Выбрать главу

– No he tenido nada que ver con ello, signor. Está usted culpando a quien no debe. Lo lamento, pero… -se encogió de hombros- la decisión no fue mía, y tampoco de los soldados.

El doctor frunció el entrecejo y levantó un dedo, hendiendo el aire:

– Si los subordinados siguieran los dictados de sus conciencias, capitán, no habría guerras ni tiranos.

El capitán miró a Pelagia como esperando su apoyo, y tuvo que soportar la insufrible sensación de haber vuelto de nuevo al colegio.

– He de protestar -dijo débilmente.

– Usted no puede protestar, porque no hay excusa posible. ¿Y por qué, dígame, han prohibido que se enseñe la historia de Grecia en nuestras escuelas? ¿Por qué obligan a todo el mundo a aprender italiano?

Pelagia sonrió para sus adentros; había oídos cientos de veces a su padre divagar sobre la lógica necesidad de implantar la enseñanza obligatoria del italiano en las escuelas.

El capitán sintió ganas de escabullirse como el muchacho al que pillan cogiendo caramelos de la caja reservada para los domingos.

– En el imperio italiano -dijo, notando el sabor amargo de las palabras en su lengua- es lógico que todo el mundo aprenda el italiano… Supongo que ésa es la razón. Pero repito que no soy responsable. -Empezó a sudar. El doctor le fulminó con una mirada que pretendía ser, y fue, asesina.

– Es patético -dijo, y giró sobre sus talones.

Una vez dentro se sentó en su escritorio, muy satisfecho de sí mismo. Se inclinó hacia adelante, importunó a Psipsina haciéndole cosquillas en los bigotes y le dijo con tono confidenciaclass="underline"

– Ya lo tenemos en el bote.

Fuera, en el patio, el capitán Corelli estaba atónito, y Pelagia sintió pena por él.

– Su padre es… -dijo él, pero no encontró la palabra.

– Sí que lo es -confirmó Pelagia.

– ¿Dónde dormiré? -preguntó Corelli, contento de cambiar de tema. Todo su buen humor se había reducido a polvo.

– Dormirá usted en mi cama -dijo Pelagia.

En circunstancias normales Corelli habría preguntado «Ah, ¿es que vamos a compartirla? Qué hospitalaria», pero ahora, después de lo que había dicho el doctor, la información le dejó pasmado:

– De eso nada -repuso enérgicamente-. Esta noche dormiré en el patio y mañana solicitaré otro alojamiento.

Pelagia se sintió turbada por los sentimientos de alarma que crecían en su pecho. ¿Sería posible que algo dentro de ella desease que aquel forastero, aquel intruso, se quedara? Entró en la casa y comunicó a su padre la decisión del italiano.

– No se puede ir -dijo el doctor-. ¿Cómo voy a intimidarle si no está aquí? Además, parece un chico muy agradable.

– Papakis, le has hecho sentirse como una pulga. Casi me da pena, el pobre.

– Sin casi, koritsimou. Lo he notado en tu cara. -Cogió a su hija del brazo y volvió a salir-. Joven -dijo al capitán-, usted se queda, le guste o no. Es muy probable que el oficial de intendencia decida imponernos a alguien aún peor.

– Pero, dottore, la cama de su hija… No sería… sería terrible.

– Ella estará cómoda en la cocina, capitán. Me da igual como se sienta usted, no es mi problema. Yo no soy el agresor. ¿Me explico?

– Sí -contestó el capitán, estupefacto, y sin acabar de entender lo que estaba ocurriendo.

– Kyria Pelagia traerá agua, un poco de café y un poco de mezedakia para comer. Ya comprobará nuestra proverbial hospitalidad. Entre nosotros, capitán, es tradición ser hospitalarios incluso con quienes no se lo merecen. Es una cuestión de honor, palabra que tal vez le suene extraña. Si ese grandullón amigo suyo quiere unirse a nosotros, no hay inconveniente.

