Le conocí en el campamento, a las afueras de Argostolion, en los días anteriores a que los oficiales de intendencia concertaran alojamientos con la población local. Mediaba la primavera y la isla estaba en su apogeo de serenidad y belleza. Unos meses antes el tiempo puede ser muy borrascoso, y unos cuantos después insoportablemente caluroso, pero en primavera el clima es muy suave, hay una brisa ligera, algunas noches llueve moderadamente y brotan flores silvestres en los lugares más inesperados. Tras la tortura de la guerra me pareció haber desembarcado en la Arcadia; la sensación de paz era tan abrumadora que me provocó ganas de llorar, de agradecimiento e incredulidad. Aquélla era una isla en la que era imposible estar de mal humor, donde no había espacio para emociones malsanas. Cuando yo llegué la división Acqui había sucumbido ya a los encantos de la isla y, apoltronada en sus cojines y entrecerrados los ojos, se había sumido en un sueño apacible. Olvidamos que éramos soldados.
Lo primero que me chocó fue la lancinante claridad de la luz. Supongo que sería ridículo sostener que el aire de Cefalonia carece de densidad, pero la luz es allí tan pelúcida, tan pura, que uno queda temporalmente cegado y arrollado por ella, pero sin sentir dolor. Estuve dos o tres días yendo de un lado a otro con los ojos entornados. Descubrí que en Cefalonia anochece sin la intervención del crepúsculo, y que antes de llover la luz parece de nácar. Tras la lluvia, la isla huele a pino, a tierra tibia y a mar.
La segunda cosa que me chocó, es curioso, fue la magnitud y la antigüedad increíbles de los olivos. Eran nudosos y ennegrecidos, retorcidos y robustos, y me hacían sentir extrañamente efímero, como si hubieran visto gente como nosotros más de mil veces y luego hubieran contemplado nuestra partida. Eran árboles dotados de una omnisciencia paciente. En Italia talamos los árboles viejos y plantamos otros nuevos, pero aquí era posible poner la mano sobre la vetusta corteza, mirar por entre la bóveda del follaje los fragmentos de cielo resplandeciente y sentirse empequeñecido por la sensación de que otros quizá han hecho lo mismo bajo ese mismo árbol hace un milenio. Los griegos los mantienen vivos a base juiciosas podas repetidas generación tras generación; puede que los árboles acaben acostumbrándose a determinada familia de igual modo que una casa o un rebaño de ovejas.
La tercera cosa que me chocó fue la callada y resuelta dignidad de los isleños, y pronto iba a descubrir que no era yo el único impresionado por ello. Muchos de nuestros soldados eran del tipo camorrista y grosero que suele darse en cualquier ejército, el típico criminal que por serendipismo ha dado con un sistema legítimo de ser un hijo de puta, y algunos eran lo bastante borrachos y ruines como para actuar como si la conquista les hubiera otorgado derechos sobre la plebe, pero la verdad es que los isleños dejaron muy claro desde el principio que no iban a aguantar tonterías, tuviéramos armas o no. Por suerte los oficiales de la división eran gente honesta; de no ser así, los isleños no habrían tardado en sublevarse, como en efecto hicieron en las zonas ocupadas por los alemanes.
Ilustraré el orgullo del pueblo contando con detalle lo que ocurrió cuando les pedimos que se rindieran. Esto me lo contó el capitán Corelli. Él era proclive a exageraciones efectistas cuando narraba historias; todo en él era original, sus circunstancias le venían siempre pequeñas y solía decir cosas por mor de su eficacia para divertir, pasando irónicamente por alto la verdad. Por regla general el capitán observaba la vida con perpetuo asombro, y no tenía pizca de ese orgullo de sí mismo que impide que uno cuente chistes en que uno es el propio chanceado. Había gente que le consideraba medio chiflado, pero yo lo veo como alguien que amaba tanto la vida qué le tenía sin cuidado dar una impresión u otra. Adoraba a los niños; una vez le vi dar un beso en la cabeza a una chiquilla mientras toda su batería esperaba en posición de firmes a que pasara revista, y le gustaba hacer reír a las mujeres guapas entrechocando los talones y saludando con tal precisión militar que convertía el saludo en una parodia de todo lo marcial. Para hacerse una idea de la clase de hombre que era, diré que cuando saludaba al general Gandin lo hacía con tan poco garbo que rayaba la insolencia.
