Se habían detenido a la puerta del ayuntamiento con un pelotón armado y habían enviado un mensaje exigiendo la entrega del edificio y de la autoridad. La respuesta rezaba simplemente «A tomar por culo». Gran consternación y sobresalto entre nuestros oficiales. Éste no es vocabulario para la diplomacia, ni una respuesta adecuada por parte de quienes se supone están temblando de miedo bajo la bota de los conquistadores. Otro mensaje amenazando con echar abajo el edificio. La nota de respuesta especifica que cualquier italiano que exija la rendición será fusilado sin demora. Más consternación, esta vez causada por las conjeturas sobre si los que están dentro tendrán realmente armas o no. Los oficiales se muestran incómodos ante la idea de tener que organizar un asedio. Mandan otro mensaje exigiendo una aclaración. La respuesta dice: «Si no sabéis lo que significa "a tomar por el culo", venid aquí y os lo explicaremos.» Uno de los oficiales, de pie a plena luz del sol, exclama: «Mierda.» La cosa se retrasa una media hora mientras crece la confusión, tras lo cual sale otra nota del ayuntamiento que dice: «Nos negamos categóricamente a rendirnos a una nación a la que hemos derrotado por completo, y exigimos el derecho a rendirnos a un oficial alemán de alto rango.» Al final traen en avión a un oficial alemán estacionado en Zante, Corfú o algún otro sitio, y las autoridades salen triunfantes del ayuntamiento tras habernos humillado y aniquilado en nuestro primer día de conquista.
Así me lo contó Corelli, y estoy seguro de que ciertos detalles fueron objeto de exornación por su parte, pero es cierto que las autoridades locales se negaron a rendirse a nosotros y que al final tuvimos que hacer venir a un alemán. Corelli consideraba esta historia como extremadamente chistosa, y le gustaba contarla una y otra vez multiplicando el número de mensajes e insultos, mientras los demás le escuchábamos sentados y con las orejas ardiendo.
Yo creo que a Corelli le resultaba tan divertida porque para él la única cosa seria era la música, hasta que conoció a Pelagia. En cuanto a mí, acabé queriéndole tanto como había querido a Francesco, pero de un modo totalmente distinto. Él era como una orquídea saprofítica, capaz de crear armonía y belleza incluso mientras crece y florece sobre un montón de mierda en un lugar lleno de esqueletos. Dejó que se le oxidara el fusil y llegó incluso a perderlo en un par de ocasiones, pero ganó varias batallas armado únicamente de su mandolina.
25. RESISTENCIA
Por toda la isla surgían grafitti que, alegre o maliciosamente, explotaban el hecho de que los italianos no pudieron descifrar la escritura cirílica. Tomaban la R por una P, ignoraban que la G puede parecer una Y o una L invertida, no tenían ni idea acerca del triángulo, creían que una E era una H, interpretaban la theta como una especie de O, no se percataban de que la letra en forma de tienda de campaña era la misma que la que parecía una Y invertida, les confundían las tres franjas horizontales que podían ser igualmente leídas como un garabato, sabían por las matemáticas que pi era 22 dividido por 7, desconocían que una E del revés fuera una S, que la Y podía escribirse también como una V y de hecho era una E, les despistaba el que existiera una O con un palo vertical que en realidad era una F, no entendían que la X era una K, fracasaban estrepitosamente a la hora de encontrar un significado al airoso tridente y coincidían en que la omega les recordaba un pendiente. Ergo, las condiciones eran inmejorables para las furtivas pintadas nocturnas en grandes letras blancas sobre todas las paredes disponibles, en particular cuando los ringorrangos de una caligrafía particular podían hacer las letras todavía más inescrutables. La palabra ENOSIS pugnaba por desbancar a ELEPHTHERIA; «Viva el rey» coexistía sin problemas con «Trabajadores del mundo, uníos»; «Al carajo los italiani» lindaba con «Chúpamela, Duce». Un admirador de lord Byron escribió «Soñé que Grecia aún podía ser libre» con vacilante letra romana, y el general Tsolakoglou, nuevo dirigente colaboracionista del pueblo griego, aparecía por doquier como un personaje de tebeo, cometiendo diversos, obscenos y repugnantes actos con el Duce.
