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No tendría que tener en cuenta a nadie. Sólo a sí misma.

Recordó de golpe a Deméter y su promesa de destruir a Cristine. Las promesas con los muertos no pueden olvidarse… ¿Y por qué no? Deseaba volar libre hacia el poder absoluto del cetro.

El graznido del águila anunció la inminente aparición del sol. Anaíd tensó sus músculos y abrió sus brazos dispuesta a recibirlo. Pero en el instante en que dirigía el cetro hacia el Este, una voz la detuvo.

– ¡Anaíd, te quiero! -clamó la voz serena de Selene, su madre, rebotando contra las columnas del Tetzacualco.

Anaíd sintió cómo un zarpazo de humanidad desgarraba sus entrañas.

– ¡Anaíd, te quiero! -gritó Gunnar, su padre, llenando sus pulmones vacíos de aire puro y causándole el mismo dolor que produce la primera respiración.

– ¡Anaíd, te quiero! -gritó la voz de Roc oprimiendo su corazón y obligándolo a latir como una descarga eléctrica tras una larga parada cardíaca.

Y Anaíd tembló de pies a cabeza y notó cómo su de terminación se esfumaba.

Cristine permanecía impávida, mientras las Odish se levantaron de sus asientos dispuestas a luchar contra los invasores que desvirtuaban su ceremonia. Y al hacerlo, algunas de ellas quedaron atrapadas por redes mágicas que las Omar, agazapadas bajo el hielo y suspendidas en el vacío del precipicio, les lanzaron. Los gritos atronaron en el recinto sagrado.

Y en ese mismo instante se depositó sobre el cetro el primer rayo de sol equinoccial y Anaíd sintió el calor del astro rey invadiendo sus venas y dotándola de un poder infinito, fastuoso.

Pero la voz de Clodia la conmovió más que el poder del cetro.

– ¡Anaíd, te quiero! -gritó Clodia, que había despertado de su letargo con la ayuda de las Omar.

– ¡Anaíd, te quiero! -la secundó Dácil corriendo hacia ella y esquivando a las Odish que pretendían atraparla.

Anaíd había sido ungida por el cetro y permanecía inmóvil respirando bocanadas de aire puro y saboreando su nueva humanidad. Estaba rota y desgajada, pero sentía cada una de sus células. Estaba tremendamente viva y por primera vez supo lo que significaba poseer el cetro, y no ser poseída por el cetro. Era eso. Sentirse amada. Era esa delgada línea que separaba ambos conceptos.

Selene se abrió paso entre el desconcierto, llegó junto a Anaíd y le imploró con los ojos anegados en lágrimas:

– Destruye a la dama blanca. Destrúyela ahora.

Anaíd reconoció que ésa era su misión, ésa era la profecía para la cual estaba destinada.

Alzó el cetro sobre la cabeza elegante y hermosa de Cristine. Y Cristine no se defendió, ni se movió del lugar de honor que ocupaba junto a ella. Se la quedó mirando sin implorar compasión, sin pretender otra cosa que conservar su recuerdo.

Anaíd intentó descargar el poder del cetro sobre la dama blanca, pero cuando sus brazos bajaron, algo los detuvo. Luchaba contra sí misma.

– Hazlo, Anaíd.

– Destrúyela, Anaíd.

– Ella es el mal, Anaíd.

Anaíd, embrujada por los ojos de su víctima, tal vez bajo su último maleficio, se desprendió del cetro con mano temblorosa y lo dejó sobre el altar.

– No puedo hacerlo.

– ¿Por qué no puedes destruirme? -preguntó Cristine.

Anaíd se hundió irremediablemente.

– Te quiero.

– No te rindas, Anaíd, no te rindas -intervino entonces Selene.

Y desesperada, se lanzó a tomar ella misma el cetro dispuesta descargarlo sobre la gran Odish, pero una mano más fuerte se lo impidió. Era Gunnar.

– No lo hagas, es muy peligroso.

Cristine, mientras tanto, como si estuviera ajena a todo lo que no era su nieta, abrazaba a Anaíd con ternura y secaba sus lágrimas.

Selene dio un grito y quiso separarlas, pero de nuevo Gunnar la retuvo fuertemente.

– No le hará daño. A ella no.

Anaíd se giró hacia su madre:

– Lo siento, Selene -balbuceó-, lo siento, hemos perdido la guerra. Las Omar habéis perdido por mi culpa. No soy capaz de matarla.

