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El doctor cogió una caja negra de hojalata de un estante superior. Dentro colocó el fajo de su historia de Cefalonia y este epílogo; como de costumbre, había empezado por un tema para terminar en otro. Cerró la caja con llave. Se puso la caja bajo el brazo, levantó la esterilla de debajo de la mesa y abrió la trampilla, dejando al descubierto la amplia cavidad que había sido practicada en 1849 para ocultar a los radicales que los británicos habían perseguido primero y puesto en el gobierno después. En aquel agujero donde antaño se habían escondido los fugitivos Joseph Momferatos y Gerasimos Livadas, el doctor guardó su testamento literario. Luego volvió al escritorio, cogió sus dos tomos de The Complete and Concise Home Doctor y se dedicó a repasar los capítulos que trataban de «hemorragia; vendajes; conmoción; torniquete; heridas de bala; quemaduras; cortes; cuchilladas; asepsia; drenaje e irrigación de heridas; tétanos; pus; trepanación para el alivio de las fracturas de cráneo.»

En casa de Drosoula, adonde habían trasladado a Mandras, la hija del doctor era presa de la zozobra y la vergüenza: había empezado a sospechar que Mandras la torturaba a propósito.

Sus dolencias físicas habían disminuido considerablemente. Los nódulos rojos, el eczema, la piel de los pies, todo ello había iniciado un proceso curativo. Tenía la cara un poco más llena, las costillas se habían replegado bajo la carne nueva, empezaba a crecerle el pelo, y el destello de locura en su mirada habíase amortiguado hasta un tenue vislumbre que según el doctor no significaba ninguna mejoría. «Es una lástima -había dicho- que no le hirieran de verdad. Eso le habría dado un motivo concreto de preocupación.» A Pelagia le había asustado y encolerizado aquella observación, pero en esos momentos no deseaba otra cosa que sacar su pequeña Derringer del delantal y pegarle un tiro en la cabeza a su novio. El caso es que Mandras había pasado a un estado menos manejable que la infancia, y ella estaba convencida de que lo hacía ex profeso como acto de venganza o de castigo. Tenía la certeza de que Mandras quería provocarle la mayor intranquilidad, y así era.

El doctor había diagnosticado el comportamiento de Mandras como estupor enérgico, estupor melancólico y, finalmente, estupor catatónico. El extraño modo en que padecía todas estas cosas en distintos momentos le hacía sospechar que no se trataba de ninguna de ellas, pero el doctor era incapaz de dar otra interpretación. «Shock de combate» tampoco le convencía y, al igual que Pelagia, empezaba a sentirse tentado de atribuir el estado del paciente a una necesidad psicológica de esclavizar a los demás mediante su propia inducción a un estado de absoluta dependencia. «Cree que nadie le quiere -decía el doctor- y se comporta así para obligarnos a demostrarle que no es así.»

«Pero si yo no le quiero», pensaba una y otra vez Pelagia, sentada junto a la cabecera de su cama mientras tejía la colcha de matrimonio que aún no superaba el tamaño de una toalla.

Mandras había emprendido su exilio a la inaccesibilidad dramatizando la idea de la muerte. Como afectado de rigor mortis, yacía en la cama completamente rígido, los brazos levantados en una postura que ninguna persona normal habría aguantado más de un minuto. La saliva se le escurría de la boca, cayéndole por el mentón y un hombro y empapando la cama. Drosoula colocó un paño para absorberla, y al volver vio que él se había movido y que la saliva le resbalaba sobre el otro hombro. Debido a la posición de sus brazos su madre se las veía y deseaba para vestirle y desnudarle. Para descartar la catatonia, el doctor le había hecho una prueba consistente en clavarle alfileres; Mandras no había reaccionado, y tampoco cuando el doctor simuló pincharle un ojo. Le alimentaban con sopa administrada mediante un tubo metido en el gaznate, y no orinó ni defecó durante días hasta que Drosoula dejó de intentar que lo hiciera. Ese día ensució las sábanas de tal manera que la madre hubo de salir a la calle a vomitar.

