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Durante la ausencia de Mandras, Pelagia había ido casi cada día a casa de Kyria Drosoula, fascinada por sus historias sobre la imperial Bizancio y la vida en el mar Negro entre los infieles, y en aquella pequeña y deslucida pero inmaculada casa junto al muelle se habían consolado la una a la otra mediante palabras que, aun siendo pronunciadas con sentimiento, se habían convertido ya en frases hechas en cualquier hogar de Europa. Mientras el mar siempre cambiante besaba las piedras del exterior, habían llorado abrazadas la una a la otra, repitiéndose que Mandras seguramente estaba bien, porque de lo contrario se habrían enterado. Ensayaron la eventualidad de tener que darle a un italiano con una pala en la cabeza y rieron con timidez algunos de los chistes asombrosamente obscenos que los muchachos musulmanes le habían contado a Drosoula en Turquía.

Hacia aquella admirable e hirsuta amazona corrió Pelagia dejando a su novio en la cocina, perdido en sus inmensos océanos de extenuación y en sus terribles recuerdos de camaradas convertidos en botín de las aves carroñeras. Cuando las dos mujeres regresaron jadeantes a la casa, lo encontraron en la misma posición, acariciando todavía con actitud ausente las orejas de Psipsina.

Deseosa de abrazar a su hijo, Drosoula se precipitó en la cocina gritando de júbilo y acto seguido ejecutó una reacción tardía que en otro momento habría resultado cómica; escudriñó la cocina como buscando a alguien más aparte de aquel espectro desaliñado y le lanzó a Pelagia una mirada inquisitiva.

– Es él -dijo Pelagia-. Ya le he dicho que su estado es lamentable.

– Jesús -exclamó, y sin más preámbulos cogió a su hijo por los hombros, lo levantó y lo llevó fuera pese a las protestas de Pelagia y al evidente desastre de sus pies-. Lo siento -dijo Drosoula-, pero no pienso dejar que mi hijo esté en una casa respetable con semejante pinta. Me muero de vergüenza.

Una vez en el patio, Kyria Drosoula examinó a su hijo como si fuera un animal sobre cuya compra estuviera cavilando. Le inspeccionó las orejas, le levantó con asco los mechones de pelo enmarañado, le hizo enseñar los dientes y finalmente anunció:

– Ya ves, Pelagia, a qué estado pueden llegar los hombres cuando no hay mujer que les cuide. Es vergonzoso y no hay excusa que valga, no señor. Son como criaturas que no saben desenvolverse sin su madre, y me da lo mismo que haya estado en la guerra. Ve a poner un puchero grande a hervir, porque pienso lavarle de pies a cabeza, pero antes voy a deshacerme de todas estas greñas, o sea que tráeme unas tijeras, koritsimou, voy a pescarle las pulgas y los piojos aunque tenga que desollarlo, me pica todo sólo de mirarle, y qué peste, puaj, peor que una pocilga.

Mandras permaneció sentado, dejando que su madre, con ardor y arrugando la nariz, le cortara los cabos y las albardillas de su cabeza y su barba. Cada vez que veía un piojo hacía una mueca y un gesto de desaprobación, y apartaba la repugnantes greñas con la hoja de las tijeras para que su carga de liendres pudiera arder vilmente en el brasero de carbón, arrugándose entre chisporroteos y desprendiendo un denso y hediondo humo capaz, por su repugnancia, de expulsar los demonios y perturbar los muertos.

Pelagia esbozaba las mismas muecas que su futura suegra mientras contemplaba cómo se achicharraban los grises parásitos y quedaban al descubierto sépticas excoriaciones y eczemas; el cuero cabelludo estaba lleno de rasguños inflamados relucientes de fluido y, lo peor, las glándulas del cuello aparecieron finalmente ensanchadas y supurantes. Pelagia sintió náuseas cuando sabía que debía sentir compasión, y corrió dentro en busca de aceite de sasafrás. Al coger el frasco se dio cuenta por primera vez, no sin sobresalto, que había aprendido suficiente de su padre en todos aquellos años como para convertirse ella misma en médico -si es que ser médico y mujer a la vez era factible-. Acarició esa idea mentalmente y luego fue por un pincel, como si esa acción pudiera disimular la incómoda sensación de haber nacido en un mundo que no le tocaba.

