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Siguió contemplando maravillada cómo los dedos de la mano izquierda reptaban como una poderosa y amenazante araña arriba y abajo del mástil. Vio cómo los tendones se movían bajo la piel, y luego vio sucederse en el rostro de Corelli una sinfonía de expresiones: seriedad, furia, alguna que otra sonrisa, un aire severo o dictatorial que se volvía persuasivo o dulce. Totalmente pasmada, de pronto comprendió que la música tenía algo que jamás le había sido revelado: no era la simple producción de un sonido agradable; era para quienes la entendían, una odisea emocional e intelectual. Observó la cara del capitán y se olvidó de seguir prestando atención a las notas; quería compartir aquel viaje. Se inclinó hacia adelante y juntó las manos en actitud de oración.

Él repitió la primera parte y concluyó súbitamente con un sonoro acorde que inmediatamente amortiguó dejando a Pelagia privada de algo.

– Ya está -dijo él, enjugándose la frente con la manga.

Pelagia estaba excitada, sentía ganas de saltar y hacer una pirueta. En cambio, dijo:

– Lo que no entiendo es cómo un artista como usted se rebaja a ser soldado.

– No se haga ideas absurdas de los soldados -dijo él, ceñudo-. Todo soldado tiene una madre, sabe, y la mayoría de nosotros acaba siendo granjero o pescador, como todo el mundo.

– Quiero decir que para usted es una pérdida de tiempo, nada más.

– Pues claro que es una pérdida de tiempo. -Se levantó y consultó su reloj-. Carlo ya debería haber llegado. Voy a guardar a Antonia. -La miró, enarcando una ceja-. A propósito, signorina, no he podido evitar ver que lleva una Derringer en el bolsillo.

Pelagia se quedó helada. Pero el capitán prosiguió:

– Entiendo que quiera usted llevar un arma, y de hecho yo no se la he visto. Pero dése cuenta de lo que podría pasar si la ve otra persona. Sobre todo un alemán. Procure ser más discreta.

Ella le miró implorándole con los ojos y él sonrió, le tocó un hombro, se dio unos toquecitos con el índice a un lado de la nariz y guiñó un ojo.

Cuando él se hubo ido, a Pelagia se le ocurrió que a esas alturas podrían haber envenenado al capitán un centenar de veces si hubieran querido. Podrían haber extraído acónito, podrían haber conseguido cicuta, o provocarle un paro cardíaco con digital, y las autoridades jamás habrían sabido la causa de su muerte. Deslizó la mano en el bolsillo del delantal y pasó el dedo por el gatillo con ese movimiento familiar que había ensayado tanto. Sopesó el arma. Estaba bien que el capitán le hubiera hecho saber que respetaba su necesidad de protegerse, de sentirse segura y provocadora por el hecho de poseer un arma de fuego. Además, nadie envenena a un músico, ni siquiera si es italiano; habría sido tan abominable como manchar de excrementos la tumba de un sacerdote.

Esa noche fue el propio doctor quien exigió un concierto. Pelagia y él ocuparon posiciones en el patio mientras el capitán desplegaba sobre la mesa una hoja de papel pautado. La iluminaron e impidieron fuera llevada por la brisa colocando un farol sobre el borde superior. Con toda solemnidad el capitán se sentó y empezó a tocar el golpeador con el plectro.

El doctor enarcó las cejas, perplejo. Aquellos golpecitos no parecían terminar nunca. Puede que el capitán estuviera buscando el ritmo adecuado, puede que se tratara de una de aquellas piezas minimalistas de las que había oído hablar, todo a base de graznidos y chirridos sin ninguna melodía, o puede que fuera la introducción. Miró a Pelagia, que captó su mirada y levantó las manos en señal de no entender nada. Los golpecitos siguieron. El doctor escudriñó la cara del capitán, que parecía totalmente absorto. En situaciones artísticas impenetrables como aquélla, al doctor empezaba a picarle inevitablemente el trasero. Se rebulló en su silla y acabó perdiendo la paciencia:

– Oiga, joven, ¿qué diablos está haciendo? Por lo que me había dicho mi hija, yo esperaba una cosa muy distinta.

– Maldita sea -exclamó el capitán, aniquilada totalmente su concentración-. Estaba a punto de empezar.

– Hombre, ya era hora. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿No será una tontería moderna titulada «Dos botas, una zanahoria y una ramera muerta»?

Corelli se sintió ofendido y habló con tono altivo y desdeñoso:

– Estoy interpretando un concierto para mandolina de Hummel. Los primeros cuarenta y cinco compases y medio son para la orquesta, allegro moderato e grazioso. Han de imaginarse la orquesta. Ahora tendré que empezar desde arriba.

El doctor lo fulminó con la mirada:

– Que me cuelguen si voy a pasarme el rato oyendo golpecitos, y que me cuelguen si puedo imaginarme toda una orquesta. Toque su parte y nada más.