El 25 de marzo Mandras se levantó para celebrar la fiesta nacional. Después de vestirse sin ayuda, se marchó y volvió borracho y alborozado a las tres de la madrugada. Drosoula y Pelagia bailaron cogidas de las manos, riendo de alegría y alivio.

Pero al día siguiente Mandras volvió a quedarse en la cama, abúlico y mudo. Su rigidez se había trocado por un estado en que Mandras parecía haber repudiado su cuerpo. El doctor levantó un brazo y lo soltó: el brazo cayó a plomo sobre la cama como si de una media rellena de trapos se tratara. La temperatura le bajó en picado, los labios se le hincharon y amorataron, se le aceleró el pulso, y respiraba de un modo tan superficial que parecía desdeñar el aire.

Al día siguiente Mandras repitió el estado del anterior, con la salvedad de que ahora se resistía violenta pero diestramente a todo intento de moverlo o darle de comer. Drosoula hizo venir a Kokolios, Stamatis y Velisarios, pero ni siquiera los dos robustos viejos y el gigante consiguieron hacerle abrir la boca para que comiera. Por lo visto estaba resuelto a morir de inanición. Kokolios propuso darle unos azotes, la cura tradicional para los locos, cuya eficacia pasó a demostrar propinando un par de cachetes al paciente. Mandras se incorporó de golpe, se llevó la mano a la mejilla, dijo «Mierda; ya verás cuando te coja, cabrón», y se hundió de nuevo en las sábanas. Todos los presentes habían llegado a tal estado de cólera y frustración que la idea de los azotes no les pareció nada mala.

Mandras continuó su política de resistencia y huelga de hambre hasta la noche del sábado 19 de abril, en que se recobró milagrosamente a tiempo de asistir a los grandes festejos de la Pascua.

El Jueves Santo se procedió a matar y colgar los corderos, los huevos fueron pintados de rojo y lustrados con aceite de oliva, y Mandras casi sucumbió al tradicional puré de lentejas. El Viernes Santo la isla entera se dejó llevar por el aroma del pan de Pascua que hacían las mujeres, y el sábado los hombres asaron los corderos, bromearon unos con otros y acabaron indecentemente borrachos mientras las mujeres se afanaban en preparar puré y salchichas. Durante todo ese proceso Mandras permaneció en cama, inmóvil, cagándose y meándose encima siempre que Drosoula acababa de cambiarle las sábanas.

Pero el sábado por la noche se levantó y, vestido de negro, y con un cirio negro sin encender en la mano, se sumó a la lúgubre procesión de los iconos hasta el monasterio de Sissia. Su estado parecía absolutamente normal; cuando Stamatis le deseó una pronta recuperación Mandras contestó «Que Dios te oiga», y cuando Kokolios le palmeó la espalda y le felicitó por su súbita aparición entre los vivos, él le dedicó su sonrisa de siempre y le espetó el proverbial «Soy griego, y los griegos no estamos sometidos a las leyes de la naturaleza».

En el silencio y la oscuridad absolutos de la iglesia, Mandras aguardó con creciente ilusión. El suspense era insoportable, la guerra que amenazaba con llegar en cualquier momento había hecho de aquélla una Pascua patética; ¿resucitará Cristo tal como nos van las cosas? Muchos se preguntaban si aquéllas iban a ser sus últimas semanas de Pasión en este mundo, y cogían de la mano a sus hijos con más fuerza y mayor emoción. Los que llevaban reloj advertían que los minutos duraban más de lo acostumbrado, y la gente estiraba el cuello para ver mejor el iconostasio.

Por fin apareció el sacerdote con su cirio encendido, y su voz tronó:

– Christos anesti, Christos anesti.

Un grito de júbilo surgió de las gargantas de los peregrinos, que respondieron:

– Alithos anesti, alithos anesti. -Y procedieron a encenderse los cirios unos a otros.

– Cristo ha resucitado -exclamó Drosoula, abrazando a su hijo.

– Pues claro -dijo él en alto, y besó a Pelagia en la mejilla.