Dio la vuelta a la fotografía y encontró cuatro versos de Fausto cuyo significado no llegaría a descubrir hasta que se la mostró a un tímido turista alemán, unos treinta y cinco años después. Decía:
Mein Ruh ist hin,
Mein Herz ist schwer
Ich finde sie nimmer
Und nimmermehr.
Debajo, Weber había escrito en italiano: «Que Dios te guarde, yo siempre te recordaré.»
El gramófono fue escondido en el agujero del suelo, junto con la mandolina de Antonio y la confesión de Carlo, y sobrevivió al fratricidio.
La Historia se repite a sí misma, en primer lugar como tragedia y luego como tragedia otra vez. Los alemanes habían matado casi cuatro mil jóvenes italianos, incluyendo un centenar de enfermeros con brazalete de la Cruz Roja, quemando sus cuerpos o hundiéndolos en alta mar en barcazas lastradas. Pero habían sobrevivido otros cuatro mil, e, igual que en Corfú, los británicos bombardearon los barcos que los llevaban a los campos de trabajo. La mayoría se ahogó a bordo, pero los que conseguían saltar al mar eran ametrallados por los alemanes y sus cuerpos dejados a merced de las olas una vez más.
63. LIBERACIÓN
Se fueron los alemanes y empezaron las celebraciones. Pero apenas habían comenzado las campanas a tocar a vuelo, los andartes del ELAS, que habían cambiado su acrónimo por el de EAM, salieron de su estado de hibernación y se impusieron al pueblo con ayuda de las armas británicas, suministradas erróneamente por éstos creyendo que iban a servir para derrotar a los nazis. Actuando, según se dijo, bajo las órdenes de Tito, formaron comités y asambleas de trabajadores y procedieron a elegirse a sí mismos por unanimidad para todos los puestos ejecutivos, y a arrancar un impuesto de una cuarta parte sobre todo lo que se les ocurría. En Zante, varios pueblos de tendencia monárquica se armaron y fortificaron las casas, y en Cefalonia los comunistas empezaron a deportar a los personajes incómodos a campos de concentración; durante años habían observado a los nazis desde posiciones seguras, y eran expertos en las artes de la atrocidad y la opresión. Hitler habría estado orgulloso de unos pupilos tan perseverantes. Su policía secreta (OPLA) identificó a los venizelistas y los monárquicos y los puso en la lista negra por fascistas.
En el continente requisaban provisiones de la Cruz Roja, envenenaban los pozos de pueblos hostiles con burros muertos y cadáveres de disidentes, exigían una cuarta parte de los alimentos que llegaban a El Pireo para aliviar a Atenas, publicaban un periódico irónicamente llamado Alithea (La Verdad) que publicaba mentiras sobre sus propios actos heroicos y la cobardía de todos los demás, eliminaban al azar a todo aquel que les molestara acusándolo de «colaboracionista», contrataban prostitutas para atraer con añagazas a los soldados británicos a su línea de fuego, se disfrazaban de soldados británicos, trabajadores de la Cruz Roja, policías o miembros de la Brigada de Montaña, y utilizaban niños con bandera blanca para conducir a otros a una emboscada. Arrojaron granadas contra gente que iba a la compra o contra soldados británicos que servían rancho a los hambrientos, tomaron como rehenes a veinte mil inocentes, mataron a 114 líderes sindicales socialistas pero no comunistas y destruyeron fábricas, muelles y vías férreas que los alemanes habían dejado intactas. Arrojaron a fosas comunes los cadáveres de griegos a los que habían castrado, rajado la boca en forma de «sonrisa» y sacado los ojos de sus órbitas. Crearon cien mil refugiados y, lo que es peor, los comunistas secuestraron a treinta mil niños y los mandaron a Yugoslavia para adoctrinarlos. Los soldados de ELAS capturados por los británicos suplicaban no ser canjeados por prisioneros, tanto pánico les daban sus líderes, y los griegos de a pie rogaban a los oficiales británicos que les ayudaran. Un dentista de Atenas ofrecía dentaduras postizas gratuitas a los militares.
Todo esto era a la vez irónico y trágico. La ironía estaba en que si los comunistas hubieran continuado con su política de no hacer nada en absoluto, como en la guerra, se habrían convertido sin duda en el primer gobierno comunista libremente elegido del mundo. Mientras que en Francia los comunistas se habían ganado a pulso un sitio respetado en la vida política, los comunistas griegos se desautorizaban a sí mismos porque ni siquiera los comunistas creían de que había que votarlos. Lo trágico radicaba en que éste era un paso más en el aciago camino que estaba convirtiendo al comunismo en la Mayor y Más Humana Ideología Jamás Puesta en Práctica Incluso Cuando Estaba en el Poder, o quizá La Más Noble Causa que Haya Atraído Jamás el Mayor Número de Gamberros y Oportunistas.
De los millones de vidas irreparablemente malogradas por aquellos gamberros, las de Pelagia y el doctor no fueron sino dos más. El doctor fue sacado a rastras en plena noche por tres hombres armados que habían decidido que por ser republicano era fascista, y que tratándose de un médico no podía ser sino un burgués. Arrojaron a Pelagia a un rincón y la dejaron inconsciente a golpes de silla. Cuando Kokolios salió de su casa para defender al doctor, le cogieron también, aun cuando él era comunista. Con sus actos había dejado ver la impureza de sus creencias, y le hicieron apoyarse en el brazo del monárquico Stamatis cuando los tres fueron llevados al embarcadero para ser transportados.
Pelagia no sabía qué había sido de su padre ni adonde lo habían llevado, y las autoridades no se lo dijeron. Sola en la casa, sin un céntimo y desconsolada, presa de una segunda dosis de atribulada desesperación, pensó por primera vez en su vida en el suicidio. No veía otro futuro que no fuese la sucesión de un fascismo tras otro en una isla aparentemente maldita y destinada a ser una pieza más en un juego dominado por otros, un juego cuyos cínicos participantes iban cambiando pero cuyas fichas se hacían a base de sangre y cuerpos de inocentes y débiles. ¿Cuándo volvería Antonio? La guerra seguía su curso en Europa, él tal vez había muerto. Era una vida en la que su hermosura se marchitaría a causa de la pobreza y su salud a causa del hambre. Vagaba de habitación en habitación con el corazón encogido tanto por sí misma como por el género humano, y sus pasos resonaban en la casa vacía y encantada. Los nazis habían masacrado a sesenta mil judíos griegos, al menos eso decía la radio, y ahora sus propios compatriotas mataban a sus hermanos como si los nazis hubieran sido sólo un cuerpo de policía cuya partida esperaban con ansias los fratricidas. Oyó decir que los comunistas habían matado a todos los soldados italianos que habían ido a luchar con los alemanes. Se recordaba a los muchachos de La Scala, se acordaba de cuando decía que odiaría siempre a los nazis; ¿había llegado el momento, finalmente, de odiar siempre a los griegos? De las naciones que habían irrumpido en su casa para maltratarla y robarle sus posesiones, al parecer sólo Italia era inocente. Pensó en lo lentos que habían sido los británicos en venir y se preguntó qué le había pasado al teniente Bunny Warren. No se habría sorprendido de haber sabido que poco después de la liberación los comunistas le habían invitado a una fiesta para matarlo allí mismo. Aquél era el hombre que le había dicho «Haría lo que fuese por los griegos, he acabado queriéndolos». Y si ella odiaba a los griegos, ¿cuál era entonces su patria? Se había quedado sin padre, sin posesiones, sin comida, sin amor, sin esperanza, sin país.