia se incorporó cogida a la mano de Roc.
– En efecto, debe morir.
Anaíd notó cómo se desencajaba su cuerpo.
– ¿Y quién clavará su puñal? ¿Roc?
Roc miró a Cristine.
– Sí, yo le clavaré mi puñal. No lo espera.
Cristine señaló su mano cogida a Clodia.
– Tampoco esperaba que te hubieses enamorado de su mejor amiga.
– Fue una sorpresa. Anaíd no lo sabe.
Clodia miró a Cristine a su vez.
– Nos hemos enamorado. Roc ya no quiere a Anaíd. Anaíd se echó al suelo sin importarle su ropa nueva y se tapó los oídos.
– No quiero oír más, no quiero verlos más, llévatelos, hazlos callar, hazlos desaparecer.
Cristine se dirigió a Cloe, que había asistido con escepticismo a la escena.
– Anula su voluntad y congela sus deseos.
– Ya lo has hecho tú, señora de los hielos -replicó la Odish rebelde.
Cristine la fulminó.
– Obedece mis órdenes y las de la elegida. Cloe pasó la palma de su mano sobre los ojos de los tres prisioneros, que la siguieron mansamente, con docilidad. Su contoneo insolente enfureció a Cristine, que no atendió a Anaíd hasta pasado un rato.
Anaíd estaba encogida en el suelo, víctima de un ataque. Sus llantos e hipidos no la abandonaban.
– Anaíd, compréndelo, ya no eres una Omar, ya has probado la sangre y el poder. Nunca te aceptarán de nuevo entre ellas.
Anaíd tuvo un nuevo acceso de llanto.
– Pero Roc, Roc no es Omar.
– ¿Qué creías? ¿Que te sería fiel? Los hombres engañan, por eso las Odish nos servimos de ellos. Si dejásemos nuestra voluntad en manos de un hombre, estaríamos perdidas.
– Y Clodia…
– Clodia obedece a su clan del delfín y es coqueta y egoísta. Su amistad queda en un tercer plano.
– Dácil me quería.
– Dácil quiere regresar con su madre y hará todo cuanto la tribu le ordene, incluido eliminarte. ¿No lo comprendes? Todos tienen sus intereses y tú no estás en el primer lugar de nadie.
Anaíd boqueó en busca de aire.
– Selene sí, es mi madre…
Cristine rió con ganas.
– ¿Selene? Precisamente Selene ha usurpado tu papel. No le interesa tu regreso. Quiere la gloria y el poder para ella sola. Quiere que la aclamen como a la gran matriarca y la elegida de la profecía.
Anaíd se arañó las mejillas en un intento desesperado por mitigar el terrible dolor que las palabras de Cristine le causaban.
– ¿Y Gunnar?