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Le dio un beso en la frente e hizo un mutis teatral escudriñando el cielo por si llegaba la anunciada invasión. Tenía que asistir a una reunión del comité de defensa, en la kapheneia.

Drosoula sonrió a Pelagia, que temblaba abrumada por el alivio y la gratitud.

– Siempre he querido tener una hija -dijo-. Ya sabes cómo son los hombres. Sólo les gustan los varones. Considérate afortunada de tener un padre como el tuyo. Que yo recuerde, mi padre era un bribón, siempre borracho de raki. Rezaré al santo para que Mandras se recupere, y así serás como hija mía.

– En cuanto sea posible -dijo Pelagia, tomándola del brazo-, lo sacaremos a que le dé el sol y la brisa del mar. En estos casos, lo que importa es la mente.

Drosoula reparó en que Pelagia había hecho caso omiso de su observación anterior, pero se lo perdonó. Bastaba con ver a la joven radiante de esa extraña belleza que se deriva de una repentina sensación vocacional.

22. MANDRAS DETRÁS DEL VELO

Hablan de mí como si yo no estuviera presente. Pelagia, el doctor y mi madre. Hablan de mí como si estuviera senil o inconsciente, como si fuera un cuerpo sin mente. Estoy demasiado cansado y triste para salir al paso del ultraje. Pelagia me ha visto desnudo y mi madre me lava las intimidades como si aún fuera un bebé, y me dan ungüentos y lociones que escuecen, aplacan y huelen mal; es como si fuera un mueble viejo al que tratar con ceras y aceites y cuyos cojines están hinchados y remendados. Mi madre me examina las deposiciones y habla de ellas con mi prometida, y me dan de comer con cuchara porque no tienen paciencia para soportar el temblor de mis manos. Me pregunto si se me puede considerar vivo en algún sentido.

Supongo que no. Todo se ha vuelto como un sueño. Existe un velo entre ellas y yo; ellas son sombras y yo estoy muerto, y el velo es tal vez la mortaja que amortigua la luz y empaña la visión. He ido a la guerra y eso ha creado un abismo entre mí y los que no han ido; ¿qué saben ellas de la guerra? Yo he topado con la muerte, he conocido la muerte en cada sendero, he conversado con la muerte en mis sueños, he peleado con la muerte en la nieve, he jugado a los dados con la muerte, he llegado a la conclusión de que la muerte no es un enemigo sino un hermano. La muerte es un hermoso hombre desnudo que se parece a Apolo, y a quien no le gustan esos que van marchitándose en la vejez. La muerte es perfeccionista, le gusta lo joven y lo hermoso, quiere acariciar nuestro pelo y los tendones que unen nuestros músculos al hueso. Hace todo lo que puede por conocernos, nuestros rostros alegran su corazón y se planta en nuestro camino para retarnos porque le gustan las peleas limpias, y tras el combate gusta de ofrecernos su amistad, darnos una palmada en el hombro y hacernos reír de la insensatez y la trivialidad de los vivos. Al término de una batalla, vaga entre los muertos levantándolos, poniendo laureles en la frente de los más guapos, y luego los reúne a todos como a hijos suyos y se los lleva a beber vino con sabor a miel, dándoles el sentido de la proporción que jamás tuvieron en vida.

Pero a mí no me llevó y no sé por qué. Lo cierto es que yo era valiente como el que más. Nunca evitaba el peligro, y seguí adelante incluso cuando mi cuerpo era ya una piltrafa. Creo que si viví fue porque nuestros jefes eran muy listos, creo que si viví fue porque a la muerte le gustaban los italianos. La muerte les dijo que avanzaran en columna hacia nuestros puntos más fuertes, y nosotros los segamos como trigo. Pero los generales nos hicieron rebasar el flanco, superarlos en estrategia, emboscarnos, desaparecer y reaparecer. Nuestros generales se lo pusieron difícil a la muerte, y así, en lugar de acribillarme a balazos hizo que mi cuerpo se pudriera en pocos meses como a otros les pasa en sesenta años. Fue a causa del frío, el lodo, los parásitos, el hambre, la congoja, el miedo, las ventiscas de miríadas de cristales afilados, la lluvia en que hasta los peces podían nadar, todas las cosas que es inútil explicar porque un civil ni siquiera puede imaginarlas.