El capitán le devolvió la mirada, trasluciendo su convicción de que el doctor era un patán.

– Si lo hago así -dijo-, acabaré no sabiendo en qué momento debo entrar, y eso en una sala de conciertos sería una catástrofe.

El doctor se puso en pie y con un ademán del brazo abarcó el olivo, la cabra, la casa y el cielo nocturno.

– Damas y caballeros -exclamó-. Pido disculpas por haber interrumpido el concierto. -Se volvió hacia Corelli-. ¿Esto es una sala de conciertos? ¿Hay aquí alguna orquesta? ¿Acaso veo algún trombón, algún pequeño e insignificante violín? ¿Dónde, dígame, está el director y dónde la familia real con su cargamento de alhajas?

El capitán suspiró resignado, Pelagia le miró con compasión y el doctor añadió:

– Ah, otra cosa. Mientras usted daba golpecitos imaginándose una orquesta nos ha enseñado un muestrario de expresiones estúpidas. Así pues, ¿cómo quiere que nos concentremos?

28. LIBERANDO A LAS MASAS (1)

Cuando los alemanes se retiraron del norte de África, establecieron su centro de operaciones para la región en el Peloponeso, lo que hizo que Mandras y su pequeño grupo de andartes se vieran obligados a trasladarse a Roumeli cruzando el canal de Corinto.

Mandras no había hecho gran cosa en el Peloponeso. Primero se había asociado con un hombre, y luego con otros dos, entre los cuales no habían concebido plan alguno. Lo único que sabían es que los movía algo visceral, algo que les ordenaba librar a su tierra de extranjeros o morir en el intento. Prendieron fuego a camiones militares, y uno de ellos estranguló a un soldado enemigo y luego se quedó sentado, temblando de miedo y repulsión, mientras los demás le daban ánimos y elogiaban su heroicidad. Estuvieron viviendo en una cueva contigua a un bosque, subsistiendo gracias a los víveres que les llevaba el cura de un pueblo cercano, que les conseguía pan, patatas y aceitunas y se llevaba sus ropas para que las lavara una mujer del pueblo. Un día cortaron los soportes de una pasarela de madera que formaba parte de una senda que conducía a una guarnición local. En represalia por tener que mojarse los pies en un arroyo, el enemigo quemó cuatro casas de la aldea, y el cura y el maestro pidieron a los andartes que se marcharan antes de que ocurriera algo peor. Los cuatro inquilinos que se habían quedado sin casa se unieron a ellos.

En Roumeli había un entusiasta equipo de aficionados británicos (ninguno de los cuales hablaba griego), quienes tras un único día de adiestramiento habían caído en paracaídas, utilizando para ello un moderno modelo de paracaídas que incorporaba víveres y radios atados a las cuerdas de suspensión. Los ingleses habían coordinado grupos guerrilleros con la intención de volar los viaductos del ferrocarril de una sola vía que constituía la principal ruta de aprovisionamiento que empalmaba El Pireo con Creta, y ésta con Tobruk. Supusieron que los grupos autónomos estarían encantados de que los mandaran oficiales británicos, y a los griegos les impresionó de tal forma aquella suposición que la asumieron sin rechistar.

Pero existía un grupo llamado ELAS que era el ala militar de una organización llamada EAM, que a su vez dependía de un comité con sede en Atenas cuyos miembros pertenecían al KKE. Las personas inteligentes cayeron enseguida en la cuenta de que un grupo con semejantes credenciales no podía ser otra cosa que comunista, y que el propósito de toda aquella cadena de controles era ocultar a los ciudadanos normales el hecho de que eran una organización comunista. En un principio reclutaban personas de toda condición, incluyendo republicanos venizelistas y hasta monárquicos, además de socialistas moderados, liberales y comunistas. A todos se los embaucaba fácilmente para que creyesen que formaban parte de la lucha por la liberación nacional y no de un intrincado programa secreto más interesado en la conquista del poder después de la guerra que en vencer al Eje. Los británicos les proporcionaron armas, porque nadie hacía caso de la advertencia de los oficiales británicos in situ en el sentido de que aquello sólo significaba acumular problemas para después, y porque nadie creía que unos extranjeros de tez morena pudieran causar demasiados problemas a los británicos. El general de brigada Myers y sus oficiales se encogieron de hombros y siguieron con su trabajo, por su parte, el ELAS sólo colaboraba u obedecía cuando le daba la gana. Myers y sus oficiales tenían ante sí una tarea imposible, pero consiguieron todo aquello que les habían encomendado valiéndose de una combinación de paciencia y tesón. Llegaron inclusive a reclutar a dos palestinos que incomprensiblemente habían quedado descolgados tras la confusión general de 1941.