Pero Pelagia no aceptaba tales razonamientos. Sabía que en el momento de la catástrofe no había pensado en otra cosa que en salvarse ella, y sabía que al ver caer a su padre ella debió haber intentado, aun a costa de su propia vida, arrastrarlo hacia la puerta antes de que el techo cediera. Una vez y otra reproducía mentalmente la manera en que se había sentido tan impotente como una mosca en un huracán, el modo en que toda idea racional había sido expulsada de su pensamiento, el modo en que el vínculo de la sangre y el cariño había quedado anulado por los espantosos rugidos y brincos del suelo. Pero era en vano. Por más explicaciones y excusas que buscara, había un hecho irrefutable: había abandonado a su padre en la hora del máximo peligro; él la había salvado sacudiéndola de su abstracción, y ella lo había dejado morir. No era el quid pro quo de una hija cariñosa y obediente.
Pelagia desembocó en un laberinto de autorrecriminación y remordimiento. Descuidó su aspecto externo y sus tareas domésticas, prefiriendo sentarse junto a la tumba de su padre y vigilar la llama eterna que ella atendía en un farol de cristal rojo, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar y deseando poder hablar con él. Podría haberlo hecho a través de la losa de mármol negro con su vieja pero sonriente fotografía, pero se sentía indigna de dirigirle la palabra. Con el cabello entrecano en desorden y la cara descolorida, se quedaba allí como si esperara que el espectro de su padre se alzara de la tierra y la cubriera de reproches. Cuando en enero soplaba un levante horrible o arreciaba la tormenta, ella se tocaba la cabeza con su chal negro, se levantaba de su silla junto al hornillo y agachaba la cabeza para enfrentarse a los elementos, cuesta arriba en un peregrinaje repetido hasta a la saciedad, obsesionada por la idea de que la llama no se extinguiera. Arrodillada entre los susurros del viento, inclinada sobre su farol para protegerlo de la lluvia, calentándose las temblorosas manos en el cristal, Pelagia transformaba su vida en una larguísima penitencia, una prolija disculpa. En aquellos días era capaz de creer que Dios se había llevado a Antonio porque en su divina presciencia había sabido siempre que ella iba a fallarle a su padre, concibiendo al primero como su castigo, y previendo al segundo como su pecado. Drosoula perdió la cuenta de las veces que ella y Antonia habían tenido que subir hasta el cementerio para llevarse a Pelagia, atormentada y suplicante, las manos temblando y las piernas aparentemente desgonzadas por las rodillas.
Un día, Antonia y Drosoula no pudieron más. Su compasión había ido tornándose en ira y fastidio, y la vieja y la muchacha conspiraron para devolverle el juicio.
– El problema -decía Drosoula- es que durante la guerra perdió a alguien que quería mucho, y esta muerte de ahora ha sido la gota que ha colmado el vaso.
– ¿Es el fantasma del que habla siempre?
– Sí. Se llamaba Corelli, era músico.
– ¿Tú crees que lo ve de verdad, o dirías que se ha vuelto loca?
– Antes no estaba loca. Los fantasmas pueden aparecerse a quien les dé la gana, pero los demás no los ven. Lo que le ha aflojado los tornillos es la muerte del abuelo.
La niña se estremeció.
– Pobre abuelo.
– Había pensado pedirle consejo al cura -dijo Drosoula.
– Pero si también está loco desde lo del terremoto. ¿Y si nos disfrazamos de fantasma del abuelo y vamos a decirle que no fue culpa suya?
– La idea es buena -dijo Drosoula enarcando una ceja-, pero Pelagia no es tonta, por más loca que pueda estar. No es fácil hacer de fantasma, sabes. Yo soy demasiado alta y tú demasiado baja, y no tenemos ni idea de hablar como lo hacía él; todas esas palabras que ocupan tres páginas enteras si las escribes, y esas frases que podrían llenar un libro de la primera a la última página, y recuerda que eso aún podría empeorar las cosas.
– ¿Por qué no la atamos a la cama y le damos una paliza?
Drosoula suspiró con ansia al evocar aquella agradable imagen, y se preguntó si la cosa funcionaría. En los viejos tiempos, incluso de niña en Turquía, solían curar a los dementes a base de palizas hasta que les daba miedo seguir estando locos. Había funcionado entonces, pero no había modo de saber cuánto había cambiado la naturaleza humana en aquellos años. Sospechaba que de todos modos la locura de Pelagia tenía algo de autocomplacencia, una suerte de egomanía masoquista, y que una paliza podía resultarle algo merecido antes que disuasorio. Tomó las manos de la niña entre las suyas, la besó en la coronilla y se le iluminaron los ojos.
