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– Querrá usted decir que en su regimiento nadie habla griego.

– Está bien, si lo prefiere así… Era sólo una idea.

– Muy amable -dijo el doctor, mordaz-, pero comprenderá que los que sí sabemos italiano lo olvidamos de golpe cuando nos piden que lo hablemos.

El oficial sonrió:

– Es comprensible, dadas las circunstancias. No pretendía ofenderle.

– Está Pasquale Lacerba, el fotógrafo. Es un italiano que vive en Argostolion, pero es posible que él tampoco quiera cooperar. Claro que es demasiado joven y no sabe lo que se hace. En cuanto a mí, soy médico y bastante trabajo tengo como para dedicarme a colaborar.

– Vale la pena probarlo -dijo el oficial de intendencia-; en general no entendemos nada.

– No sabe la suerte que tiene -comentó el doctor Iannis-. ¿Le importa decirme el motivo de su visita?

– Ah -dijo el otro, visiblemente incómodo y consciente de lo engorroso de su situación-, bueno, verá, lamento tener que comunicarle que… nos vemos obligados a alojar a un oficial italiano en esta casa.

– Sólo hay dos habitaciones, la de mi hija y la mía. Lo veo poco factible; además, como se habrá dado cuenta, lo que me pide es un ultraje. Me niego.

El doctor se erizó como un gato enfadado y el oficial se rascó la cabeza con el lápiz. Realmente era un problema que el doctor hablara italiano; en otras casas había eludido este tipo de escenas dejando que los infortunados huéspedes se las arreglaran, mediante gruñidos y gesticulaciones, cuando se presentaban sin previo aviso con sus bolsas y sus chóferes. Los dos hombres se miraron, el doctor con la barbilla en orgulloso ángulo prominente y el italiano buscando la fórmula que indicara a la vez firmeza y apaciguamiento. De pronto, la expresión del doctor se demudó:

– ¿Y dice usted que es oficial de intendencia? -preguntó.

– No, signor dottore, esa conclusión la ha sacado usted por su cuenta. Sí, soy oficial de intendencia. ¿Por qué?

– Entonces tendrá acceso a medicamentos.

– Naturalmente -contestó el oficial-, yo tengo acceso a todo.

Intercambiaron miradas, adivinando el hilo del pensamiento del otro.

– Ando escaso de muchas cosas -dijo el doctor Iannis-, y la guerra ha empeorado aún más la situación.

– Y yo ando escaso de alojamientos…

– Pues trato hecho -dijo el doctor.

– De acuerdo -dijo el oficial-. Cualquier cosa que necesite, mándeme un mensaje con el capitán Corelli. Estoy seguro de que le caerá bien. A propósito, ¿entiende usted algo de callos? Nuestros médicos son unos ineptos.

– Para sus callos necesitaré probablemente morfina, agujas hipodérmicas, pomada de azufre y yodo, neosalvarsán, vendas e hilas, alcohol de 90 grados, ácido salicílico, escalpelos y colodión -respondió el doctor- todo en cantidad suficiente, no sé si me entiende. De momento procúrese unas botas de su número.

Una vez se hubo ido el oficial tras tomar nota detallada del pedido del doctor, Pelagia cogió a su padre del brazo y le preguntó nerviosa:

– Pero papá, ¿dónde va a dormir? ¿Tendré que cocinar para él? ¿Y qué comida le voy a dar? Casi no tenemos nada.

– Dormirá en mi cama -dijo el doctor, sabiendo que Pelagia protestaría.

– Ni hablar, papá, que use la mía. Yo dormiré en la cocina.

– Ya que insistes, koritsimou… Además, piensa en todos los medicamentos que nos reportará. -Se frotó las manos y añadió-. El secreto de la ocupación está en explotar a los explotadores. Y en saber resistir. Creo que a este capitán se lo haremos pasar fatal.

El capitán Corelli llegó al atardecer con su chófer y flamante barítono, el cabo Carlo Piero Guercio. El jeep derrapó y se detuvo provocando nubes de polvo y una alarma alborotada entre las gallinas que escarbaban en el camino; los dos italianos entraron por el patio. Carlo contempló el olivo, maravillándose de su tamaño, y el capitán echó un vistazo alrededor apreciando los signos de una tranquila vida doméstica. Había una cabra atada a un árbol, ropa tendida en una cuerda que iba del árbol a la casa, una reluciente buganvilla y una enredadera, y una mesa vieja sobre la cual descansaba un montoncito de cebolla picada. Había también una joven de ojos oscuros con un pañuelo anudado a la cabeza y en su mano un gran cuchillo de cocina. El capitán cayó de hinojos ante ella y exclamó con dramatismo:

– No me mate, por favor, soy inocente.