Cristine sonrió a Anaíd y le ofreció el cetro con delicadeza.

– Te equivocas, preciosa. Tu amor ha sido providencial. El cetro es tuyo.

Y la dama blanca se irguió con arrogancia y gritó. Su voz resonó en la falda del Popocatepetl. Su voz potente de tuvo el vuelo de las águilas y la corriente de los vientos. Su voz dulce y poderosa llenó de asombro a las Omar, guerreras y furiosas, que por primera vez estaban cercando a las Odish. Y mientras ella habló, todas las criaturas vivas la es

cucharon.

– Oídme bien. La profecía acaba de cumplirse.

Las Odish y las Omar, inmóviles, no osaban respirar.

– La guerra de las brujas ha acabado.

La voz poderosa y profética de Cristine anunció con solemnidad:

– Anaíd, la elegida, ha vencido.

El estupor fue enorme.

– El tiempo de las Odish ha acabado -pronunció Cristine contundentemente.

En ese mismo instante una Odish pecosa y rubia que contemplaba la escena furiosa desapareció fulminada por un resplandor. En su lugar quedó apenas un puñado de polvo. A su alrededor surgió un grito de espanto y las Odish que estaban junto a ella se apartaron.

Cristine continuó hablando con voz de trueno.

– Anaíd, la elegida, con su amor sincero por mí, con su lealtad, ha triunfado sobre las espadas y los conjuros.

La Odish nubia, sicaria de Baalat, se abalanzó sobre Cristine con su atame desnudo.

– ¡Traidora! -chilló.

Pero en ese instante un relámpago fulminante la envolvió y, al disolverse la llama, nada quedaba de su rabia y su venganza. Su cuerpo simplemente se había esfumado.

Cristine la señaló.

– Yo misma he decantado la balanza de esta contienda. Yo misma he puesto fin a esta guerra inútil y absurda. Las Odish no tenemos lugar en el mundo de los vivos.

Los resplandores se multiplicaban. A cada nuevo segundo se añadía la desaparición de otra Odish. Las que quedaban pugnaban por escapar de su destino sin conseguirlo. Una tras otra, se veían envueltas en un estallido súbito y repentino que las destruía.

– Desapareceremos definitivamente. La guerra de las brujas ha terminado.

El asombro de las Omar y el terror de las Odish se reflejaban en todos los rostros.

Anaíd lo comprendió de repente.

– La libación, el ritual de la copa sagrada… ¿Tú misma has decidido vuestro final?

Cristine suspiró.

– Siempre debe haber un final.

Anaíd se horrorizó.

– ¿Tú también has bebido el veneno?

– Soy una Odish inmortal y estoy cansada, muy cansada de haber vivido tanto.

Anaíd se aferró a ella.

– No, abuela.

– Te he querido mucho, Anaíd, como he sabido. Gracias a ti he descubierto el sentido de la vida, y la vida no se comprende sin la muerte.

Anaíd, con los ojos llenos de lágrimas, sólo tuvo tiempo de abrir su saquito y ofrecerle unas monedas de oro.

– Por favor, acéptalas. Son unas monedas, para Manuela y su hija. Con ellas pasarán la laguna. Dáselas. Y para ti.

Cristine recogió las monedas en su mano y en ese mismo instante un hermoso resplandor rojizo la envolvió.

Anaíd cerró los ojos para no asistir a su fin.

El rugido atronador del Popocatepetl la invitó a abrirlos de nuevo. Suspiró. Reconocía la llamada, el volcán reclamaba su deuda. A su alrededor se vivía un caos. Las Omar celebraban su victoria y recogían sus pertrechos. Unas y otras, absortas en su propia felicidad, en la dicha que otorga el triunfo, se habían olvidado de la elegida.

Los vio a todos recuperándose de sus heridas, exhaustos, pero vivos: Dácil y Clodia relataban su periplo con aspavientos y algunas risas; Gunnar y Selene estaban apartados del resto, dirimiendo sus propios asuntos, los que ella había solucionado con Bridget, a quien rogó que anulase su maldición; y había alguien más, alguien que la buscaba con la mirada. Era Roc. Moreno, alto, guapo. Con los ojos le pedía que lo esperase, intentando abrirse paso entre los obstáculos que los separaban.