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El tiempo nos salvó de la manera más curiosa. Estábamos ya preparados con mucha antelación, y abandonamos a rastras nuestras líneas a las diez de la noche. Al cruzar la frontera nos pusimos los uniformes británicos como rezaban las instrucciones y luego ganamos el siguiente valle tras haber subido la escarpa. En ese momento Francesco y yo estábamos metidos en un torbellino de estados de ánimo contrapuestos.

No creo que una persona que no haya conocido la acción pueda comprender realmente el intríngulis de lo que cruza por la cabeza de un soldado a la hora del combate, pero intentaré explicarlo. En el presente caso, ambos estábamos orgullosos de haber sido elegidos para una misión militar de categoría. Nos hacía sentir especiales y muy importantes. Pero nunca habíamos hecho algo parecido y, por tanto, estábamos muy asustados, no sólo por miedo al peligro físico sino a la gran responsabilidad que teníamos y a la posibilidad de meter la pata. Para ocultar nuestro miedo no parábamos de contarnos chistes tontos. El soldado siempre tiene otro miedo, a saber, que sus superiores saben más que él y que él no sabe lo que en realidad está pasando. Sabe que puede darse el caso de que el alto mando lo sacrifique por un interés mayor sin informarle de ello, y eso le vuelve despreciativo y receloso con la autoridad. Y, además, aumenta su miedo.

La incertidumbre le vuelve supersticioso, y el soldado empieza a santiguarse continuamente o a besar su amuleto de la suerte o a ponerse el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la pechera a fin de desviar las balas. Francesco y yo adoptamos la superstición de que ninguno de los dos debía emplear la palabra «ciertamente». No la pronunciamos ni una sola vez durante aquella misión ni después. A lo largo de la guerra, Francesco sintió una necesidad constante de confiarse a su ratón y solía mecerlo en sus manos y decirle tonterías mientras los demás encendíamos cigarrillo tras cigarrillo, nos paseábamos con nerviosismo, mirábamos gastadas fotografías de nuestros seres queridos, o salíamos disparados a las letrinas cada cinco minutos.

Descubrimos que existe también una violenta excitación una vez la tensión de la espera concluye, y que en ocasiones esta excitación se transforma en una suerte de loco sadismo cuando comienza la acción. No siempre puede culparse a los soldados de sus atrocidades; yo puedo decirles por experiencia que éstas son consecuencia natural del infinito alivio que sobreviene al no tener que pensar ya más. A veces, las atrocidades no son sino la venganza de los torturados. La palabra que buscaba es catarsis. Una palabra griega.

Tendido entre matorrales frente a aquella atalaya nocturna sentía a mi lado la presencia de Francesco, y supe que Fedro tenía razón al creer que un amante es más valeroso si tiene a su vera al amado. Yo quería proteger a Francesco y demostrarle que era un hombre: Mi amor por él aumentaba con la idea de que muy pronto una bala podía separarnos para siempre.

Fue poco antes de la medianoche, los búhos chillaban, y a lo lejos oí el dulce sonsonete de las esquilas. Hacía un frío intenso y por el norte se había levantado un viento helado. Teníamos muchos nombres para ese viento, pero el más apropiado era probablemente «encoge-huevos».

Eran las doce cuando Francesco miró su reloj y dijo:

– No aguanto más. Se me duermen los dedos, tengo los pies congelados y te juro que va a llover. Por el amor de Dios, acabemos con esto de una vez.

– No podemos -dije-. Tenemos orden de no atacar hasta las dos en punto.

– Venga ya, Carlo, ¿qué más da? Atacamos ahora y nos largamos a casa. Mario está hasta los huevos y yo también.

– Tu casa está en Génova, Francesco. No puedes irte allí. Verás, es un asunto de disciplina.

Perdí la discusión porque en realidad estaba de acuerdo con Francesco y no quería morirme de asco en aquel sitio dejado de la mano de Dios sólo porque habíamos llegado temprano por mor de la eficiencia y el entusiasmo.

Según las órdenes debíamos usar la ametralladora contra los bandidos, pero de noche y con aquella temperatura letal no parecía muy buena idea. La ametralladora estaba tan fría que te dolían los dedos sólo de tocarla y, además, no estábamos seguros de poder manejarla a oscuras. Decidimos acercarnos furtivamente a la atalaya.

Arriba había una farola, y nos sorprendió comprobar que eran al menos diez hombres. Nosotros habíamos esperado como mucho tres. Vimos también que había cuatro ametralladoras apoyadas en las barandillas exteriores. Francesco musitó.

– ¿Por qué nos han mandado sólo a nosotros dos? Si les disparamos, nos dejan fritos. Te lo digo yo, aquí hay gato encerrado. ¿Desde cuándo tienen ametralladoras los bandidos?

De la torre se oían cánticos; daba la impresión de que estaban un poco borrachos. Eso me animó a acercarme un poco más para hacer un reconocimiento; las piñas me arañaban las manos y las rocas puntiagudas parecían querer hincarse en mis huesos. Descubrí un gran montón de leña y un barril de queroseno bajo la torre, a resguardo de la lluvia. Todas las torres de vigilancia tenían estufas de leña y lámparas de petróleo y, por supuesto, las provisiones siempre se guardaban debajo.