– Tengo una idea -dijo.
Así pues, mientras desayunaban a la mañana siguiente, Antonia proclamó de súbito:
– Esta noche he soñado con el abuelo.
– Qué curioso -dijo Drosoula-. Yo también.
Miraron a Pelagia esperando alguna reacción, pero ella siguió desmenuzando un trozo de pan.
– Me decía que se alegraba de haber muerto -prosiguió Antonia-, porque ahora puede estar con la madre de mamá.
– Pues a mí no me dijo eso -replicó Drosoula, a lo que Pelagia preguntó:
– ¿Por qué habláis como si yo no estuviera?
– Porque no estás -observó brutalmente Drosoula-. Hace mucho tiempo que no estás aquí.
– ¿Qué te dijo, entonces? -preguntó Antonia.
– Que quiere que tu mamá escriba la Historia de Cefalonia que quedó sepultada durante el terremoto. Que la termine por él. Dijo que saber perdidos sus escritos le quita toda la gracia al hecho de estar muerto.
Pelagia las miró con suspicacia, pero las otras dos la ignoraron. Antonia estaba descubriendo que aquella comedia podía resultar muy divertida:
– Yo no sabía que estaba escribiendo una historia.
– Por supuesto que la escribía. Para él era más importante que ser médico.
Antonia se volvió hacia Pelagia y le preguntó con toda inocencia:
– Entonces ¿la vas a escribir?
– No sé por qué le preguntas -dijo Drosoula-. Está en la luna.
– Estoy aquí -protestó Pelagia.
– Bienvenida, mujer -dijo sarcásticamente Drosoula.
Pelagia volvió al cementerio y repuso aceite en la lámpara. Mirando la inscripción («Padre y abuelo querido, esposo fiel, amigo de los pobres, sanador de seres vivos, infinitamente instruido y valeroso») se le ocurrió que había un modo de mantener viva su llama, incluso si todo aquello de los sueños era pura patraña. Fue hasta Argostolion viajando de balde en una carreta de mulos y regresó con unas plumas y un buen fajo de papel de escribir.
Fue sorprendentemente fácil. Había leído tantas veces el manuscrito que aquellas viejas frases entraban a raudales por la ventana y la puerta de la cocina, se hacían oír de forma inaudible y fluían por su brazo y mano derechos para emerger por la punta de la estilográfica y llenar una hoja tras otra: «La semiolvidada isla de Cefalonia surge impróvida e impremeditadamente del mar Jónico. Es una isla tan antigua que hasta las mismas rocas exhalan un aire de nostalgia, y la tierra rojiza yace estupefacta no sólo a causa del sol sino del insoportable peso de la memoria…»
Drosoula y Antonia espiaron a Pelagia sentada a su mesa como una colegiala, tocándose los dientes con su pluma y mirando de vez en cuando por la ventana con aire abstraído. Las conspiradoras se escabulleron a una distancia prudencial, se abrazaron y bailaron de júbilo.
Pelagia se convirtió casi en su padre. Como en la época de su zozobra, y tal como había hecho a lo largo de su vida, se desentendía prácticamente de la casa dejando todo el trabajo a las otras dos. De los escasos recuerdos de su padre sacados de las ruinas quedaba su pipa, y Pelagia se la colgaba de los dientes como hacía él, inhalando los difuminados vestigios de alquitranada picadura y marcando la embocadura con las muescas de sus dientes, que se superponían a las de su padre. No encendía la pipa sino que la tenía por un instrumento de su médium, de forma que las palabras parecían fluir ahora de la vacía cazoleta directamente hacia su cerebro. Poco a poco empezó a añadir un toque femenino a las preocupaciones masculinas del texto, aportando detalles acerca de la manera de vestir y las técnicas para cocer el pan en el horno comunitario, de la importancia económica del trabajo infantil y del cruel pero tradicional desprecio hacia las viudas. A medida que escribía, descubrió que sus propias pasiones superaban las de su padre, pasiones cuya existencia no había sospechado previamente, y sobre la página se cernieron atronadoras condenas y ácidos veredictos que excedían en malignidad a los del doctor.