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Cristine se entristeció.

– Es mi hijo, pero…

– ¿Qué?

– Ha maquinado contra ti.

Anaíd ya no podía soportarlo más.

– ¿Contra mí?

– Se ha unido a Selene para arrebatarte el cetro. Acaba de entrevistarse con ella y han urdido una traición.

Anaíd explotó. Todo era excesivo.

– ¡No te creo!

Cristine suspiró con deferencia, rozó con sus blancos dedos una columna de hielo que sostenía el techo del palacio y sobre su nívea superficie se reflejó la escena que había tenido lugar una hora antes. En ella Selene y Gunnar, sentados en la cueva, con una vasija de pulque al lado, hablaban con voz queda. Anaíd contuvo el aliento.

– ¿Qué propones?

– Te propongo un pacto.

– ¿Cuál?

– Te ayudaré a acabar con Cristine antes de la ceremonia. Luego rescataremos el cetro y entre los dos controlaremos a Anaíd o… la reduciremos.

– ¿Podrás contra Cristine?

– Sabes que si lo deseo puedo volver a utilizar mis poderes.

– Pero es tu madre. ¿Lo harás?

– Con una condición.

– ¿Cuál?

– Anaíd. Mi precio es Anaíd.

– ¿Qué harás con ella?

La dama chasqueó los dedos ante la atónita Anaíd y mostró a Gunnar. La escena estaba ocurriendo en esos mismos momentos. Gunnar había llenado una jarra y estaba introdu-ciendo unos polvos dentro de una copa. Anaíd contempló cómo Gunnar se armaba con sus armas de berseker y Cristine comentó con naturalidad.

– Ahora tu padre está preparando nuestra desaparición.

Anaíd se llevó las manos al cuello. Tenía miedo de sus propios padres. No podía confiar en nadie, en ningún ser vivo. ¿Y en Cristine?

– ¿Qué quiere hacer Gunnar conmigo?

Cristine se dirigió lentamente hacia la puerta.

– Se lo preguntaremos a él.

Y abrió la puerta sorprendiendo a Gunnar, que en esos instantes estaba frente a su puerta con la bandeja en las manos. Al verla adelantarse a sus intenciones, Gunnar, con

desconfianza, depositó la bandeja sobre una mesa.

– Vaya, sabías que vendría.

Cristine lo contempló.

– Una madre sabe muchas cosas -y añadió con desenvoltura para quitar hierro a la desconfianza de Gunnar-, sobre todo cuando su hijo hace ruido -y señaló sus botas claveteadas.

Gunnar se tranquilizó. Ciertamente no pasaba inadvertido.

– Vamos a brindar por la entronización de la elegida -propuso Gunnar mirando a Anaíd-. Estás muy guapa. Mucho.

Anaíd se sentía incapaz de pronunciar una sola palabra ni de representar ningún papel. Estaba anestesiada de dolor. Simplemente la infelicidad se había adueñado de su persona y estaba asistiendo con estupor, como una invitada macabra, a la tragedia que tenía como desenlace su propia muerte a manos de su padre.

– ¿Qué te pasa? ¿Te ocurre algo?

Cristine sonrió a Gunnar.

– Es una sentimental, tendrá que aprender a controlar sus emociones, como tú y yo.

Y sin que Gunnar atendiese a su acción, Cristine señaló hacia otra dependencia.

– Acabamos de eliminar a Dácil, Clodia y Roc. Pretendían atentar contra ella.

Consiguió el efecto esperado. Gunnar palideció y miró hacia donde la dama señalaba sin atender a la bandeja con las tres copas que él mismo había llevado. Luego abrazó a una Anaíd hierática y distante. Estaba bajo estado de shock.

– ¿Era necesario eliminarlos? -clamó Gunnar con voz rota.

– O ellos o Anaíd.

Cristine, con una levísima indicación de sus dedos, cambió las copas de lugar.

– Pero, pero… eran unos niños -objetó.

– Unos niños peligrosos, iban armados y habían recibido de Selene las órdenes de matar a Anaíd.

Anaíd ni siquiera reaccionó, pero Gunnar estaba fuera de sí.

– ¡No es cierto! ¡Eso no es cierto!

Cristine rió con una risa clara.

