– ¡Carogna! -gritó fuera de sí.
Pelagia, que estaba fuera, le oyó y echó a correr colina abajo hasta la casa de Drosoula, para ocultarse allí hasta que él se calmara.
A medida que pasaban los meses Pelagia notó que su enfado decrecía, cosa que la desconcertó y molestó. El caso es que el capitán se había convertido en un elemento más de la casa, como la cabra o incluso su padre. Se había acostumbrado a verlo sentado a la mesa, garabateando con furia, o en pleno trance con un lápiz entre los dientes. Cada mañana disfrutaba ella anticipadamente del pequeño placer doméstico de verle salir de su cuarto, diciendo «Kalimera, kyria Pelagia. ¿Ha llegado Carlo?», y al anochecer empezaba ya a preocuparse si él se retrasaba un poco. Luego, al verle llegar, suspiraba de alivio y sonreía contra su voluntad.
El capitán tenía ocurrencias muy simpáticas. Ataba un corcho a un trozo de cordel y corría por toda la casa persiguiendo a Psipsina, y a la hora de acostarse solía ir a llamarla porque normalmente, con gran tino e imparcialidad, la marta empezaba la noche con él y la terminaba con Pelagia. Se le veía a menudo de rodillas con una mano afianzada en la barriga del animal, mientras la marta fingía morderle y arañarle con sus zarpas; si por casualidad Psipsina se sentaba sobre una de sus composiciones, él iba a buscar más papel pautado en lugar de molestarla.
Al capitán lo poseía una gran curiosidad; podía quedarse sentado con enervante paciencia contemplando cómo las manos de Pelagia ejecutaban la danza de los ganchillos, hasta que a ella le parecía que su mirada irradiaba una extraña y poderosa fuerza que podía provocarle calambres y con ello hacerle perder un punto que otro. «Estaba pensando -dijo él un día- qué clase de música harían sus dedos si sonaran.» A ella la desconcertó aquella observación aparentemente disparatada, y cuando él comentó que no le gustaba cierta canción porque era de un tono castaño rojizo especialmente revulsivo, ella dedujo que o bien tenía un sexto sentido o bien uno de los cables de su cerebro estaba mal conectado. La posibilidad de que estuviera un poco loco le hizo sentirse un poco protectora, y fue probablemente esto lo que acabó con sus primeros escrúpulos. La maldita verdad era que invasor o no, italiano o no, el capitán hacía que la vida fuera más variada, rica y extraña.
Encontró un nuevo motivo para estar enojada, salvo que esta vez el enfado iba contra ella misma: parecía que no podía dejar de mirarle, y el capitán siempre la sorprendía.
Había algo en él, sentado a la mesa mientras rebuscaba entre la montaña de papeles que le exigía la bizantina burocracia militar italiana, que la instaba a mirarle regularmente. Como un reflejo condicionado. Seguro que él estaba pensando en cómo solucionar los problemas familiares de sus soldados; seguro que le estaba sugiriendo con tacto a la mujer de un cabo que fuera a hacerse unos análisis a la clínica; seguro que estaba firmando formularios por cuadruplicado; seguro que estaba tratando de aclarar por qué un envío de proyectiles antiaéreos había aparecido misteriosamente en Parma, y por qué había recibido en cambio un cajón de embalaje sellado. Seguro que sí; pero no había vez que ella le mirara a los ojos que no la pillara él con su irónica y persistente mirada, como si la tuviera agarrada por las muñecas.
Solían mirarse por unos segundos, y al final ella bajaba la vista, confusa, se ruborizaba un poco y volvía a su labor, a sabiendas de que tal vez le había desairado, pero consciente también de la desfachatez de aguantar su mirada un momento más. Pasados unos segundos ella volvía a alzar los ojos furtivamente, y en ese mismo instante él le devolvía la mirada. Era exasperante. Era inverosímil. Era engorroso hasta la humillación.
«Tengo que dejar de hacerlo», se decía ella, y convencida de que él estaba absorto en su trabajo, volvía a mirar y volvía a ser pillada. Intentó dominarse diciéndose: «No lo miraré en la próxima media hora.» Pero todo era en vano. Lo miraba a hurtadillas, él parpadeaba y la apresaba otra vez con su divertida sonrisa y una ceja enarcada.
