Se quedó desnudo frente al mar, pese al intenso frío, y escudriñó el cielo en busca de gaviotas. Ellas lo guiarían hasta los peces. Se dio cuenta de que sólo quería sentir el mar en su carne, el tacto de la arena en su piel, el tensarse y contraerse de su ingle sobre la fría caricia del agua salada y sedosa. Sintió el azote del viento, y la herida le dolió menos. Necesitaba una ablución.
Recordó los días pasados en su barca sin nada que hacer salvo pescar y bizquear mirando el sol, recordó la sensación de triunfo cuando pescaba alguna pieza buena para Pelagia, lo mucho que le gustaba que a ella le gustase el regalo, los besos robados en tardes de chirriar de grillos cuando el sol caía sobre los cielos de Lixouri. Recordó que en esa época él era delgado y apuesto, de músculos ufanos y llamativos, y que una vez hubo tres criaturas salvajes y exuberantes que le habían querido y confiado en él. Criaturas que, gráciles y sencillas, no se alteraban por dotes ni veleidades, ni les preocupaba cambiar el mundo, seres con amor pero sin complicaciones.
– ¡Kosmas! ¡Nionios! ¡Krystal! -gritó, y se adentró en el mar.
El pescador que recogió el cuerpo abotagado informó que tres delfines se turnaban para acercarlo suavemente hacia la playa. Pero historias parecidas se contaban desde tiempos remotos, y en realidad nadie sabía si se trataba de una imagen romántica o de un hecho demostrable.
64. ANTONIA
Había habido tantas violaciones y tantos nuevos huérfanos, que Pelagia y Drosoula no se sorprendieron al encontrar un paquete abandonado en el umbral de su casa. Por la época en que había nacido, su padre podía haber sido un nazi o un comunista y su madre una de tantas muchachas desafortunadas. Quienquiera que hubiera sido aquella chica contrita y deshonrada, había tenido la precaución de dejar a su hijo a la puerta de un médico, sabiendo que allí tendrían alguna idea sobre qué hacer. El caos del momento era tan ingobernable que a las dos mujeres sólo se les ocurrió intentar cuidarlo ellas mismas, pensando que a su debido tiempo lo adoptaría alguna familia sin hijos o la Cruz Roja se haría cargo de él.
El retoño era una niña, una criatura nacida para un mundo mejor que estaba aún por venir. Era tranquila y serena, no buscaba pretexto para esos enloquecidos aullidos con que algunos críos torturan a sus padres, se chupaba el pulgar de la mano derecha, hábito que no perdería ni siquiera de mayor, y sonreía con generosidad, agitando brazos y piernas en un alegre vaivén que Pelagia llamaba «zarandeo». Se la podía inducir a emitir un prolongado trino de placer con sólo apretarle la punta de la nariz con un dedo, produciendo entonces un sonido que recordaba tanto a un trémolo lento en una cuerda grave que Pelagia decidió ponerle el nombre de la mandolina del capitán Corelli.
Las dos mujeres, cuyas almas habían sido templadas en los crisoles del desconsuelo y la infelicidad, encontraron en Antonia una nueva e intensa razón de ser para sus vidas. No había penuria tan dura de soportar que ella no hiciera tolerable, y la niña ocupó su lugar en aquel providencial matriarcado como si el destino la hubiera asignado a él. En toda su vida no formuló una pregunta sobre su padre, como si le hubiera correspondido de forma natural nacer por partenogénesis, y sólo cuando estaba solicitando un pasaporte para ir al extranjero en su luna de miel descubrió que oficialmente no existía.