Los hombres contaban chistes de italianos en los campos y las kapheneias: ¿Cuántas marchas tiene un tanque italiano? Cinco: una de avance y cuatro marchas atrás. ¿Cuál es el libro más breve del mundo? El libro de los héroes de guerra italianos. ¿Cuántos italianos hacen falta para poner una bombilla? Uno subido en una escalera para aguantar la bombilla y doscientos para hacer girar la escalera. ¿Cómo se llama el perro de Hitler? Benito Mussolini. ¿Por qué llevan bigote los italianos? Para acordarse de sus madres. Por su parte, los soldados italianos acampados preguntaban: ¿Cuándo se sabe que una griega tiene la regla? La respuesta era: «Cuando lleva un solo calcetín.» Fue un largo interludio durante el cual ambas poblaciones guardaron mutuamente las distancias, aquietando mediante chistes los unos la suspicacia culpable y los otros el lívido resentimiento. Los griegos hablaban con vehemencia y en secreto de los partisanos, de formar una resistencia, y los italianos se recluían en sus campamentos, donde sus únicos indicios de actividad eran la organización de las baterías, un reconocimiento diario por aviones anfibios y la patrulla que hacía la ronda a caballo al anochecer, más interesados en cautivar a la población femenina que en hacer cumplir el toque de queda. Y luego vino la decisión de alojar a los oficiales en casas de miembros idóneos de la población local.
Pelagia se enteró de ello, al volver un día del pozo y encontrarse con un orondo oficial italiano, acompañado por un sargento y un soldado raso, de pie en la cocina mirándolo todo con aire evaluador y tomando notas con un lápiz ridículamente romo.
Pelagia había dejado de temer que la fueran a violar y se había acostumbrado a torcer el gesto ante las miradas lascivas y a sacudirse las manos que intentaban pellizcos exploratorios en su trasero; los italianos habían resultado una especie modesta de Romeo que se resigna a que le den plantón, pero no abandona la esperanza. No obstante, Pelagia se llevó un susto cuando entró en la cocina y se encontró con los soldados. Tras un instante de vacilación, decidió darse la vuelta y echar a correr, pero el rollizo oficial sonrió de oreja a oreja, levantó los brazos en un gesto de «si pudiera se lo explicaría, pero no hablo griego», y dijo «Ah» de una manera que significaba «me alegro de verla ya que es tan guapa, y me siento incómodo estando en su cocina, pero ¿qué quiere que haga?» Pelagia dijo «Aspettami, vengo», y salió corriendo en busca de su padre, que estaba en la kapheneia.
Los soldados esperaron obedientemente. Pelagia no tardó en regresar con su padre, el cual se sentía turbado ante la perspectiva del encuentro. Una oleada de pavor esperaba el momento de asaltar su corazón y debilitarlo, pero también había el frío y distante coraje que asiste a quienes están decididos a combatir la opresión con dignidad; recordó su propio consejo a los muchachos en la kapheneia («Utilicemos la ira con sensatez») y sacó pecho. Se lamentó de no haber conservado el bigote con las puntas enceradas y así poder retorcerse las extremidades con expresión hosca y recriminatoria.
– Buon giorno -dijo el oficial, tendiendo esperanzado su mano. El doctor advirtió el carácter conciliador del gesto, carente del desmesurado orgullo del conquistador, y para su sorpresa se encontró estrechando la mano que le ofrecían.
– Buon giorno -contestó-. Espero que disfrute de su lamentablemente breve estancia en la isla.
– ¿Breve, dice? -El oficial enarcó las cejas.
– Les han expulsado de Libia y de Etiopía… -dijo el doctor, dejando que el italiano extrapolara el resto.
– Habla usted muy bien mi idioma -dijo el oficial-, es el primero que me encuentro que sabe italiano. Necesitamos intérpretes urgentemente para poder trabajar con el pueblo. Habrá ciertos privilegios. Parece que aquí nadie habla italiano.