– Vaya, ¿la defiendes? Creía que te había engañado Muchas veces y que te rechazaba.

– No quiero discutir contigo.

– Pues brindemos. ¿Has venido para eso, no?

Anaíd, incrédula, vio cómo Gunnar servía con mano temblorosa el brebaje en las copas y las distribuía. Cristine aceptó la suya con naturalidad, pero ella la rechazó. No podía creerlo: su propio padre pretendía envenenarla. Gunnar insistió.

– Bebe, te sentará bien.

– No quiero, gracias -respondió Anaíd horrorizada.

Cristine, en cambio, levantó su copa y brindó alegremente con su hijo.

– ¡Salud! ¡Por el triunfo del cetro y la elegida!

Gunnar sostuvo su copa y aguantó el choque de su madre con un rictus de dolor.

– ¡Por la elegida! -repitió.

Anaíd no les quitaba el ojo de encima. Lo que sucedería era previsible. Y sucedió.

Tras apurar sus copas, Gunnar comenzó a sentirse mal. Se llevó las manos al cuello, su tez se puso violácea y comenzó a temblar violentamente. Sus rodillas flaquearon y cayó al suelo poco a poco. Se fue dando cuenta del efecto contrario de sus actos.

– ¿Qué me has hecho madre? -musitó.

Cristine abrazó a Anaíd y le tapó los ojos.

– Cambiar nuestro destino y salvar a mi nieta.

Y con una ternura infinita, rodeó a Anaíd con sus elegantes brazos y la acompañó poco a poco hasta la puerta.

El aire frío de la noche mordió la piel de Anaíd, pero no lo notó. Flotaba en una nube de dolor. El mundo le era indiferente y al oír el rugido hambriento del Popocatepetl sintió ganas de arrojarse en su cono ardiente repleto de azufre y cenizas y concluir así su sufrimiento.

– Tu muerte no es la solución.

Anaíd se la quedó mirando sorprendida.

– Me tienes a mí, no te he abandonado, estoy contigo y te cuido.

La voz cariñosa de Cristine actuó como un bálsamo. La dama la cubrió con una soberbia capa de piel de marta cibelina.

– Tienes que sobreponerte, querida niña, tienes que ser fuerte.

Anaíd se arrebujó en la suave capa y se dejó arrullar por las palabras dulces de Cristine.

– Pronto tendrás el cetro en tus manos. Piensa en el cetro.

Y la condujo amorosamente por el empinado camino que conducía hasta el Tetzacualco del Popocatepetl, el lugar donde se celebraría la ceremonia del cetro.

Tras ellas, las Odish venidas de lodos los rincones del planeta las seguían a una prudente distancia vestidas con sus trajes ceremoniales. Las últimas, las que cerraban la comitiva iban acompañadas de dos chicas que caminaban con la mirada ausente y los pasos mecánicos de los que han perdido la voluntad. Las habían vestido de verde para la ocasión y habían adornado su cabeza con una tiara blanca. Eran, sin saberlo, el sacrificio para la ceremonia. Dos jóvenes Omar caídas del cielo: Clodia y Dácil.

Cuando Selene, con su melena roja, llegó al Tetzacualco de Hamacas a la hora convenida con Gunnar, el palacio mágico de la dama de hielo y sus Odish había desaparecido. En su lugar sólo quedaban las ruinas del antiguo templo y los cuerpos exánimes de Gunnar y Roc sobre las frías losas.

Selene lo comprendió todo en pocos instantes. Cristine los había descubierto y ésa era su respuesta.

Se agachó sobre Gunnar y acarició su mejilla. Luego le besó delicadamente sobre sus labios aún calientes y pronunció únicamente:

– Te quiero.

CAPÍTULO XXIX

La guerra de las brujas

El Tetzacualco del Popocatepetl era excepcional. Se erigía a casi cinco mil metros de altura, sobre el hielo blanco del glaciar y muy cerca de la cúspide, pero pasaba absolutamente inadvertido a los pocos viajeros que emprendían la lenta ascensión hasta la cima del Popo. A esa altura, exhaustos y faltos de oxígeno, sólo tenían ojos y fuerzas para continuar tercamente paso tras paso hasta alcanzar los 5.452 metros que culminaban su proeza.