– No le haga caso -dijo Carlo-, siempre dice disparates. No puede evitarlo.

Pelagia sonrió contra su voluntad y sus propósitos, y se quedó mirando a Carlo. Era casi tan grande como Velisarios. Dos hombres normales habrían cabido en una pernera de su pantalón, y con el jersey que llevaba, Pelagia habría podido hacerle dos a su padre. El capitán se puso en pie de un salto.

– Soy el capitán Antonio Corelli, pero puede llamarme maestro si lo prefiere, y aquí le presento… -cogió a Carlo por el brazo- a uno de nuestros héroes. Posee un centenar de medallas por salvar vidas, y ninguna por quitarlas.

– No le haga caso -dijo Carlo, sonriendo con timidez. Pelagia miró al gigantesco soldado y supo intuitivamente que, pese a su tamaño, pese a sus descomunales manos que bien podían ajustarse al pescuezo de un buey, era un hombre manso y más bien triste.

– Italiano y valiente: vaya bicho raro -repuso agriamente Pelagia, recordando las instrucciones de su padre sobre mostrarse lo menos amable posible.

– Rescató a un compañero herido en pleno campo de batalla -protestó Corelli-. Todo el ejército le conoce, y además declinó ser ascendido. Es una ambulancia humana. Todo un hombre, sí señor. Tiene una bala griega en la pierna para demostrarlo. Y ésta… -tocó el estuche que llevaba en la mano- es Antonia. Ya haremos las presentaciones formales más adelante. Tiene ganas de conocerla, lo mismo que yo. ¿Puedo preguntarle por qué nombre le conocen los hombres?

Pelagia le miró atentamente por primera vez y se dio cuenta que era el mismo oficial que había ordenado a su pelotón de fanfarrones que desfilaran vista a la izquierda. Se ruborizó. En ese mismo instante Corelli la reconoció y se mordió el labio inferior parodiándose a sí mismo.

– Ah -exclamó, y se dio un cachete en la muñeca. Volvió a caer de hinojos, la cabeza gacha a modo de penitencia, y dijo dulcemente-: Padre, perdóname porque he pecado. Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. -Se golpeó el pecho y se secó una lágrima imaginaria.

Carlo cambió una mirada con Pelagia y se encogió de hombros.

– Siempre está igual -dijo.

El doctor Iannis salió de la casa, vio al capitán de rodillas delante de su hija, se percató de la divertida expresión de ésta y dijo.

– ¿Capitán Corelli? Quiero hablar un momento con usted. Ahora.

Sobresaltado por el tono autoritario del doctor, Corelli se levantó con embarazo y le tendió la mano. El doctor le negó la suya y dijo secamente:

– Quiero una explicación.

– ¿De qué? Yo no he hecho nada. Debe usted disculparme, sólo estaba bromeando con su hija. -Se agitó nervioso, consciente de que tal vez había metido la pata.

– Quiero saber por qué han desfigurado el monumento.

– ¿Qué monumento? Perdone, pero…

– El monumento, el que hay en medio del puente que hizo construir De Bosset. Ha sido mutilado.

Perplejo, el capitán arrugó el entrecejo, pero de pronto su rostro se iluminó:

– Ah, se refiere al de la bahía de Argostolion, ¿no? ¿Por qué, ha pasado algo?

– El obelisco tenía una inscripción que rezaba: «A mayor gloria del pueblo británico.» Me he enterado de que unos soldados suyos han desportillado las letras. ¿Cree que es tan fácil borrar nuestra historia? ¿Son tan estúpidos como para pensar que olvidaremos su contenido? ¿Es así como hacen la guerra, cometiendo actos vandálicos contra monumentos? ¿Qué clase de heroísmo es éste? -La voz del doctor alcanzó nuevas cotas de vehemencia-. ¿A usted le gustaría que desfigurásemos las lápidas del cementerio italiano?