Sin embargo, entonces oyó su voz.
– Anaíd, te estoy esperando.
Era Sarmik, su hermana de leche. Esa vez sí. La oía con nitidez, claramente. Estaba muy cerca, tenía que ir con ella.
Dio media vuelta, pero una mano se posó en su hombro y la retuvo. Levantó la cabeza y se topó con Roc, sonriéndole con su hoyuelo travieso.
– ¿Me darás un beso?
Anaíd no lo dudó. Una despedida de la vida se merecía un recuerdo imborrable. Se besaron un largo rato y Anaíd se sintió tan bien que temió que le fallasen las fuerzas.
– Ha valido la pena -comentó Roc.
– ¿El qué?
– El largo viaje para cobrarme tu beso, el que me debías.
Anaíd rió y se separó de él.
– Tengo que irme.
– ¿Dónde vas?
Anaíd señaló hacia el cráter.
– Es una promesa.
– Te acompaño.
– No, debo ir sola.
Roc la retuvo aún con una última pregunta.
– ¿Volverás pronto?
Anaíd, con los ojos llenos de lágrimas, no le respondió y, sin despedirse, comenzó la lenta ascensión hasta la cumbre.
También Selene y Gunnar se habían reencontrado, con tanto desespero como extrañeza. Ninguno de los dos podía entender el motivo de la magia de su amor recobrada, sin odios, sin rencores, sin venganzas. Selene, sin embargo, sufría: no podía arriesgarse a tener tanto apego a la vida que no pudiera cumplir con su promesa a los muertos.
– Nuestro amor está maldito. No tentemos a la suerte -protestó temblando en los brazos de Gunnar, aunque deseosa de amarlo eternamente.
– Tal vez ya no lo esté -sugirió Gunnar.
– Bridget pronunció la maldición del monte Domen. ¿Lo recuerdas?
– A veces las maldiciones pueden exorcizarse.
Selene lo rechazó con contundencia.
– No tengo tiempo, o mejor dicho, no puedo darte tiempo, porque no me pertenece.
Gunnar se puso serio.
– ¿Qué quieres decir?
– Que he comprometido mi vida.
– ¿Con Max?
– No seas celoso. Es una promesa más seria.
– ¿No habrás pensado en la posibilidad de ofrecer tu vida por algún motivo?
Selene bajó los ojos y Gunnar la sujetó por los hombros.
– No lo permitiré, bajo ningún concepto.
Pero Selene se desprendió de su abrazo.
– Es por Anaíd.
Y de pronto, Selene se percató de la ausencia de su hija y se desesperó buscándola. Hasta que la descubrió. Su figura era un simple punto en la lejanía, a pocos metros del cráter humeante.
– ¡Anaíd! -gritó adivinando su intención y señalando a lo alto.
Y sin mediar palabra con Gunnar, pronunció un conjuro de ilusión y salió volando tras ella con la determinación de quien sabe que debe poner todas sus fuerzas en salvar una vida, la más querida.
Anaíd, sin embargo, ya había llegado a la cumbre y sonreía a su hermana de leche que estaba con su fiel perro husky contemplando el fondo del cráter.
– ¿Sarmik? -preguntó antes de abrazarla con cariño.
Tras el abrazo se miraron las dos a los ojos. Habían estado muy unidas durante todo ese tiempo. Sarmik señaló su cetro.
– Es hermoso.
Anaíd se lo entregó. Sabía que Sarmik lo usaría con criterio y sabiduría, sería la mejor matriarca para las Omar y una maravillosa portadora. Ella, que poseía su misma sangre, ella que era su otro yo, ella era la verdadera reina de las brujas.
– Es tuyo, te lo entrego en nombre de las brujas Omar. Úsalo con prudencia.
Sarmik, emocionada, contempló sin asomo de codicia el preciado cetro. Su mano estaba libre del ansia que corroía a Anaíd, y su generosidad y entrega eran tantas que jamás podría caer tentada por la ambición del poder.
El Popocatepetl rugió otra vez atronadoramente y las frágiles paredes del cono temblaron. Una fumarola espesa las envolvió.
El volcán la reclamaba y Anaíd, temerosa, apretó su saco de monedas con fuerza.