Me tropecé con él por primera vez en las letrinas del campamento. Su batería tenía una letrina particular llamada La Scala; Corelli había organizado un club de ópera cuyos miembros cantaban y cagaban juntos allí todas las mañanas, sentados en hilera sobre el entablado con los pantalones a la altura del tobillo. Había dos barítonos, tres tenores, un bajo, y un contratenor que era objeto de continuas mofas porque siempre le tocaba cantar las partes femeninas; la idea era que cada hombre soltara un zurullo o bien un pedo durante los crescendos, momento en que las voces taparían cualquier otro sonido. De este modo se minimizaba el oprobio de la defecación colectiva, y todo el campamento empezaba el día tarareando una vigorizante melodía. Mi primera experiencia de La Scala fue oír la interpretación del «Coro di zingari» a las siete y media de la mañana con acompañamiento de unos prodigiosos y vibrantes timpani. Naturalmente no pude resistir la tentación de investigar y me acerqué a un recinto de lona que tenía pintadas las palabras «La Scala» con betún blanco. Percibí una apabullante y fétida pestilencia, pero aun así entré y vi una hilera de soldados cagando, la cara enrojecida, cantando a pleno pulmón y aporreando con cucharas sus cascos de acero. La imagen me desconcertó y me maravilló a la vez, en particular porque había un oficial que dirigía despreocupadamente el concierto con ayuda de una pluma de ave en su mano derecha. Normalmente se saluda a los oficiales si van de uniforme, y sobre todo cuando llevan la gorra puesta. Mi saludo fue un incompleto y apresurado ademán que acompañó a mi partida. (Yo desconocía qué reglamento rige el saludo a un oficial de uniforme que está con los pantalones medio bajados durante un ejercicio consistente en una evacuación coral en territorio enemigo.)
Posteriormente pasé a engrosar el plantel del club de melómanos al ser alistado como «voluntario» por el capitán después de haberme oído cantar mientras me lustraba las botas y darse cuenta de que yo era otro barítono. El capitán me entregó un papel arrancado del cuaderno de órdenes del propio general Gandin, donde se leía:
ULTRASECRETO
Por orden del CG, Supergreccia, el cabo Carlo Piero Guercio prestará servicios operísticos siempre que así lo requiera el capitán Antonio Corelli del 33.° Regimiento de Artillería, división Acqui.
Normas:
1) Los convocados para faenas musicales regulares estarán obligados a tocar un instrumento musical (cucharas, casco, peine y papel, etc.).
2) Aquel que fracase persistentemente en dar notas sobreagudas será castrado y sus testículos donados para causas benéficas.
3) Aquel que sostenga que Donízetti es mejor que Verdi se verá obligado a vestir ropa de mujer, será ridiculizado públicamente delante de la batería, llevará una cacerola en la cabeza y en casos extremos se le exigirá que cante Funiculi Funicula u otra canción sobre el ferrocarril que el capitán Antonio Corelli estime conveniente determinar de vez en cuando.
4) Los fanáticos de Wagner serán fusilados sumariamente, sin juicio y sin posibilidad de apelación.
5) La embriaguez será preceptiva únicamente en aquellos casos en que el capitán Antonio Corelli no pague las rondas.
Firmado: general Vecchiarelli, jefe supremo, Supergreccia, en nombre de su majestad el rey Victor Emmanuel.
La versión del capitán sobre la capitulación de Cefalonia decía que los jefes militares en el momento del desembarco se habían dirigido al ayuntamiento de Argostolion a fin de recibir la rendición de manos de las autoridades locales.