Vivimos en perpetuo ofuscamiento. La nieve lo ha vuelto todo irreconocible, de modo que nunca sabemos dónde estamos. ¿Es ésta la escarpa que nos han ordenado tomar? ¿Eso que hay en el fondo del valle es un arroyo, como a dos metros por debajo del reluciente manto blanco? ¿Qué montaña es esa? Que alguien arranque de ahí esas nubes, por el amor de Dios, a ver si lo averiguamos. Esto que estamos cruzando a trancas y barrancas, ¿es una carretera o un río? Tranquilos, lo sabremos cuando lleguemos a la fuente. Tranquilos. Con un poco de suerte, si nos equivocamos puede que nos capturen. Avisar por radio al cuartel general que hemos tomado el objetivo; no sé en qué sitio estamos, pero es tan bueno como cualquier otro. ¿Qué más da? «Al habla el cuartel general, señor. Quieren las coordenadas en el mapa.» «Dile que me den un mapa que se corresponda con algo tangible y les daré esas coordenadas. No, diles que la radio está estropeada.» «Sí, señor». «¿Qué está haciendo ahora, cabo?» «Meando encima del casco para que no brille, señor. Camuflaje, señor. Primero meas encima y luego lo frotas con barro.»
Los griegos avanzan sobre Tepeleni y los de la Julia vamos a apoyar al XI Ejército. Nos adjudican nueve mil reservistas sin instrucción para hacer bulto y doscientos oficiales sin experiencia, más unos cuantos oficiales retirados que no recuerdan las tácticas y no comprenden el funcionamiento de sus armas. Estos veteranos trepan como pueden por los taludes y mueren como los demás, tosiendo hasta diñarla, boca abajo en el barro y con burbujas rojas helándose en sus labios. Los griegos son fanáticos pero fríos, fieros pero resueltos como los que más. Toman el Golico y el monte Scialesit, pero logramos detenerlos antes de que puedan cercar Tepeleni. Viene el Duce a visitarnos y es recibido con la aclamación que han exigido de nosotros. Yo me quedo al lado de Francesco y no voy a vitorearle. Acaba de iniciarse una ofensiva que tiene por único objeto organizar un espectáculo para el Duce, que se queda en Komarit para emperejilarse mientras contempla cómo sus soldados son enviados, oleada tras oleada, a una muerte segura. La vanidad es la madre de la perdición, signor Duce.
Francesco escribe una carta para que yo se la entregue a su madre en caso de que él muera, creyendo que los censores no la dejarán pasar si la envío por correo militar:
Querida madre:
Esta carta te llega de manos de Carlo Guercio, un buen amigo mío y viejo camarada que ha cruzado conmigo las puertas del infierno. No te asustes: es muy grande, pero es un hombre bueno y afable. Sus bromas me han hecho reír en momentos difíciles, su mano me ha confortado cuando tenía miedo y sus brazos me han transportado cuando estaba exhausto. Me gustaría que lo considerases como hijo tuyo para que no creas que todo se ha perdido. Es una persona leal y sincera, nunca ha existido hombre más excelente, y será para ti mejor hijo de lo que yo fui.
Querida madre, vine a esta guerra en estado de inocencia y la dejo tan agotado que me alegro de morir. Después de ésta, no creo que pueda hablarse de otra vida. He llegado a la conclusión de que Dios no hizo de este mundo un jardín, que los ángeles no cuidan de él y que el cuerpo puede ser negado. Tengo la sensación de estar muerto desde hace meses, pero mi alma aún ha de encontrar el momento de partir. Un beso para ti y para cada una de mis hermanas, os quiero con toda mi alma. Di a mi esposa que pienso siempre en ella y que la llevo en mi corazón como una llama inextinguible. No te desanimes. Francesco.
Ah, la de cosas que no le cuento a la madre de Francesco aquel melancólico día de un mes de abril en que le entrego la carta.