Carlo y el capitán aceptaron los minúsculos pasteles de espinacas, los calamares enanos fritos y la col rellena de arroz. El doctor los miraba ceñudo, disfrutando de la exitosa inauguración de su proyecto de resistencia, y los dos militares evitaban sus miradas, comentando con insulsa cortesía la belleza de la noche, el tamaño inverosímil del olivo y las demás trivialidades que se les ocurrían.

Carlo se alegró de poder marcharse de allí, y el capitán fue a sentarse desconsolado en el borde de la cama de Pelagia. Era la hora de cenar, y pese a las tapas el estómago le crujía por la fuerza de la costumbre. Sólo pensar en aquellos manjares maravillosos le provocaba flojera. El doctor entró otra vez y le dijo:

– La solución a su problema es comer mucha cebolla, tomates, perejil, albahaca, orégano y ajo. El ajo hará de antiséptico para las fisuras, y las demás cosas, tomadas todas juntas, ablandarán sus deposiciones. Es muy importante que no haga fuerzas; y si come carne, que sea siempre acompañada de mucho líquido y una guarnición de verduras.

El capitán se quedó mirando cómo salía del cuarto y sintió más humillación de la que jamás había creído posible sentir. ¿Cómo se había enterado aquel viejo de que él tenía hemorroides?

En la cocina, el doctor preguntó a Pelagia si había reparado en que el capitán andaba con mucha precaución y que de vez en cuando esbozaba una mueca de dolor.

Padre e hija se sentaron a comer, haciendo ambos el máximo alboroto con los cubiertos, y aguardaron a estar seguros de que el italiano debía de estar desfalleciente de hambre y sintiéndose como un golfo adolescente al que han mandado al correccional. Después le invitaron a compartir la mesa con ellos. El capitán se sentó y comió en silencio.

– Éste es el típico pastel de carne de la isla -anunció el doctor con tono informativo-, sólo que gracias a los suyos no tiene relleno de carne.

Más tarde, una vez hubo pasado la patrulla, el doctor manifestó su intención de ir a dar un paseo.

– ¿Y el toque de queda? -protestó Corelli, pero el doctor replicó:

– Yo nací aquí, esta es mi isla. -Cogió su sombrero y su pipa y salió con paso majestuoso.

El capitán le dijo inútilmente:

– Déjeme que insista.

Pero el doctor dio prudentemente la vuelta a la casa y aguardó un cuarto de hora sentado en la tapia, escuchando a escondidas la conversación de los dos jóvenes.

Pelagia miró a Corelli, sentado a la mesa, y sintió la necesidad de consolarle:

– ¿Qué es Antonia? -preguntó.

– Mi mandolina -dijo él, evitando mirarla-. Soy músico.

– ¿Músico? ¿En el ejército?

– Cuando me alisté, la vida en el ejército consistía básicamente en cobrar por estar sentado sin hacer nada. Así que tenía mucho tiempo para practicar. Me propuse ser el mejor mandolinista de Italia para así dejar el ejército y ganarme la vida tocando. No quería ser músico callejero, yo quería interpretar Hummel, Conforto y Giuliani. Como no hay mucha demanda, hace falta ser muy bueno.

– ¿Quiere decir que es soldado por error? -preguntó Pelagia, que jamás había oído hablar de aquellos compositores.

– Mi plan fracasó; el Duce tuvo una idea luminosa. -La miró con aire pensativo.

– Cuando acabe la guerra podrá conseguirlo -dijo ella.

Él asintió con la cabeza y sonrió:

– Cuando acabe la guerra.

– Yo quiero ser médico -dijo Pelagia, que nunca se lo había mencionado a su padre.

Aquella noche, mientras se dejaba vencer por el sueño bajo las mantas, Pelagia oyó un grito ahogado, y poco después el capitán apareció en la cocina con los ojos ligeramente desorbitados y una toalla ceñida a la cintura. Ella se incorporó, cubriéndose los pechos con las mantas.

– Usted perdone -dijo él, viendo su alarma-, pero creo que en mi cama hay una comadreja enorme.

– No es una comadreja -rió Pelagia-, es Psipsina. Es nuestra mascota. Siempre duerme en mi cama.