Pelagia notó la resignación y el cansancio en su rostro, y sintió vergüenza. En el silencio subsiguiente ambos meditaron sobre su respectiva ruindad. Luego, el capitán dijo:
– Un día me gustaría tener una cría como ésa para mí solo. -Y sin esperar respuesta echó a andar hacia donde pensaba que iba a venir Carlo.
Pelagia le observó alejarse mientras pensaba en sus cosas. La retirada del capitán tenía cierto aire de dolorosa soledad. Entró en la casa, cogió los dos tomos de The Complete and Concise Home Doctor, los abrió encima de la mesa y leyó sin sentimiento de culpa las páginas sobre reproducción, enfermedades venéreas, parto y el escroto. Siguió leyendo al azar sobre cascarilla, saburra lingual, los desarreglos del ano y ansiedad.
Temiendo el regreso de su padre de la kapheneia, devolvió los libros a su estante y empezó a pensar motivos para demorar su ineludible excursión al pozo. Picó unas cebollas para que su padre advirtiera indicios evidentes de alguna actividad, y luego salió con la idea de cepillar a su olvidadiza cabra. Le encontró dos garrapatas y una pequeña inflamación en la piel del anca. Se inquietó pensando en si debía inquietarse por ello y luego pensó en el capitán. Mandras la sorprendió en medio de una ensoñación.
Mandras había saltado de la cama, maldiciendo y completamente curado, el día mismo de la invasión. Fue como si el advenimiento de los italianos fuera tan importante, tan trascendental, que excluyera toda posibilidad de seguir regodeándose en su enfermedad. El doctor había fingido no sorprenderse, pero Drosoula y Pelagia coincidieron en que un mal que podía desaparecer con tan pasmosa facilidad daba que sospechar. Mandras había bajado hasta el mar y nadado con sus delfines como si nunca hubiera salido de la isla. Había vuelto reanimado, resecos de salitre sus cabellos revueltos, iluminado su rostro por una sonrisa, distendidos los músculos del torso, y había subido la loma con un barbo de regalo para Pelagia. Después de verlo acariciarle las orejas a Psipsina y columpiarse brevemente en el olivo, Pelagia pensó que estaba más loco en su nueva cordura que cuando estaba loco. Y ahora, siempre que lo veía, ella se sentía culpable, y además muy incómoda.
Pelagia se sobresaltó al tocarla él en el hombro, y pese al esfuerzo que hizo por exhibir una sonrisa radiante, Mandras no dejó de percatarse de la alarma que centelleaba en su mirada. Él hizo caso omiso, pero después lo recordaría.
– Hola -dijo Mandras-, ¿está tu padre? Todavía me duele el brazo.
Contenta de tener una cosa objetiva en que centrar su atención, Pelagia dijo:
– Deja que te lo mire.
– Esperaba ver al organillero y no al mono -le espetó él.
Mandras había oído esta metáfora en el frente, le había gustado y había esperado mucho tiempo la oportunidad de emplearla. Le parecía muy ingeniosa y, en consecuencia, probablemente fascinante. Él no quería otra cosa que encandilar de nuevo a Pelagia para recuperar el cariño que temía haber perdido para siempre.
Pero Pelagia echó fuego por los ojos, y Mandras se derrumbó:
– No iba en serio -dijo-, sólo era una broma.
Los dos jóvenes se miraron como compartiendo la sensación de que todo había terminado, y entonces Mandras dijo:
– Me marcho con los partisanos.
– Ah -dijo ella.
– No tengo otra salida. -Mandras se encogió de hombros-. Me voy mañana mismo. Iré en mi barca hasta Manolas.
Pelagia se horrorizó.
– ¿Y los submarinos? ¿Y los barcos de guerra? Es una locura.
– Vale la pena correr el riesgo si lo hago de noche. Me guiaré por las estrellas. Pensaba zarpar mañana por la noche.
Hubo un largo silencio.
– No podré escribirte -dijo Pelagia.
– Ya lo sé.
Pelagia entró un momento y volvió a salir con el chaleco que devotamente había tejido y bordado mientras su novio estaba en el frente. Se lo enseñó tímidamente y dijo:
– Te estaba haciendo esto, para bailar en las fiestas. ¿Quieres llevártelo ahora?
Mandras lo cogió y lo examinó. Ladeó la cabeza y dijo:
– No acaba de casar del todo, ¿verdad? Quiero decir, el dibujo no es exactamente igual en los dos lados.
