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De modo que al abrirse la puerta se sobresaltó. Se puso rápidamente en pie, aferrando el arma, pálido el semblante, y contempló a Velisarios, que jadeaba como un perro, chorreando sangre, incandescentes los ojos con esa fuerza sobrenatural con la que había tenido la fortuna de nacer.

– He venido corriendo -dijo él, y avanzó hasta la mesa para depositar suavemente sobre ella el patético fardo que parecía tan flácido, relajado y pacífico como cualquiera de los mil muertos que ella había visto en las últimas noches.

– ¿Quién es? -le preguntó Pelagia, extrañada de que el forzudo se hubiera ocupado de aquel cadáver en concreto.

– Está vivo -dijo Velisarios-. Es el capitán loco.

Ella se inclinó precipitadamente, mientras en su corazón colisionaban la esperanza y el horror. No le reconoció. Había demasiada sangre coagulada, demasiados jirones, demasiados orificios en la pechera de la guerrera que aún rezumaban sangre. Tenía el pelo y la cara apelmazados y relucientes. Sintió ganas de tocarlo, pero retiró la mano. ¿Cómo tocar a un hombre en ese estado? Tenía ganas de abrazarle, pero ¿cómo se abraza a un hombre tan destrozado?

El cadáver abrió los ojos y la boca sonrió.

– Kalimera, koritsimou -dijo. Ella reconoció su voz.

– Es de noche -dijo tontamente, a falta de una frase más profunda.

– Entonces, kalispera -murmuró él, y volvió a cerrar los ojos.

Pelagia miró a Velisarios, los ojos desorbitados de desesperación, y le dijo:

– Es lo más grande que has hecho en tu vida, Velisarios. Voy a buscar a mi padre. Quédate aquí con él.

Era la primera vez que una mujer entraba en la kapheneia. No era el local que había sido en tiempos, pero seguía siendo lugar sagrado y exclusivo para varones, y cuando ella irrumpió allí y abrió la puerta del enorme armario donde los hombres escuchaban la BBC (la división Venezia se había unido a los partisanos de Tito) el estallido de desaprobación fue más que palpable. Del interior se alzó una nube de humo de tabaco; allí estaban su padre y cuatro hombres más, todos enhiestos en aquel espacio reducido, mirándola conmocionados por algo que se aproximaba al odio. Kokolios le lanzó un rugido pero ella tiró de la mano de su padre y se lo llevó entre protestas del local.

El doctor Iannis miró el cuerpo y concluyó que nunca había visto algo peor. Había sangre suficiente para llenar las arterias de un caballo y suficientes trocitos de carne desgarrada como para alimentar durante meses a los cuervos. Por primera vez en su carrera médica se sintió derrotado e inútil.

– Sería mejor matarlo -dijo con los brazos caídos a los costados.

Antes de que Velisarios pudiera decir «Eso había pensado yo», Pelagia estaba ya golpeando a su padre en el pecho con las manos, dándole de puntapiés en las pantorrillas, enfurecida e indignada. Velisarios se acercó a ella, le rodeó la cintura con un brazo y la izó a la posición habitualmente ocupada por su culebrina, apoyándola en el saliente natural de su cadera, donde Pelagia empezó a chillar y a golpearle los muslos.

Y así fue como pusieron agua a hervir y los jirones del uniforme del capitán italiano fueron cuidadosamente cortados. Pelagia rasgó frenéticamente en tiras no sólo sus sábanas sino también las de su padre. Después reunió todas las botellas de aguardiente que su padre había logrado esconder y, por añadidura, sus preciadas existencias de vino de la isla.

El doctor se lamentó mientras limpiaba la sangre:

– ¿Qué puedo hacer? No tengo estudios. No soy un cirujano como Dios manda. No tengo bata, ni gorra, ni guantes, ni penicilina. Tampoco tengo máquina de rayos X, ni agua esterilizada, ni suero, ni plasma, ni sangre…

– ¡Calla! -le gritó su hija con el corazón desbocado de pánico y determinación-. Yo te he visto grapar una fractura con un clavo de diez centímetros. Cállate y hazlo.

– Por Dios -dijo el doctor, intimidado.