Pelagia sabía que él le tomaba el pelo, que se mofaba de ella con tanta dulzura que era imposible protestar o sacar el asunto a colación a fin de hacer de ello tema de disputa. Al fin y al cabo, ella nunca le pillaba mirándola, la culpa era sólo suya. No obstante, en ese juego él llevaba siempre las de ganar, y en ese sentido la víctima era ella. Pelagia decidió utilizar otra táctica en esa guerra de miradas. Decidió sostenerle la mirada hasta que él cediera.
Se miraron durante lo que parecieron horas, y Pelagia se preguntó absurdamente si era admisible el pestañear. Empezó a verle la cara borrosa e intentó concentrarse en el puente de su nariz, pero también ésta se desenfocaba y volvió a mirarle a los ojos. Pero ¿cuál de los dos? Era como la paradoja del asno de Buridán: elecciones idénticas producen una indecisión absoluta. Fijó su atención en el ojo izquierdo, que pareció expandirse en un inmenso y fluctuante vacío, así que cambió al derecho. Su pupila la traspasó como una lezna. Resultaba muy extraño que un ojo fuera un abismo sin fondo y el otro un arma tan afilada como una lanza. Empezó a sentir vértigo.
Él no apartaba la vista. Cuando ya los vahídos estaban a punto de aturullarla del todo, él se puso a gesticular sin dejar de abarcarla con su encaro. Hinchaba rítmicamente las ventanas de la nariz y meneaba las orejas; desnudaba los dientes como un caballo y movía de un lado a otro la punta de la nariz. Finalmente puso cara de sátiro e hizo una mueca.
Pelagia notó que una sonrisa le tiraba de las comisuras con creciente fuerza. El último tirón fue irresistible, y de pronto soltó una carcajada y pestañeó. Corelli dio un brinco y empezó a bailar ejecutando absurdas cabriolas mientras gritaba:
– He ganado, he ganado.
El doctor levantó los ojos de su libro, y exclamó:
– ¿Qué? ¿Qué? ¿Cómo?
– Ha hecho trampa -protestó Pelagia, riendo. Y volviéndose hacia su padre-: Papá, ha hecho trampa, eso no es justo.
El doctor paseó la mirada del coribántico capitán a su remilgadamente risueña hija, se ajustó las gafas y suspiró:
– ¿Y ahora qué? -preguntó retóricamente, sabiendo muy bien lo que venía a continuación y procurando de antemano pensar la mejor manera de sobrellevarlo.
32. LIBERANDO A LAS MASAS (2)
– Eh, oiga, ¿qué está haciendo? Largo de aquí. Deje en paz a mis ovejas.
Héctor no quiso soltar la oveja joven que llevaba al hombro. Héctor le recordó a Mandras la imagen del Buen Pastor como salía en los libros de religión que los misioneros católicos solían repartir en los pueblos ortodoxos, y también el Jesús de la Biblia. Qué inspiración la de Héctor, qué claridad de ideas. Era un hombre que lo comprendía todo. Tenía un libro llamado ¿Qué hacer? y sabía exactamente dónde buscar una cita o una explicación. Era un libro muy viejo y muy manoseado, pero lo había escrito un tal Lenin que era más importante aún que Jesús. A Mandras le abrumaba el modo en que Héctor podía mirar todos aquellos gusanitos impresos y convertirlos en sabias palabras. Héctor le había prometido enseñarle a leer, a él y a otros analfabetos, e iban a constituir una Célula Autodidacta Obrera. Mandras se sabía ya el alfabeto y había dado una charla sobre el arte de pescar en el mar. Todos le habían aplaudido. Por Héctor había sabido que no era un pescador sino un trabajador, y que lo que él y un carpintero y un obrero de una fábrica tenían en común era que los capitalistas se quedaban con todos los beneficios de su trabajo. Sólo que a ese beneficio se le llamaba plusvalía. Él todavía no entendía cómo su plusvalía iba a parar a otros, pero sólo era cuestión de tiempo. Sintió inquina contra el rey por hacer que las cosas fueran de aquella manera, y aprendió a fruncir el ceño o a reír con sarcasmo cada vez que alguien mencionaba a los ingleses o los americanos, como hacían los otros. Podía hacer reír a la gente llamando «burgués» a su fusil cuando no le funcionaba bien. Oficinistas, armadores y cualquier agricultor que empleara a otras personas eran burgueses, y los médicos también. Pensó en todo el pescado que había regalado al doctor Iannis en pago por el tratamiento y se puso de mal humor. El doctor era más rico que él, y en un mundo justo sería la plusvalía del otro la que le correspondería a él. Lo que debería haber hecho era reunirse con los demás pescadores y negarse a vender pescado a menos que fuera a buen precio. Ahora lo veía clarísimo.