Pelagia sintió una punzada de desengaño que le supo a traición.
– Me he esforzado mucho -exclamó lastimeramente, embargada por la emoción-, pero nunca consigo complacerte.
Mandras se palmeó la frente con el pulpejo de la mano, hizo un visaje en señal de autocrítica y dijo:
– Dios, cuánto lo siento. No pretendía decir lo que he dicho. -Suspiró y meneó la cabeza-. Desde que me fui, mi boca, mi corazón y mi cerebro no parecen ir a la par. Todo está como del revés.
Pelagia recuperó el chaleco y le dijo:
– Procuraré arreglarlo. ¿Qué opina tu madre?
– Esperaba que se lo dijeras tú -Mandras la miró, suplicante-. No podría soportar oírla llorar si se lo digo yo.
Pelagia rió amargamente.
– ¿Tan cobarde eres?
– Con mi madre sí -admitió él-. Por favor, díselo tú.
– Está bien, se lo diré. Ya ha perdido al esposo y ahora pierde al hijo.
– Volveré -dijo él.
Ella meneó lentamente la cabeza y suspiró.
– Prométeme una cosa -pidió, y al asentir él, prosiguió-: Cuando estés a punto de hacer algo horrible, piensa en mí y no lo hagas.
– Soy griego -dijo él lentamente-, no un fascista. Descuida, pensaré en ti a cada momento.
Ella advirtió la emotiva sinceridad de su voz y sintió ganas de llorar. Se abrazaron espontáneamente, más como hermanos que como prometidos, y luego se miraron un rato a los ojos.
– Que Dios te acompañe -dijo Pelagia.
Él sonrió con tristeza.
– Y a ti.
– Te recordaré siempre columpiándote del árbol.
– Y yo cayéndome en la maceta.
Los dos rieron un momento, luego él la miró anhelante por última vez y echó a andar. Anduvo unos pasos, se detuvo, dio la vuelta y dijo dulcemente, con voz entrecortada:
– Te querré siempre.
Bastante más abajo, en el camino, Carlo y el capitán, cubiertos de un polvo beige, inspeccionaban desconsolados su vehículo. No tenía ruedas y el interior estaba repleto de una humeante pila de abono.
Por la noche el capitán reparó en un chaleco exquisitamente bordado que colgaba del respaldo de una silla en la cocina. Lo cogió y lo sostuvo a la luz; el terciopelo era de un bello tono escarlata, y el forro de raso estaba cosido mediante diminutos hilos concienzudos que daban la impresión de haber sido hechos por los dedos de una pequeña sílfide. En hilo amarillo y dorado el capitán vio flores lánguidas, águilas cerniéndose y peces saltarines. Pasó un dedo por el bordado y palpó la densidad de sus dibujos. Cerró los ojos y advirtió que cada figura sintetizaba en relieve las curvas de la criatura representada.
Pelagia le sorprendió al entrar. Sintió una oleada de vergüenza, quizá porque no quería que él supiera para quién había hecho la prenda, o quizá porque era consciente de sus imperfecciones. Él abrió los ojos y le tendió el chaleco.
– Es una maravilla -dijo-. Nunca he visto una cosa tan bonita fuera de un museo. ¿De dónde ha salido?
– Lo hice yo. Y no es tan bonito.
– ¿Que no? -repitió él sin dar crédito a sus oídos-. Es una obra de arte.
Pelagia meneó la cabeza.
– Los dos lados no casan del todo. Se supone que son como imágenes de un espejo, y si se fija bien, este águila está en un ángulo distinto al de su pareja, y esta flor debería ser del mismo tamaño que esta otra pero es más grande.
El capitán chasqueó la lengua en señal de desacuerdo.
– La simetría es sólo una cualidad de las cosas muertas. ¿Alguna vez ha visto un árbol o una montaña que sean simétricos? Eso vale para los edificios, pero si alguna vez encuentra un rostro simétrico, tendrá la sensación de que debería parecerle hermoso, pero de hecho lo encontrará frío y desangelado. El corazón humano necesita cierto desorden en su geometría, kyria Pelagia. Mírese en el espejo, signorina, y verá que una ceja está un poco más alta que la otra, que los párpados del ojo izquierdo tienen una disposición tal que ese ojo está ligeramente más abierto que el derecho. Son cosas que la hacen atractiva y hermosa a la vez, mientras que… de lo contrario, sería como una estatua. La simetría es para Dios, no para nosotros.