Con el corazón palpitándole, Pelagia echó a correr. Al doblar la curva del camino se detuvo y miró frenéticamente alrededor. «¡Antonio! -gritó-. ¡Antonio!» Pero nadie le respondió y ningún hombre fue hacia ella. Se había esfumado. Levantó las manos al cielo y las dejó caer de nuevo con gesto de desesperación. Siguió allí de pie dando voces hasta quedar exhausta. A la mañana siguiente encontró una solitaria rosa roja en el suelo, allí donde yacían los restos de Carlo Guercio.
El mismo fantasma apareció en el mismo lugar en 1947, y en años sucesivos, casi a la misma hora y en un día u otro del mes de octubre había una rosa. Fue por esto que Pelagia dedujo que Antonio había cumplido su promesa de volver y que era posible seguir queriendo incluso desde más allá de una tumba. Esto permitió a Pelagia vivir satisfecha, sabiendo que no había sido abandonaba ni repudiada, con la mente llena de fantasías en las que era deseada incluso pese a su condición de marchita solterona, y pensando que su muerte le devolvería todo cuanto le habían robado en vida.
65. 1953
Cuando Zeus quiso fijar la ubicación exacta del ombligo del mundo soltó dos águilas desde los perímetros más lejanos del mismo y tomó nota del punto en que el vuelo de ambas aves se cruzaba. Eso ocurrió en Delfos, y Grecia se convirtió en el sitio donde el este se separa del oeste, y el norte del sur, lugar de cita de culturas que se excluyen mutuamente y encrucijada de los rapiñadores ejércitos ambulantes del mundo.
Pelagia se había enorgullecido en tiempos de vivir supuestamente en el centro exacto, pero ahora renunciaba a ser griega, si acaso tal cosa era posible. Había visto con sus propios ojos el desdén con que la gente trataba a Drosoula sólo porque quedarse viuda era como dejar de existir. Por aquel meticuloso idealismo suyo de intentar curar a los enfermos se había ganado la reputación de bruja y, aún peor, la barbarie de la guerra civil había eliminado para siempre la fe helénica que su padre le había inculcado de pequeña. No podía seguir creyendo que fuera heredera de la más exquisita cultura de la historia; puede que la Grecia antigua hubiera estado en el mismo sitio que la moderna, pero el país no era el mismo, y la gente tampoco. Papandreu no era Pericles, seguro, y el rey difícilmente era Constantino.
Pelagia fingía para sus adentros ser italiana. Desde lejos le era más fácil sentirse parte de aquel país precisamente debido a la distancia, y el hecho de no haber estado nunca allí le ahorró comprobar que no estaba más poblado de mandolinistas liberales y tolerantes que la propia Grecia. «Al fin y al cabo -se decía-, iba a casarme con un italiano, sé hablar italiano y supongo que en Italia podría haber llegado a médico.»
En consecuencia, educó a Antonia en italiano, de modo que ésta aprendió el griego romaico de Drosoula pero no llegó a hablar katharevousa. Además, compró una radio a un hombre que se alegró de deshacerse del aparato casi por nada, ya que el sintonizador no funcionaba bien y sólo se sintonizaban emisoras italianas. Pelagia compró la radio en 1949, poco después de que la batalla de Vitsi pusiera punto final a la guerra civil, y la pudo escuchar en el aniversario de las masacres de octubre. Quería muchísimo a su radio, sacaba lustre al rasguñado barniz hasta hacerlo relucir y descuidaba sus obligaciones sentándose a escucharla durante horas, y no sólo a escucharla sino a contemplarla expectante como si de un momento a otro Antonio pudiera filtrarse como el humo por entre la malla metálica.
Detestaba abandonar su aparato y solía sentarse durante horas a oír disparates con la sola esperanza de escuchar Non ti scorda di me, Core'n grato, Parlami d'amore, o La donna è mobile. Pero lo que más ansiaba era sentirse transportada a los días de La Scala, al escuchar Torna a Surriento, la canción favorita del club y la que entonaban más veces, y entonces cerraba los ojos en un estado de feliz melancolía oyendo aquella tonada e imaginándose a los chicos junto al olivo, conscientes apenas del melodrama de sus gestos mientras cantaban a pleno pulmón los emocionantemente bellos mordentes y apoyaturas de la frase final, tras lo cual se sentaban en medio de un momentáneo silencio nostálgico para luego suspirar, menear la cabeza y enjugarse las lágrimas con la manga. Fue también gracias a la radio que Pelagia descubrió que había hermosas canciones para mujeres, y se ponía a cantar O mio babbino caro a viva voz mientras fregaba el suelo de rodillas, dotando a la melodía de microtonos orientales y aderezándola de ululatos, con lo que abjuraba del intento mismo de convertirse en italiana.
