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– Mire, no puede quedarse aquí -dijo Pelagia, añadiendo como si se disculpara-: Estoy sola.

Aquel salvaje hizo caso omiso y continuó:

– Vi a mi padre, mi difunto padre, y estaba aprisionado por el hielo y sus ojos me miraban y tenía la boca abierta y yo arremetí con mi bayoneta. Para sacarle de allí. Y una vez fuera, resulta que no era él. No sé quién era aquel hombre, el hielo me engañó, comprendes. Sé que nunca volveré a tener calor, nunca. -Se abrazó con los brazos y empezó a estremecerse con brusquedad-. Pathemata mathemata, pathemata mathemata; se aprende con el sufrimiento, ¿no es así? No te expongas al frío, no te expongas al frío…

El desconcierto de Pelagia iba trocándose en ansiedad aguda mientras se preguntaba qué demonios estaba haciendo allí en la cocina con un vagabundo loco y pestilente. Pensó en dejarlo y correr en busca de Stamatis o Kokolios, pero se detuvo en seco al pensar en lo que podía hacer o robar aquel hombre en su ausencia.

– Váyase, por favor -rogó-, mi padre volverá mañana, él le… -Hizo una pausa, horrorizada ante la cantidad de cuidados médicos que requeriría- mirará los pies.

El hombre reaccionó a sus palabras por primera vez:

– No puedo andar. He venido andando desde el Epiro. Sin botas.

Psipsina entró en el cuarto y olisqueó el aire haciendo bailar los bigotes a medida que obtenía muestras de aquel olor fuerte y nada familiar. Correteó con su estilo fluido y elíptico y subió a la mesa de un salto. Se acercó al hombre neolítico y hurgó en los restos de un bolsillo, emergiendo de él triunfante con un trozo de queso blanco que devoró con fruición. Luego volvió al bolsillo pero sólo encontró un cigarrillo roto, que desechó.

El hombre esbozó una sonrisa dejando al descubierto dientes de oro pero encías sangrantes. Acarició la cabeza del animal.

– Bueno -dijo-, por fin me reconoce Psipsina. -Empezó a llorar en silencio-. Sigue oliendo muy bien.

Pelagia estaba pasmada. A Psipsina le daban miedo los desconocidos, y cómo ese espectro humano sabía su nombre? ¿Quién se lo había dicho? Se secó las manos en el delantal, desconcertada, y luego dijo:

– ¿Mandras?

El hombre volvió la cabeza hacia ella y repuso:

– No me toques, Pelagia. Tengo piojos. Y apesto. Y me cagué encima cuando una bomba estalló a mi lado. No sabía qué hacer y he venido primero aquí. Todo el tiempo he sabido que tenía que venir primero aquí, eso es todo, y estoy cansado y apesto. ¿Tienes café?

Pelagia se quedó en blanco, descentrada por un batiburrillo de emociones: desesperación, insoportable nerviosismo, culpa, piedad, revulsión. El corazón parecía salírsele del pecho. Dejó caer las manos a los costados. Por encima de todo, se sentía impotente. Resultaba impensable que aquel fantasma desconsolado pudiera encerrar el cuerpo y el alma del hombre al que tanto había amado, deseado y echado de menos y, al final, rechazado.

– No me has escrito -le dijo impulsivamente, pues era la acusación que la había reconcomido desde el momento de su partida, la acusación que había acabado convirtiéndose en el colérico y resentido monstruo que le había roído las entrañas de su adoración por él, dejándola vacía.

Mandras levantó cansinamente la vista y dijo, como si fuera él quien se compadecía de ella:

– No sé escribir.

Por algún motivo que ella no comprendió, Pelagia sintió más repugnancia por esa confesión que por su olor nauseabundo. ¿Acaso se había prometido a un analfabeto sin saberlo siquiera? Por decir algo, preguntó:

– ¿No podía haber escrito alguien por ti? Creí que habías muerto. Creí que… no me querías.

Mandras la miró con infinita fatiga y meneó la cabeza. Trató de mantener su taza en equilibrio para beber, pero no pudo y la dejó sobre la mesa.