18. LAS CONTINUAS FATIGAS LITERARIAS DEL DOCTOR IANNIS
El doctor Iannis se sentó a su escritorio y fijó la mirada en la montaña. Golpeó suavemente con la pluma la superficie descolorida de la mesa y consideró que había llegado el momento de llenar su mochila y hacer una visita a Alekos y su rebaño de cabras. Se maldijo a sí mismo. Se suponía que estaba escribiendo sobre la ocupación de la isla por los venecianos, y sin embargo se dedicaba a pensar en cabras. Parecía llevar en su interior un demonio que conspiraba para impedirle concluir sus tareas literarias y que llenaba su vida y su cabeza de distracciones. El demonio trastocó sus reflexiones con preguntas intrascendentes: ¿por qué rehusaban las cabras comer de un balde puesto en el suelo y en cambio se alimentaban alegremente de plantas que crecían de la tierra misma? ¿Por qué había que colgar el balde de una argolla? ¿Por qué les crecían tanto las pezuñas en primavera y había que recortárselas? ¿Por qué introdujo la naturaleza tan curioso defecto de diseño? ¿Cuándo una cabra no era oveja, y viceversa? ¿Por qué eran unos animales tan sensibles y, al mismo tiempo, tan ilimitadamente estúpidos, como los artistas y los poetas? En fin, el mero hecho de pensar en subir al monte Amos para examinar las cabras de Alekos le hizo sentir las piernas cansadas antes de dar el primer paso.
Cogió la pluma y le vino a la cabeza un verso de Homero: «Nada hay tan bonito como cuando marido y mujer en su hogar viven juntos en armonía de pensamiento y temperamento.» Pero a qué venía eso? ¿Qué tenía que ver con los venecianos? Meditó un momento sobre la adorable esposa que tan cruelmente había perdido y luego se encontró pensando en Pelagia y Mandras.
Desde la brusca partida del muchacho, Pelagia había pasado por una serie de estados anímicos que a él le parecían totalmente nocivos y preocupantes. Al principio su hija había sido presa del pánico y la ansiedad, y a continuación del llanto. Las tempestades dieron paso a días de siniestra y tensa calma, cuando solía sentarse junto a la tapia como si esperase verle llegar por el recodo del camino donde había sido herido por Velisarios. Aun en los días más fríos se la veía allí con Psipsina acurrucada en su regazo, acariciando las blandas orejas de la marta. En una ocasión había llegado a quedarse embobada en plena nevada. Más adelante le había dado por permanecer en silencio en presencia de él, inmóviles las manos sobre el regazo mientras las lágrimas le resbalaban mejilla abajo. Y de repente experimentaba un compulsivo optimismo y se ponía a trabajar con furia en un cubrecama que estaba haciendo para cuando se casara, y luego, con igual brusquedad, se ponía en pie de un salto, arrojaba al suelo su labor, la pateaba y empezaba a desmontarla con una ferocidad rayana en la violencia.
A medida que pasaban los días se hizo evidente que Mandras no sólo no había escrito sino que nunca lo haría. El doctor observó el rostro de su hija y se dio cuenta de que cada vez estaba más amargada, como si creciera en ella la certeza de que Mandras no podía amarla. Se permitió a sí misma encerrarse en la apatía, y el doctor diagnosticó los síntomas típicos de la depresión. Rompió una costumbre de toda la vida y empezó a hacer que le acompañara en sus visitas médicas, pero un momento charlaba con él animadamente y al siguiente se sumía en un profundo silencio. «La infelicidad se disimula con el sueño», se dijo, y la hacía acostarse temprano y la dejaba dormir hasta bien entrada la mañana. Solía encargarle recados imposibles en lugares impracticablemente lejanos con el fin de que el agotamiento físico sirviera de profiláctico contra el inevitable insomnio de los jóvenes y los desdichados, y se esmeró en contarle las historias más graciosas que de sus años de escuchar a charlatanes en la kapheneia o en las salas de oficiales dejos barcos. Fue lo bastante astuto para darse cuenta de que el estado anímico de Pelagia era tal que ella consideraba lógico, y a la vez casi un deber, el mostrarse triste, pasiva y distante; así, insistió no sólo en hacerla reír contra su voluntad sino también en provocarle algunos accesos de ira. El doctor perseveraba en llevarse el aceite de oliva de la cocina para curar casos de eczema, y deliberadamente olvidaba reponerlo, considerándolo un triunfo de la psicología cuando ella se abalanzaba exasperada sobre él con los puños cerrados y él tenía que contenerla sujetándola de los hombros.