Prestaba también una atención especial al sonido de las mandolinas, y se recordaba a sí misma que un día tenía que rescatar la del capitán, todavía en el escondite. Una vez, volviendo de recoger bayas, habría podido jurar que oyó los compases finales de la «Marcha de Pelagia», pero comprendió que era imposible puesto que el capitán había muerto. Lo que pasaba era que aquel mundo disoluto disponía de otros músicos que podían ocupar su sitio. A menudo pensaba dónde habría muerto Corelli; seguramente en el mar, a bordo de aquel esquife, aunque tal vez en Anzio, en Italia, o en algún punto de La Línea Gótica. La llenaba de una absoluta aflicción el imaginarse su esqueleto palideciendo bajo tierra, inútiles e inmovilizados los músculos y tendones que habían producido aquella música. La tierra que lo cubría estaba tal vez tan silenciosa como la que contenía los cuerpos de los muertos en el monte bajo, o tal vez era una vía pública como la que ahora cubría la tumba de Carlo Guercio. A ella no le gustaba pasar por encima, y se burlaba de sí misma por el absurdo recato de temer que un muerto pudiera estar mirándole las faldas desde las profundidades.
Pero el suelo de Cefalonia no estaba inerte; era como el perro que ha dormido bajo la lluvia y se levanta para sacudirse las gotas.
Dicen que en épocas remotas todas las tierras eran una sola, y parece que los propios continentes profesan cierta nostalgia por aquel estado de cosas, del mismo modo que hay personas que dicen pertenecer al mundo y no a un país determinado, exigiendo así un pasaporte internacional y un derecho universal de residencia. Así, India empuja hacia el norte arrancando de cuajo el Himalaya, resuelta a no ser una isla sino a invadir Asia con su húmeda y tropical sensualidad. La península Arábiga inflige una astuta venganza sobre los otomanos apoyándose en Turquía con intención de hacerla caer al mar Negro. África, harta de que los blancos la consideren almizcleña, peligrosa, impenetrable y romántica, aprieta hacia el norte decidida a que Europa la mire por fin a la cara y admita de una vez que su civilización nació en Egipto. Sólo los americanos corren hacia poniente, tan resueltos a ser superiores y únicos que hasta han olvidado que el mundo es redondo y que por fuerza un día se encontrarán pegados prodigiosamente a China.
A posteriori todos se hacían cruces de no haberlo previsto, pero la última vez que había ocurrido tal cosa había sido no en Cefalonia sino en Leukos, en 1948, cuando Grecia estaba tan sumida en la barbarie que nadie más se había dado cuenta, y los signos y presagios de aquella mañana fueron considerados más extraños que portentosos.
Había terminado la guerra de Corea, aunque tropas francesas acababan de ser lanzadas en paracaídas sobre Indochina, y era un bonito 13 de agosto de 1953, próxima ya la festividad de la Asunción, tras la cosecha de la vid. Había una delgada calima y el cielo aparecía cubierto de nubes veteadas como estelas de vapor desplegadas en curiosos ángulos, como si fueran obra de un artista expresionista con alergia al orden y serias objeciones estéticas a la simetría y la forma. Drosoula había advertido un inexplicable y raro olor que impregnaba la tierra, y Pelagia había notado que el agua estaba en el nivel más alto del pozo, pese a que no había llovido. Sin embargo, al regresar allí con el balde no había encontrado rastro de líquido. El doctor Iannis, que había estado apretando los diminutos tornillos de sus gafas, descubrió asombrado que se le pegaban al destornillador con increíble fuerza magnética. Antonia, de ocho años pero alta como una niña de doce, al agacharse a recoger una hoja de papel, ésta revoloteó y se le quedó pegada a la mano. «Soy bruja, soy bruja», exclamó, dando saltos, y al salir de la casa vio que un puerco espín con dos crías abandonaba a toda prisa el patio y que un búho igualmente nocturno la inspeccionaba desde una rama baja del olivo, flanqueado por varias hileras de las nuevas gallinas de Pelagia que descansaban en sus perchas, ajenas a todo con la cabeza bajo el ala. Si Antonia hubiese mirado, habría visto que ningún pájaro volaba en el cielo, y si hubiera bajado a la playa habría visto platijas nadando cerca de la superficie, y a los otros peces saltando como si de pronto quisieran ser pájaros y nadar en el aire, mientras muchos otros se convertían en tortugas y morían en tierra.