La fiebre desapareció dos días más tarde, y el paciente abrió los ojos con extrañeza, como percibiendo por vez primera el hecho de su existencia. Se sentía más débil de lo que parecía posible, pero bebió leche de cabra rociada con brandy y comprobó que por fin podía incorporarse un poco por sí solo. Aquella misma tarde fue capaz de ponerse en pie con ayuda del doctor y dejar que le lavaran. Tenía las piernas como palos y le temblaban, pero el doctor le hizo andar hasta que quedó extenuado y vencido por las náuseas. Las costillas le dolían más que nunca, y se le informó de que aquello podía durar meses, cada vez que inhalara. Tendría que emplear los músculos abdominales para respirar, se le dijo, y cuando así lo hacía le dolía la herida que tenía en el abdomen. Pelagia fue en busca de un espejo y le enseñó la cárdena cicatriz que le había quedado en la cara y su incipiente barba helénica. La barba le picaba y le molestaba casi tanto como la cicatriz y le daba un aire de bandido.
– Parezco un siciliano -dijo el capitán.
Esa noche comió su primer alimento sólido. Caracoles.
60. EL INICIO DE SUS PESARES
Pelagia recordaría el período de la recuperación y posterior fuga de Corelli no como una memorable y embriagadora aventura, ni como un interludio de miedo y esperanza, sino como el lento inicio de sus pesares.
La guerra, en cualquier caso, la había debilitado. Tenía la piel translúcida y pegada a los huesos por falta de alimentación, lo que le daba un aspecto patético y macilento que no se pondría de moda hasta veinticinco años después. Sus bien formados pechos habíanse arrugado y caído un poco, convirtiéndose en virtuales saquillos, en absoluto hermosos u objetos de deseo. A veces le sangraban las encías, y cuando comía iba siempre con tiento por miedo a perder un diente. Su precioso pelo negro había raleado y perdido su elasticidad, y podían entreverse los primeros cabellos grises que no deberían haber asomado hasta al menos una década después. El doctor, quien debido a su mayor edad había sufrido menos, la examinaba con frecuencia y sabía que desde la ocupación había perdido la mitad de la grasa de su cuerpo. Analizando el nitrógeno de su orina el doctor determinó que Pelagia estaba perdiendo músculo a medida que agotaba sus proteínas; cada vez le resultaba más difícil mantener una actividad física durante varios minutos. El doctor estableció no obstante que estaba bien del corazón y los pulmones, y cuando podía le daba más ración de leche y pescado -siempre que lo conseguían- fingiendo falta de apetito. Ella le daba su propia comida a Corelli por un cariño similar que a nadie engañaba. Al doctor se le encogía el corazón de verla tan desmejorada, y se acordaba de esas rosas ajadas que consiguen sobrevivir al otoño y hasta diciembre se aferran a lo que conservan de belleza, como alentadas por cierto designio de un destino que tuviera nostalgia del pasado pero estuviera dispuesto a destruirlas. Ahora que no contaban con ningún pudoroso oficial italiano que les robara comida, y con ningún obeso oficial de intendencia al que embaucar, el doctor se veía limitado a coger lagartijas y serpientes pues todavía era poco propenso a experimentar con gatos y ratas. Las cosas no estaban tan mal como en Holanda, donde te servían gato como «conejo de azotea», y no tan graves, pero casi, como en la Grecia continental. Siempre había el mar, origen del ente cefalonio, pero origen también de todo su túrbido pasado y de la importancia estratégica que ahora era poco más que un recuerdo curioso, el mismo mar que en el futuro sería origen de nuevas invasiones de italianos y alemanes que se tumbarían en las playas a tostarse y dejarían en la superficie del agua una película de aceite bronceador, turistas perplejos ante la mirada vacía y caviladora de los ancianos griegos vestidos de negro que pasaban sin decir palabra, ajenos a todo.