Sin embargo, abuelo sí tenía. Cuando el doctor Iannis regresó dos años después y entró penosamente en la cocina sostenido por los brazos de dos hombres de la Cruz Roja, absolutamente destrozado por el horror de la brutalidad cotidiana, mudo de por vida y emocionalmente paralítico, se inclinó para besar a la niña en la frente antes de retirarse a su cuarto. Del mismo modo que Antonia no especulaba sobre un posible padre, tampoco el doctor Iannis especulaba sobre la niña. Le bastaba con saber que el mundo se había bifurcado por un sendero que le resultaba inaprehensible, ajeno y opaco. Se había convertido en un espejo que reflejaba borrosamente lo grotesco, lo demoníaco y la hegemonía de la muerte. Aceptó que su hija y Drosoula durmieran en su cama y él ocupar la de Pelagia, porque, fuera cual fuese la cama, seguiría soñando los mismos sueños de una marcha forzosa de centenares de kilómetros sin las botas que le habían robado, sin sustento y sin agua. Oiría los gritos de los lugareños mientras ardían sus casas, los gritos de la castración y de ojos arrancados y contemplaría una y otra vez a Kokolios y Stamatis, el comunista y el monárquico, la viva imagen de Grecia misma, muriendo el uno en brazos del otro e implorándole que los dejara al pie del camino por miedo a que lo fusilaran a él. En su mente resonaba perpetuamente el himno del ELAS, un panegírico a la unidad, el heroísmo y el amor, y la amarga ironía de que le llamaran camarada cuando le azotaban la espalda y le apoyaban una pistola en la nuca en las falsas ejecuciones que a sus guardianes les resultaban tan graciosas.
En su mundo sin palabras, pensando en imágenes porque las palabras eran endebles y se alejaban de la verdad, el doctor Iannis se consolaba con Antonia del mismo modo que se había consolado con su hija tras la muerte de su joven esposa. Solía mecer a la niña en sus rodillas, arreglarle sus negros cabellos, hacerle cosquillas en las orejas, mirarla fijamente a sus ojos castaños como si aquello fuera la única forma de hablar, y a cada sonrisa de ella su corazón se llenaba de pena porque cuando fuera mayor perdería su inocencia y sabría que la tragedia desgasta los músculos faciales hasta que la sonrisa se torna imposible.
El doctor Iannis se dedicó de nuevo a la medicina, y ayudó a su hija en una inversión de sus anteriores papeles. A ella la alarmaba ver cómo le temblaban las manos cuando se ocupaba de heridas y llagas, y sabía también que él la ayudaba a pesar de su abrumador sentimiento de futilidad. ¿Para qué preservar la vida si todos hemos de morir, si la inmortalidad no existe y la salud es un efímero accidente de la juventud? Ella se maravillaba a veces del invencible poder de su impulso humanitario, un impulso tan inconcebiblemente valeroso, desesperado y quijotesco como el quehacer de Sísifo, un impulso tan noble e incomprensible como el que induce a un mártir a lanzar bendiciones mientras se consume en la pira. Por las tardes lo estrechaba entre sus brazos y lo abrazaba mientras él meditaba sobre su pasado, húmedos los ojos de tristeza, y hundía la cabeza en su pecho, sabedora de que la desesperación de él aligeraba la suya.
Procuró que continuara la redacción de su Historia, y cuando sacó los papeles del escondite y se los puso delante, él pareció dispuesto a trabajar. El doctor echó un vistazo a sus escritos, pero al cabo de una semana Pelagia comprobó que sólo había añadido un breve párrafo con una letra que había pasado de la antigua mano firme a un caos de oscilantes patas de araña y asaetadas ondas. Pelagia lo leyó y recordó algo que su padre le había dicho una vez a Antonio. Cruzando en diagonal el pie de la última página, su padre había escrito: «Antiguamente contábamos con los bárbaros; ahora, la culpa sólo es achacable a nosotros mismos.»
Durante su estancia en el escondite, Pelagia redescubrió el rifle de Mandras, la mandolina Antonia y los papeles de Carlo, que leyó de un tirón en una sola tarde, empezando por la desgarradora y profética carta de despedida y continuando por lo acaecido en Albania y la muerte de Francesco. No había imaginado que aquel simpático y viril Titán hubiera sufrido tanto por un infortunio secreto que le había condenado a ser un extraño para sí mismo. Pero al final comprendió el origen verdadero de toda su fortaleza y su sacrificio, y también comprendió que nada hay menos obvio en un hombre que lo que parece incuestionable. Vio que Carlo se había propuesto tanto perder la vida cuanto salvar la de Corelli, y se dio cuenta de que su propia hija adoptiva le habría inspirado a ella ese mismo inefable valor.