Cuando salió al sol de primavera con el frasco de acre aceite aromático, encontró a Mandras completamente rapado y le entregó el frasco a Drosoula.

– Póngale una capa bien espesa, que así matará también la tiña, por si tiene. Luego cúbrale la cabeza con un paño y áteselo con un cordel. Me parece que le va a escocer. Cuando desaparezcan los piojos le frota con aceite de oliva, aunque el aceite de parafina tarda unas dos semanas en hacer efecto, o sea que será mejor usar esto.

Kyria Drosoula la miró con admiración, olisqueó el líquido, dijo «Bah» y empezó a derramarlo sobre la cabeza de su hijo.

– Espero que sepas lo que estoy haciendo -comentó. Mandras habló por primera vez para decir «Pica», a lo que su madre replicó-: Vaya, conque estás ahí, ¿eh? -Y siguió con sus pinceladas.

Una vez cubierta la cabeza con paño de hilo, las dos mujeres retrocedieron unos pasos y admiraron su trabajo. Mandras tenía el rostro tan macilento como el del santo en su sarcófago, y estaba tan ojeroso y pálido como un muerto reciente pero ya frío.

– ¿De verdad es él? -preguntó Drosoula, expresando sus sinceras dudas, y luego preguntó cómo se le habían infectado los rasguños de la cabeza.

– Eso pasa porque los excrementos de los piojos contaminan las heridas -dijo Pelagia-, en realidad no es culpa de los piojos.

– Yo siempre le decía que no se rascara -dijo Drosoula-, pero hasta ahora no he sabido por qué. ¿Hacemos el resto?

Cambiaron miradas y Pelagia se ruborizó.

– Creo que… -empezó, pero Drosoula le guiñó un ojo y sonrió de oreja a oreja.

– ¿No quieres ver lo que te llevas? La mayoría de las chicas se morirían por tener esa oportunidad. No se lo contaré a nadie, te lo prometo. Y en cuanto a él -movió la cabeza en dirección a su hijo-, está tan ido que no se dará ni cuenta.

Pelagia pensó tres cosas a la vez: «No quiero casarme con él. Ya le he visto desnudo pero no puedo decirlo. Hubo un tiempo en que era hermoso, no como ahora. Pero no puedo mencionar nada de esto porque Drosoula me cae muy bien.»

– No, de verdad, no puedo.

– Bueno, ayúdame con lo demás, tú me dices lo que debo hacer desde el otro lado de la puerta. ¿Está caliente el agua? Te diré un secreto: estoy impaciente por ver qué clase de hombre he producido; ¿te parezco horrible?

– Todo el mundo lo cree así -dijo Pelagia, sonriendo-, pero no por ello piensan que sea usted peor que nadie. Sólo dicen «Ahí va Kyria Drosoula».

Despojado de sus ropas, Mandras no tembló más de lo que temblaba vestido. Su delgadez era tan patética que Pelagia no sintió vergüenza alguna de permanecer a su lado aunque estuviera desnudo, ni tuvo que recurrir a dar instrucciones desde la puerta. Se había quedado sin músculos y la piel le colgaba de los huesos en flácidas capas. Tenía el vientre abultado, ya fuera a causa de la inanición o de los parásitos, y las costillas le sobresalían tanto como los huesos de la espina dorsal. Los hombros y la espalda parecían haberse combado y contraído, los muslos y las pantorrillas aparecían tan desproporcionadamente encogidos que aparentaba tener las rodillas hinchadas. Lo peor de todo fue lo que descubrieron al arrancarle los vendajes que llevaba incrustados en los pies; Pelagia se acordó de la historia de Filoctetes, antiguo argonauta y pretendiente de Helena, abandonado por Ulises en la isla de Lemnos debido a la insufrible putrefacción de sus pies, con su arco y sus flechas por toda compañía. Pelagia recordaría más tarde que el final de la historia era que Filoctetes, curado por Esculapio, contribuía a vencer a los troyanos; en su caso, ella había sido autora de la curación, mientras que los italianos habían suplido oportunamente a sus propios antepasados.