Sarmik, con el cetro en la mano, se quitó su bonito collar y lo puso en el cuello de Anaíd.
– La madre osa te protegerá.
Anaíd estaba emocionada y, antes de dar el paso definitivo, se abrazó a su hermana de leche y susurró su augurio.
– Serás nuestra reina, la que gobernará a las Omar Con tu sabiduría y la ayuda del cetro de la madre O.
Se despidieron con lágrimas en los ojos.
– Me hubiera gustado conocerte mejor, pero me siento orgullosa de cumplir con mi destino -musitó Sarmik.
Anaíd sentía lo mismo: también debía cumplir con su promesa y ofrecerse a los muertos. Y en ese mismo instante, en el instante en que se armaba de valor para arrojarse al cráter humeante, Sarmik arrancó con fuerza el saco de monedas del cuello de Anaíd y dio un salto hacia el vacío con el cetro en la otra mano, seguida de su fiel husky.
Ambos volaron sobre la nube de azufre y desaparecieron en la boca ardiente del cráter.
Anaíd horrorizada quiso arrojarse tras ella, pero la mano de Selene la retuvo.
– ¡Nooo!
Desde la cueva de Milpuco, la serpiente Coatlicue encendió su pipa y vio sin necesidad de mirar la fumarola que salía del imponente volcán saciado.
CAPÍTULO XXX
Anaíd tosía asfixiada por el humo de los coches. No estaba acostumbrada al tráfico de la atestada calle del centro de Manhattan.
– ¿Estás segura de que es aquí? -preguntó a Dácil, que miraba desesperada a un lado y a otro.
– Me dijo que me esperaría en esta esquina, frente a un quiosco de refrescos.
Roc, que tenía a Anaíd fuertemente sujeta de la mano, señaló el puesto de refrescos. Pero en la esquina no había ninguna madre esperando a una hija. Sólo una joven vestida con una falda muy corta, caminando sobre unos tacones excesivamente altos, con un globo atado a su mano, una muñeca bajo el brazo y el bolso de rebajas rebosante de chucherías. Lamía una nube de caramelo y miraba descaradamente las caras de los paseantes con niños.
Dácil, nerviosa, se acercó a ella con incredulidad.
– ¿Mamá? -preguntó con cuidado.
La joven permaneció paralizada, estúpidamente conmovida; levantó la vista desde los pies y comenzó a ascender, a ascender, a ascender reteniendo la respiración, hasta llegar a los ojos de la niña que era casi, casi de su misma estatura.
– ¡¡¡No puede ser!!! -exclamó horrorizada-. ¡No puedes ser Dácil!
Y en lugar de abrazarla, dio un paso atrás llevándose la mano al pecho. Dácil sintió un nudo en la garganta y unas ganas terribles de salir corriendo. Quería escapar de esa mujer que la había traído al mundo y que luego no la reconocía.
– Soy yo, mamá.
– No me lo creo -gritó la joven Omar lanzando la muñeca al suelo con expresión de desconcierto-. Creí que eras una niña…
Dácil se avergonzó y Anaíd quiso correr a su lado para consolarla, pero Roc no se lo permitió. Era una cuestión privada y no podían intervenir.
Clodia, unos metros más atrás, fotografiaba la escena con su móvil y recogió la imagen en la que la madre de Dácil tocó el delgado brazo de su hija, con desconfianza, y pasó la mano poco a poco por su mejilla aterciopelada.
– No me creo que tenga una hija tan preciosa, tan alta, tan encantadora…, no puede ser verdad. Es un sueño, pellízcame, Dácil, pellízcame. Mi niña bonita, mi linda guanchita, mi lloronceta comilona.
Dácil abrió la boca y volvió a cerrarla como un pez boqueando fuera del agua. Estaba buscando desesperadamente las palabras que tenía que decirle a su madre… y no las encontraba. Afortunadamente su madre hablaba por las dos, y sobraba y bastaba.
– ¿Y qué hago aquí mirándote como una tonta? Anda, acércate y deja que te abrace. Tantos años soñando con este momento y ahora nos quedamos como dos bobas. No soy una bomba nuclear, soy tu madre. ¡Ven aquí!