Como ignoraba que la mayor parte de la sangre y la carne había pertenecido a las anchas espaldas de Carlo Guercio, al doctor le pareció un milagro del santo el que Antonio Corelli estuviera tan poco herido como lo estaba en realidad. Una vez limpio y puestos a hervir un montón de sanguinolentos harapos recogidos del suelo, quedó claro que la víctima tenía seis balas en el pecho, una en el abdomen, una en el brazo derecho y un rasguño en la mejilla.

Con todo, no parecía tener salvación. El doctor sabía demasiado para mostrarse optimista y no lo suficiente para aligerar su pesimismo. En aquellos orificios habría fragmentos de uniforme, bolsas de aire perforadas por la balas; habría astillas de costilla que no podría localizar, la osteomielitis se habría afianzado debido a la infección de una miríada de microbios que esparcirían su veneno por la médula hasta las venas, provocando la muerte por septicemia. El doctor sabía que una bala podía alojarse en lugares donde tocarla provocaría un mar de sangre, pero donde no tocarla causaría una infección invencible. Podía haber ya un hemotórax, sangre desparramada entre la pared del tórax y el pulmón. No tardaría tal vez en producirse una gangrena gaseosa. Habría esquirlas que extraer cuya ubicación probablemente él no podría deducir. El doctor abrió una botella de raki, bebió un buen trago y se la pasó a Velisarios, quien por pura solidaridad hizo lo propio. Se había quedado allí, fascinado por el quehacer del médico.

El doctor Iannis se concentró y comprendió que era inútil sacar conclusiones precipitadas. Un cirujano explora primero y piensa después. Con el sabor del anís en la boca y el reconfortante calorcillo del alcohol en las tripas, alcanzó una sonda y la insertó suavemente en cada una de las heridas hasta notar que tocaba una bala. Le sorprendió que los orificios fueran tan anchos y que todos ellos presentaran un redondel amarillento. ¿A qué se debía que los orificios fueran tan anchos?

Asombrado, se puso en pie. Ni siquiera eran profundos. De repente cayó en la cuenta de que en realidad las balas debían haberle atravesado, dejando en la espalda de la víctima unos orificios sanguinolentos.

– Hija -dijo-, te juro por todos los santos que este hombre tiene la carne como el acero. Creo que vivirá. Cogió el estetoscopio y le auscultó. El corazón latía débil pero con regularidad-. Antonio -dijo, y Corelli abrió los ojos e intentó sonreír-. Antonio, voy a operarle. No tengo mucha morfina. ¿Podrá beber? El alcohol le aclarará la sangre, pero no queda otra salida.

– Pelagia -dijo Corelli.

Velisarios sostuvo la cabeza del capitán y Pelagia le hizo beber un poco de raki mientras el doctor preparaba tres cuartos de gramo de morfina. Le inyectaría la misma cantidad cada media hora si era necesario, y cada media hora el capitán tragaría un poco de raki, caso de que eso hiciera falta también.

– Necesito el máximo de luz -dijo el doctor.

Pelagia fue a recoger las lámparas de la casa y Velisarios las encendió en la cocina. Fuera estaba oscuro y los búhos ululaban entre los metálicos chirridos de los grillos y los demás sonidos naturales de aquella engañosa paz. Psipsina entró con su primer ratón nocturno entre los dientes, pero Pelagia la hizo salir a la calle.

En un brazo el doctor inyectó morfina, y en el otro, para completar la cosa y sin otro motivo que la intuición, inyectó diez centímetros cúbicos de azúcar y una solución salina que Pelagia había mezclado en un jarro. No le gustaba ver al hombre al que amaba pinchado y sondado de aquella manera, pero sabía que pronto iba a verlo cortado y rajado. Sin embargo, mirando aquel cuerpo pálido y ensangrentado, desvalido como un gusano, supo que no era precisamente un cuerpo lo que uno amaba. Uno amaba al hombre que brillaba por aquellos ojos y que utilizaba la boca para sonreír y hablar. Cogió los dedos del músico y contempló las uñas cuidadosamente recortadas. Las cutículas, al menos, eran rosadas. No adoraba aquellas manos sino al hombre que las movía por los trastes. ¿Cuántas veces las había imaginado ella recorriendo sus pechos? El doctor se fijó en su arrobamiento y le dijo: