Pelagia puso cara de escepticismo y se dispuso impacientemente a rebatir el argumento de que ella era guapa, pero en ese momento se fijó en que la nariz de Corelli no era del todo recta.
– ¿Qué es esto? -preguntó el capitán, señalando un águila-. Bueno, quiero decir, ¿cómo lo ha hecho?
Pelagia señaló con el dedo.
– Esto es fil-tiré, y eso otro festón.
El capitán pudo apreciar la elocuencia de sus dedos y el olor a romero de sus cabellos, pero meneó la cabeza, diciendo:
– Me suena a chino. ¿Me lo vendería? ¿Cuánto quiere por él?
– No está en venta.
– Se lo ruego, kyria Pelagia, le pagaré como prefiera: dracmas, liras, latas de jamón, frascos de aceitunas, tabaco. Usted ponga el precio. Tengo unos cuantos soberanos ingleses.
Pelagia meneó la cabeza; ya no tenía muchos motivos para no vender la prenda, pero el capitán le había hecho sentir suficientemente orgullosa de su obra como para inducirla a conservarla; además, vendérsela precisamente a él habría estado, en un sentido difícil de definir, bastante mal.
– Lo siento mucho -dijo el capitán-, pero eso me recuerda una cosa. ¿Qué debo pagarle de alquiler?
– ¿Alquiler? -preguntó Pelagia, casi muda de asombro.
– ¿Acaso pensaba que iba a vivir aquí de gorra? -El capitán hurgó en un bolsillo y extrajo un buen pedazo de salami, antes de añadir-: He pensado que aceptarían este préstamo del comedor de oficiales. Ya le he dado un rodaja al gato, y me parece que nos hemos hecho amigos.
– Ha convertido usted a Lemoni y a Psipsina en colaboracionistas -observó irónicamente Pelagia-, y en cuanto al alquiler, es mejor que le pregunte a mi padre.
Una semana después, tras haber sido saneado y dotado de ruedas nuevas el jeep voló espectacularmente por los aires cuando iba por las curvas en horquilla de la carretera a Kastro. El conductor era un jovencísimo cabo interino que había sido tenor en la sociedad operística de Corelli y esperaba el final de la guerra para casarse en Palermo con su novia de siempre.
Para entonces Mandras estaba ya en el corazón del Peloponeso, haciendo viudas y reconstruyendo a la Pelagia de sus sueños.
27. CHARLA SOBRE MANDOLINAS Y CONCIERTO
El doctor se despertó a la hora habitual y se dirigió a la kapheneia sin llamar a Pelagia; sólo la miró, la arropó en sus mantas sobre el piso de la cocina y no tuvo valor para turbar su sueño. Aquello contrariaba su innato sentido de la decencia de levantarse temprano, pero por otro lado ella le ayudaba mucho y empezaba a acusar la extenuación causada por la guerra. Además, estaba encantadora con sus cabellos desordenados sobre la almohada, la frazada subida hasta la nariz y sólo una pequeña oreja al descubierto. El doctor se había quedado observándola mientras notaba cómo surgían en su pecho emociones paternales, y luego había sido incapaz de no inclinarse a mirar si el oído estaba en perfectas condiciones; había una pequeñísima escama de piel suspendida sobre la punta de un pelo finísimo en la unión de la aurícula y el meato auditivo externo, pero la impresión general era de perfecta salud. El doctor sonrió mirando a su hija y luego se sintió mezquino por pensar que un día se haría vieja, se encorvaría y arrugaría, desaparecería su serena belleza como se marchitan las hojas, y nadie sabría que había sido hermosa. Sobrecogido por el carácter precioso de las cosas efímeras, se arrodilló y la besó en la mejilla. Se fue a la kapheneia de un humor trágico que encajaba mal con la serenidad de aquella mañana sin nubes.
El capitán, a quien había despertado el aguijonazo de un hemorroide, fue a la cocina, vio a Pelagia dormida y no supo qué hacer. Le habría gustado prepararse una taza de café y comer una pieza de fruta, pero también a él lo cautivó la apabullante tranquilidad de la muchacha durmiente, y creyó que despertarla con ruido de cacharros habría sido una profanación. Por añadidura, no quería causarle ningún engorro por el hecho de que él fuera en camisa de dormir, y tampoco quería exponerse a que le recordaran la ignominia de haber sacado de su cama a la legítima propietaria de la misma. La miró y experimentó de pronto un intenso impulso de acostarse a su lado -nada habría más natural- pero, en cambio, volvió a su cuarto y sacó a Antonia de su estuche. Se dedicó a practicar digitaciones con la mano izquierda, haciendo sonar las notas el mínimo posible a base de pisar las cuerdas y levantar rápidamente los dedos en vez de utilizar una púa. Cansado de este sistema, cogió una púa y apoyó el canto de la mano derecha en el puente para así apagar las cuerdas y tocar «sordo». Sonaba bastante parecido a un pizzicato de violín, y, procurando concentrarse al máximo, se dispuso a interpretar una rápida y muy difícil pieza de Paganini que consistía básicamente en ese efecto.
A medio camino entre el dormir y el despertar, el lúcido sueño de Pelagia se apropió del ritmo distante de la composición y se ambientó en el día anterior, cuando el capitán había llegado a la casa a lomos de un caballo gris que le había prestado uno de los soldados que hacía la ronda nocturna. Aquel caprichoso animal estaba entrenado para hacer caracolas, y a su propietario le había dado por impresionar a las chicas haciéndolo ejecutar este bonito truco en cuanto divisaba a una. El animal había captado enseguida la idea, y se aprestaba a hacer su numerito espontáneamente siempre que se cruzaba con un ser humano con faldas, pelo largo y ojos luminosos. Todos los soldados sentían envidia de aquel caballo, y su jinete estaba siempre dispuesto a dejárselo a algún oficial en el entendido de que conseguiría ciertas ventajas en las listas de facción. El día en que el capitán Corelli se lo llevó prestado, su jinete iba a ser rebajado a limpiar letrinas.
Tan sólo llegar Corelli a la puerta del patio y levantar Pelagia la vista de la cabra que estaba cepillando, el caballo había aguzado las orejas y ejecutado unas caracolas. El capitán había levantado la gorra, risueño, y Pelagia había experimentado un flechazo de placer como raramente había sentido alguna vez. Fue como el placer que uno siente cuando un bailarín que ha estado lanzando sus piernas a alturas imposibles da un salto mortal hacia atrás, o cuando una manzana cae rodando de un anaquel, le da a una cuchara, la cuchara salta por los aires y aterriza en un tazón, con el cazo hacia abajo. Pelagia había contemplado a Corelli y su caballo exhibicionista y había sonreído y aplaudido mientras el rostro de Corelli se abría en una sonrisa tan amplia como la del chiquillo al que le regalan un balón de fútbol después de años de gimotear e implorar.
En su sueño el caballo caracoleaba al tempo de Paganini y su jinete tenía unas veces la cara de Mandras y otras la del capitán. A ella no le gustó esto, e hizo un esfuerzo mental para reducir las caras a una sola. Ganó Mandras, pero, insatisfecha del resultado, Pelagia la cambió por Corelli. De haber habido alguien en la habitación, la habría visto sonreír en sueños: estaba reviviendo el retintín de los jaeces, el crujir del cuero, el acre y dulce olor del sudor del caballo, su inteligente forma de aguzar los oídos, el minúsculo movimiento lateral de los cascos al posarse en el polvo y las piedras del camino, el tensar y aflojar de los músculos de los cuartos traseros, el gesto magnífico del sonriente soldado al quitarse la gorra.