De ahí que Francesco y yo no sólo empezásemos el ataque dos horas antes de lo previsto, sino que lo hiciésemos volcando el barril y prendiéndole fuego. La torre ardió como una antorcha y la llenamos de balas de ametralladora casi directamente desde abajo. No dejamos de hacer fuego hasta que vaciamos toda una cinta. Si hubo gritos no conseguimos oírlos. Sólo éramos conscientes de lo brincos que daba el arma, del rechinar de nuestros dientes y de la horrible locura de una acción desesperada.

Cuando se acabó la cinta de la ametralladora se produjo un silencio espeluznante. Nos miramos y sonreímos. La sonrisa de Francesco fue débil y apenada, y creo que la mía también. Era nuestra primera atrocidad. No tuvimos sensación de triunfo. Nos sentíamos exhaustos y corruptos.

Fue Francesco el que tropezó con el cadáver del capitán Roatta de los bersaglieri, que había caído por la barandilla de la torre y se había partido el cuello. El cuerpo yacía hecho un guiñapo, con los brazos y piernas extendidos, como si jamás hubiera albergado un ser vivo. Fue Francesco quien encontró las órdenes por las que el capitán había cogido nueve hombres para subir a la atalaya anticipándose a un ataque del ejército griego, que los servicios de inteligencia esperaban para las dos horas en punto.

Francesco se sentó a mi lado junto al cadáver y miró las estrellas.

– Estos uniformes no son británicos -dijo al fin-. Los griegos llevan el mismo uniforme que los británicos, ¿verdad?

– Se suponía que debían matarnos -dije yo, mirando también a las estrellas-. Por eso nos dijeron que no llevásemos chapa de identificación. Somos griegos que atacan al ejército italiano, y se supone que hemos muerto. Por eso nos mandaron sólo a nosotros dos, así se aseguraban de que no podíamos ganar.

Francesco se puso lentamente en pie. Levantó las manos en un leve ademán de angustia y después las dejó caer a los costados.

– Parece -dijo amargamente- que algún hijo de puta está intentando provocar una pequeña guerra con Grecia.

11. PELAGIA Y MANDRAS

PELAGIA (sentada en el retrete después de desayunar): Qué bien que el que construyó esto dejara una abertura en la parte superior de la puerta. Podría estarme horas y horas contemplando las nubes sobre la cima de la montaña. Me pregunto de dónde saldrán. Quiero decir, ya sé que es vapor de agua, pero da la impresión de que surgen de la nada y se agrupan así, de repente. Es como si cada gota tuviera un secreto que compartir con sus hermanas, y es así como las gotas se elevan del mar, se apiñan unas con otras y se dejan llevar por la brisa, y las nubes cambian de forma a medida que las gotas corren de un confidente a otro, susurrando por ejemplo: «Veo a Pelagia ahí abajo, sentada en el retrete, pero ni se imagina que estamos hablando de ella.» Y dicen: «He visto a Pelagia y a Mandras besándose. ¿Cómo acabará esto? Ella se ruborizaría si lo supiera.» Oh, me he ruborizado. Soy una tonta. ¿Y por qué las nubes van más lentas que el viento que las impulsa? ¿Por qué a veces el viento sopla hacia un lado y las nubes van hacia el otro? ¿Tendrá razón mi padre cuando dice que hay varias capas distintas de viento, o es que las nubes tienen algún sistema para viajar en dirección contraria? He de cortar unos cuantos trapos más, tengo dolores en el vientre y la espalda, ya me toca. Anoche había luna nueva, y eso significa que ya es el momento. Mi tía dice que lo único bueno de estar embarazada es que no has de preocuparte por sangrar. Pobrecita Chrysoula, pobre criatura, qué cosa tan terrible. Papá viene tarde por la noche, temblando de ira y zozobra, todo porque Chrysoula cumplió catorce años y nadie le había dicho que un día iba a sangrar; ella está horrorizada, cree que tiene alguna enfermedad secreta, repugnante, y no puede decírselo a nadie y toma veneno para ratas. Y papá se enfada tanto que coge a la madre de Chrysoula por el cuello y la sacude como un perro sacude a un conejo, y el padre de Chrysoula se marcha con los chicos como de costumbre y llega a casa borracho como si nada hubiera ocurrido, y debajo de la cama de Chrysoula hay un montón de papeles grueso como una Biblia, llenos de oraciones que le reza a san Gerasimos para que la cure, y las oraciones son tan tristes y desesperadas que te dan ganas de llorar. Bueno, no puedo pasarme aquí todo el santo día pensando en las nubes y en la menstruación; además, empieza a hacer un calor de mil demonios y el pestazo será insoportable. Pero voy a quedarme un rato más, porque papá aún tardará unos diez minutos en volver de desayunar, y lo importante es que cuando llegue me vea atareada. Supongo que tuvieron que dejar una abertura en lo alto de la puerta, si no aquí dentro estaría totalmente a oscuras.