Se apretujaron los cuatro en la diminuta franja de arena, al abrigo del viento, esperando el destello de un farol que había de llegarles desde el mar. Warren encendió su lámpara y la protegió con la capa mientras los otros tres se turnaban para calentarse las manos a su lumbre. Corelli caminó hasta la orilla y contempló el vaivén de las negras olas, preguntándose si conseguiría sobrevivir. Recordó otras playas, los muchachos de La Scala cantando y bebiendo mientras las prostitutas chapoteaban en la orilla de una mar tan calmada y transparente que podría haber sido un lago en la Arcadia. Con los ojos de su mente vio el turquesa inverosímil de la bahía de Kiriaki, visto desde arriba en verano volviendo de Assos, y la belleza de ese recuerdo aumentó su sensación de pérdida. Recordó lo que le había dicho el doctor sobre la xenitia, ese terrible amor nostálgico por su tierra que afecta a los griegos en el exilio, y sintió que también a él le hurgaba en el pecho como una bayoneta. Ahora tenía un pueblo propio, una patria propia, y hasta sus ideas y su forma de hablar habían cambiado. Lanzó una piedra negra al mar para que le trajera suerte y luego volvió con Pelagia. En la oscuridad tomó su cara entre las manos y la abrazó. El pelo seguía oliéndole a romero, y Corelli aspiró el aroma con tanta fuerza que le dolieron las costillas. El aire frío había avivado el perfume, y supo que el romero no volvería a tener un olor tan penetrante y consumado. De ahora en adelante olería a luz que se desvanece y a polvo.
Cuando la luz despidió tres destellos desde el mar y Warren hubo respondido a la señal, Corelli estrechó la mano del teniente, besó a su suegro en ambas mejillas y volvió con Pelagia. No había nada que decir. Él sabía que la boca de ella temblaba de congoja, y él mismo sentía en la garganta la contracción de una emoción similar. Le acarició tiernamente la mejilla y la besó en los ojos, como si quisiera mitigar sus lágrimas. Oyó el ruido hueco de remos golpeando la regala de un esquife, el crujir de la madera sobre el cuero, y al levantar la vista vio la silueta de la embarcación que se aproximaba y las sombras de dos hombres trajinando a bordo. Se acercaron los cuatro al agua y el doctor dijo:
– Que te vaya bien, Antonio. Y vuelve.
El capitán dijo en romaico:
– De sus labios a los oídos de Dios -Y abrazó a Pelagia por última vez.
Una vez se hubo metido en las rompientes y subido a bordo esfumándose como un fantasma en la oscuridad, Pelagia corrió hacia las olas hasta que el agua le llegó a los muslos. Se esforzó para verlo por última vez pero no vio nada. Se sintió apresada, atrapada en el vacío como en las garras de unos raptores. Se llevó las manos a la cara y lloró temblando mientras el viento se llevaba unos sollozos de angustia que se perdían entre el siseo del mar.
62. DE LA OCUPACIÓN ALEMANA
De la ocupación alemana poco hay que decir aparte de que consiguió que los isleños acabaran casi queriendo a los italianos que habían perdido. Raramente ocurre que un pueblo pueda resignarse a tomarle cariño a sus opresores, pero ésa había sido prácticamente la regla desde la época de los romanos. Ahora no había italianos trabajando en las viñas codo a codo con los campesinos griegos a fin de vencer el tedio de la vida en la guarnición, ni partidos de fútbol entre equipos que discutían y bromeaban y atacaban en masa al árbitro, ni coqueteo por parte de cabos de artillería que siempre llevaban la gorra torcida, el mentón sin afeitar y un medio cigarrillo en las comisuras de la boca. No había ya tenores que entonaran canciones napolitanas o arias sentimentales a los pinos de las montañas. No había ya ineptos policías militares que provocaran el caos circulatorio en el centro de Argostolion agitando los brazos y dando indicaciones con sus silbatos a todo el mundo a la vez. No había ya un impuntual hidroplano que rezongara por la isla haciendo un indiferente reconocimiento. No había ya escandalosas putas militares de labios pintados y sombrilla al hombro que se bañaran desnudas en el mar y fueran llevadas de un lado a otro en carreta por un griego viejo y meditabundo; nadie supo qué ocurrió con las chicas, probablemente fueron deportadas a algún anónimo campo de la Europa del Este para hacer trabajos forzados, y posiblemente las violaron y las mataron, sepultándolas luego entre los hombres a los que habían amado por obligación, o mezclando sus cenizas con la de éstos en las piras bíblicas que habían llenado el cielo de un humo negruzco, abierto grandes círculos quemados en la hierba y aguijoneado los olfatos con el hedor del queroseno y la carne chamuscada. Todas habían desaparecido: Adriana, la Triestina, Madame Nina…
Los escasos restos de los soldados italianos fueron reunidos una vez terminada la guerra. Varios cuerpos fueron exhumados intactos del cementerio italiano y devueltos a Italia en un barco de guerra con el casco pintado de negro, y se hizo todo lo posible por identificarlos. Pero no hubo manera. Se dice que las familias recibieron huesos y cenizas que podrían haber sido de cualquiera. Así, hubo madres que lloraron por los hijos muertos de otras madres, pero la mayoría se quedó sin ese consuelo pues sus hijos estaban ya fusionándose con el suelo de Cefalonia, o se habían esparcido en el aire de Jonia en forma de ceniza, atajados en la flor de la vida irremisiblemente perdidos para un mundo que en vida había ignorado sus aprietos y en la muerte los dejaba de la mano de Dios.