¿Saben lo que me mantuvo firme? Pelagia, sobre todo, y cierto sentido de la belleza. Para mí, Pelagia significaba mi casa. Ya lo ven, yo no luchaba por Grecia sino por mi casa. Yo lo aguantaba todo para poder volver a casa. Por desgracia, la Pelagia de mis sueños era mejor que la Pelagia de carne y hueso. Puedo ver y oír que su héroe le repugna, ahora que he vuelto, y antes de irme sabía que no era lo bastante bueno para ella. Eso significa que si me ama es por compasión, por sacrificio, y eso no puedo soportarlo pues me hace odiarla y despreciarme a mí mismo. Pienso marcharme en cuanto me encuentre bien y así recobrar la Pelagia de mis sueños para amarla sin amargura como hice en aquellas montañas, cuando luchaba por ella y por la idea de un hogar, y a mi regreso seré un hombre nuevo, porque la próxima vez me aseguraré de haber hecho cosas tan grandes que hasta una reina imploraría ser mi esposa. No sé cuáles son esas cosas, pero serán la gloria y la maravilla del mundo, cosas que me adornarán con la exquisitez y la fascinación de las joyas del santo.

He de irme también porque en realidad no tenía que haber vuelto a casa. Lo hice porque me fue posible, y porque venir a casa es como agua helada después de un día en la playa en pleno agosto sin pizca de viento. Necesitaba bañarme en el susurrar de los olivos, en el tintineo de las esquilas, en el cambalache de los grillos, el sabor del Robola y el olor de la sal. Necesitaba la fuerza, sentir los pies descalzos en el suelo que me vio nacer, eso es todo.

El caso es que mi unidad fue arrasada por los alemanes cerca del monte Olimpo. Fui el único superviviente, y mientras estaba allí, sentado entre los cadáveres de mis amigos, se me apareció Pelagia. La desnutrición tiene estos efectos, dicen, además de la fatiga, pero para mí fue como si se plantara delante y me sonriera. Si ella no lo hubiera hecho yo me habría incorporado a otra unidad y habría combatido a los alemanes hasta las Termópilas, pero de repente supe que tenía que regresar a casa aun cuando no conocía el camino. Miré entre los cadáveres y busqué el mejor par de botas, unas que estaban a punto de perder las suelas, pero mejores que las mías. Me las puse y eché a andar hacia el sudoeste.

Cada noche anotaba por dónde se ponía el sol, y cada mañana por dónde salía. Dividía el semicírculo, escogía un punto del terreno y me ponía en marcha. A mediodía verificaba que estaba caminando con el sol a la izquierda. Los caminos estaban repletos del caos de la retirada -asnos moribundos, vehículos abandonados, mochilas y armas, víctimas de los Stukas- y así fui poco a poco atravesando el infinito yermo que, como sé ahora, forma la mayor parte de Grecia. Al principio todo eran arbustos espinosos y árboles enanos que empezaban a echar yemas, pero en algún punto pasado Elasson el terreno se elevaba para convertirse en un inhumano desierto de pinos, desfiladeros, cataratas y cañadas, una tierra de halcones y murciélagos. Había marjales llenos de agua turbosa y flores brutales, laderas resbaladizas cubiertas de guijarros y pizarra, y caminos de cabra que terminaban brusca e inexplicablemente al borde de un precipicio. Destrocé las botas nuevas y fue entonces cuando me envolví los pies con unas vendas. Por la noche Pelagia yacía conmigo mientras yo me helaba en una cueva, y por la mañana andaba delante de mí rumbo al sur. Pude ver el vaivén de sus caderas y el ondear de su falda, vi cómo se agachaba a coger flores, y cuando me caía ella sonreía y me esperaba.

En aquella región hay osos, perros salvajes que podrían ser lobos, linces y ciervos. Hubo ocasiones en que arranqué con mis dientes la carne cruda de una presa abandonada, y en una ocasión un águila soltó sin querer un pichón cerca de mis pies y se lanzó en picado a tal velocidad que sus garras me arañaron las manos cuando me abalancé sobre su víctima. En esos sitios tan desolados también vive gente, personas que son como animales. Los hay rubios que hablan de un modo tan extraño que es imposible entenderlos; viven en pequeñas casas de piedra o bien de madera, visten harapos y se alimentan de unos estofados inmundos que hacen a base de carne y raíces, utilizando para ello unas cacerolas viejas cuyas grietas sueldan con barro. Esas personas me arrojaron piedras, pero cuando caí de rodillas y me señalé la boca con el dedo, me acogieron y me dieron de comer como si fuera un niño. Fue uno de ellos el que me regaló ese coleto hecho de pieles.