– No podía dictarle a un compañero. ¿Cómo iba a dejar que todos lo supieran? ¿Cómo iba a permitir que todos hablaran de mis sentimientos? -Meneó una vez más la cabeza e intentó fútilmente beber otro sorbo de café, que se le escurrió por la barba. Volvió a alzar la vista para que al fin ella reconociera sus ojos-: Pelagia, he recibido todas tus cartas. No las pude leer pero las tengo todas. -Hurgó entre sus harapos y extrajo un enorme y manchado paquete atado con cable-. Las llevaba encima para que me dieran calor, sabiendo que tú estabas en ellas. He pensado que podrías leérmelas. Léemelas, Pelagia, para saber todo lo que dicen. -Y añadió con resignación más que con patetismo consciente-: Aunque sea demasiado tarde.

Pelagia estaba horrorizada. Mandras se daría cuenta de la progresiva disminución de su cariño, la mayor concentración en trivialidades a medida que avanzaba la fecha de las misivas. Lo percibiría con mayor claridad que si las hubiera leído en meses sucesivos.

– Luego -dijo ella.

Mandras suspiró pesadamente y acarició las orejas de Psipsina, hablando más para la marta que para su novia:

– Te llevaba aquí dentro. -Se golpeó el pecho con el puño-. Día tras día, todo el rato, pensaba en ti, hablaba contigo. Pude seguir adelante gracias a ti. No fui un cobarde gracias a ti. Las bombas, los obuses, el hielo, los ataques nocturnos, los cadáveres, los amigos que he perdido. Te tenía a ti en lugar de a la Virgen, hasta te rezaba. Te tenía siempre presente, cantando en el patio, y te veía en la fiesta cuando te enganché las faldas al banco y te pedí que te casaras conmigo. Podría haber muerto un millar de veces, pero te tenía frente a mis ojos como si fueras una cruz, un crucifijo por Pascua, un icono, y jamás olvidé nada, recordaba segundo a segundo. Y ardía en mi corazón, ardía incluso nevando, me daba fuerzas y valor, luché más por ti que por Grecia. Sí, más que por Grecia. Y cuando aparecieron los alemanes yo atravesé las líneas, y no podía pensar en otra cosa que en Pelagia, he de llegar a casa de Pelagia… -Su cuerpo se estremeció de nuevo, y de pronto rompió a llorar-. Y ahora sólo me conocen las bestias…

Para confusión e inquietud de Pelagia, Mandras se ocultó la cara entre las manos y empezó a mecerse como un niño ofendido. Ella se acercó por detrás y le puso las manos en los hombros, dándole un ligero masaje con los dedos. Todo era hueso donde antes había sido carne prístina, deseable, perfecta. Y en efecto tenía piojos.

21. EL PRIMER PACIENTE DE PELAGIA

La madre de Mandras era una de esas criaturas que deja perplejo, más fea que la mítica esposa de Antiphates, de quien el poeta escribió «era una mujer monstruosa cuyo aspecto dejaba a los hombres totalmente horrorizados», y aun así se había casado con un hombre excelente, parido un hijo y ganado el cariño de todos. Decían algunos que había prosperado valiéndose de brujerías, pero lo cierto es que se trataba de una persona afable y de buena familia a quien el destino había privado de un pretexto para ser vanidosa en su juventud, y en consecuencia no se había amargado a medida que crecían sus dimensiones y su pilosidad. Kyria Drosoula descendía de una familia de «ghiaourtovaptismenoi» (los bautizados con yogurt), es decir que su familia había sido expulsada de territorio turco con nada que llevarse aparte de unos sacos con los huesos de sus antepasados.

Por el pacto de Lausana, cerca de medio millón de musulmanes fueron trasladados a Turquía a cambio de más de un millón de griegos, una muestra de limpieza étnica que, aunque necesaria para impedir futuras guerras, había traído un profundo legado de acritud. Drosoula sólo había aprendido a hablar turco, y ella y su madre habían sido rotundamente desdeñadas por los griegos antiguos a la par que lloraban con nostalgia por su perdida tierra natal. La madre de Drosoula sepultó los huesos de su padre y su marido y, temiendo quedar en ridículo por su acento de Pontos, decidió volverse muda, dejando toda la responsabilidad a su hija de quince años, la cual, en el espacio de tres años, había aprendido el dialecto cefalonio y se había casado con un pescador astuto que sabía reconocer a una esposa fiel. Como tantos otros isleños amantes de los remos, había perdido la vida en un ventarrón que se desató repentinamente por levante. Dejaba un hijo varón a cargo del negocio y una viuda formidable que a veces soñaba en turco pero ya no se acordaba de hablarlo.