Atrás quedaban los simpáticos ladrones de gallinas, aquellos individualistas zumbones siempre con una canción en los labios, y en su lugar se produjo un interregno que el doctor consignó en su Historia como la época más horrenda.
Los isleños recuerdan que los alemanes no eran seres humanos. Eran autómatas sin principios, máquinas finamente templadas para el arte del pillaje y la brutalidad, sin otra pasión que el amor por la fuerza ni otra creencia que la de su derecho natural a aplastar con la bota a toda raza inferior.
Naturalmente que los italianos eran unos ladrones, pero sus salidas nocturnas, sus estratagemas para no ser descubiertos, su vergüenza cuando los pillaban con las manos en la masa, daban a entender que eran conscientes de estar haciendo algo mal. Los alemanes entraban en cualquier casa a cualquier hora del día, volcaban los muebles a patadas, pegaban a los inquilinos, fueran viejos o jóvenes o estuvieran enfermos, y ante sus propios ojos se llevaban lo que les daba la gana. Adornos, anillos que pertenecían desde generaciones a una familia, quinqués, hornillos de benceno, souvenirs orientales de los marinos, todo… Les resultaba divertido y apropiado humillar a aquellos negroides de cultura tan despreciable. Despreocupadamente dejaban que la gente se muriera de hambre, y hacían el signo del pulgar triunfal cuando los ataúdes griegos pasaban camino de sus tumbas.
Tanto Pelagia como su padre fueron golpeados en más de una ocasión sin motivo aparente. Psipsina, por el delito de ser mansa, fue arrancada de brazos de Pelagia y frívolamente abatida a culetazos de fusil. A Drosoula le quemaron los pechos con colillas de cigarrillo por mirar mal a un oficial. Cuatro soldados que lucían la cabeza de la muerte en sus cinturones y cuyos corazones eran tan oscuros y vacíos como la gruta de Drogarati, destrozaron en presencia al doctor todo el material médico acumulado durante veinte concienzudos años de pobreza. En el año de la ocupación alemana, las Serpientes Sagradas no aparecieron en la iglesia de Nuestra Señora de Marcopoulo, y tampoco lo hizo el Lirio Sagrado en Demoustsandata.
Cuando en noviembre de 1944 los invencibles representantes de la raza superior del eterno Reich recibieron la orden de retirada, destruyeron todos los edificios que les dio tiempo a destruir, y los habitantes de Cefalonia se alzaron espontáneamente contra ellos hasta echarlos al mar.
Pero la noche antes de partir, Günter Weber, quien, avergonzado, se había mantenido alejado de la casa desde las masacres, fue con su gramófono y su colección de discos de Marlene Dietrich y lo dejó todo a la puerta de Pelagia, tal como había prometido en días más dichosos. Debajo de la tapa dejó asimismo un sobre, y cuando Pelagia lo abrió encontró una fotografía de Antonio Corelli y el teniente alemán con los brazos mutuamente echados por los hombros. Corelli lucía una complicada toca de mujer con su adorno de frutas artificiales y ajadas rosas de papel; agitaba frente a la cámara una botella de vino, y Günter llevaba en la cabeza una gorra italiana longitudinal puesta de lado. Ambos tenían los ojos entrecerrados y no había duda de que estaban borrachos. Al fondo distinguió la silueta de una mujer desnuda chapoteando en la orilla del mar, en la cabeza la típica gorra de visera de un oficial de granaderos alemán. Tenía los brazos abiertos en un gesto de deleite, y la luz había captado un arco de agua al dar ella una sacudida hacia arriba con el pie. Pelagia no sintió ni sorpresa ni celos ante la presencia de aquel llamativo personaje; parecía normal que estuviera allí, un elemento que se adecuaba muy bien a las circunstancias.