En cuanto Corelli pudo andar, se trasladó en plena noche a Casa Nostra acompañado por el doctor y Velisarios, mientras Pelagia permanecía en casa, en el escondite al que habían sido devueltos la mandolina, la Historia del doctor y los escritos de Carlo. Durante el tiempo que los saqueadores estuvieron en la isla, ella apenas salía de casa y en aquel agujero bajo el piso de la cocina se dedicaba a sus recuerdos, tejía y tejía la colcha y pensaba en Antonio. Este le había regalado su anillo, demasiado grande para los dedos de ella, y Pelagia lo observaba a la luz del quinqué, mirando el medio halcón en vuelo con una rama de olivo en el pico, y debajo las palabras «Semper fidelis». En el fondo de su corazón temía que una vez en Italia él la rechazara, que aquellas palabras pudieran aplicarse únicamente a ella, que fuera a quedarse sola para siempre, fiel y olvidada, esperando como Penélope a un hombre que nunca volvía.
Pero Antonio le decía que no. Iba a verla con frecuencia, al anochecer, se quejaba de que su refugio era frío y lleno de corrientes de aire, y le contaba espeluznantes historias de evasiones y capturas, de las cuales sólo algunas eran ciertas. Su flamante barba le rascaba a ella las mejillas cuando se tumbaban juntos y vestidos en la cama, envueltos en un abrazo y hablando del futuro y el pasado.
– Siempre odiaré a los alemanes -decía ella.
– Günter me salvó la vida.
– Pero mató sin piedad a todos tus amigos.
– No tenía elección. No me extrañaría que se haya suicidado después. Vi que procuraba no llorar.
– Siempre hay una elección. Haga lo que haga el cuerpo, la culpa es de la mente. Es un dicho de aquí.
– Günter no era valiente como Carlo. Carlo se habría negado a fusilarnos, pero Günter era otra clase de persona.
– ¿Tú te habrías negado?
– Eso espero, pero nunca se sabe. Quizá habría tomado el camino fácil. Yo soy un hombre, pero Carlo tenía madera de héroe antiguo, como Horatius Cocles o como se llamara el que defendió el puente de Porsenna contra todo un ejército. Sólo hay uno así entre un millón de hombres, no debes culpar al pobre Günter.
– Es igual, siempre los odiaré.
– Hay muchos alemanes que no son alemanes.
– ¿Cómo? No digas disparates.
– Con el uniforme no se les nota, sabes. Los han reclutado en Polonia, Ucrania, Letonia, Lituania, Checoslovaquia, Croacia, Eslovenia, Rumanía. En fin. Tú no lo sabes, pero en el continente tienen griegos a los que llaman «batallones se seguridad».
– No es verdad.
– Sí lo es. Lo siento, pero sí. Todo país tiene su cupo de cabrones; matones e ineptos que necesitan sentirse superiores. Eso mismo ocurrió en Italia, todos se afiliaban al fascismo para ver qué podían sacar. Hijos de empleados y de campesinos que querían ser algo. Mucha ambición y ningún ideal. ¿Entiendes ahora cuál es el encanto de la vida militar? Quieres una chica, la violas. Quieres un reloj, lo robas. Estás de mal humor, te cargas a alguien. Te sientes mejor, más fuerte; te reconforta pertenecer a los escogidos, puedes hacer lo que quieres y justificar cualquier cosa sólo diciendo que es ley natural o voluntad de Dios.
– Tenemos un refrán que dice: «Dale valor a un labriego y se te meterá en la cama.»
– A mí me gustaba aquel otro.
– ¿«El que la sigue la consigue»?
– No, no. «Quien con niño se acuesta, mojado se levanta.» Es lo que me ha pasado a mí, koritsimou; ojalá no me hubiera alistado en el ejército. En aquel momento me pareció una buena idea, pero ya ves lo que ha pasado.
– Antonia se ha quedado sin cuerdas y tú estás que trinas. ¿Echas de menos á los muchachos? Yo sí.