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Héctor se ajustó su fez rojo y se plantó delante del teniente coronel Myers con la sensación de ser un colegial díscolo. Había dejado a Mandras fuera porque no quería que fuese testigo de su embarazo.

Mandras contemplaba el ir y venir de los oficiales británicos de enlace, y una vez más le sorprendió su tremenda altura, sus rojas y peladas narices y lo mucho que gustaban de las chanzas. Algunos eran de Nueva Zelanda, y Mandras supuso que eso debía de ser algún lugar de Gran Bretaña donde adiestraban a los soldados con el propósito específico de lanzarlos en paracaídas desde aviones Liberator para dinamitar viaductos. Siempre estaban resfriados, pero eran capaces de soportar lo indecible, y contaban unos chistes cuya ironía se perdía totalmente con la traducción. Hacían esfuerzos sinceros por aprender el griego romaico, pero se deleitaban en pronunciarlo mal; si una chica se llamaba Antigona, todos la llamaban «Auntie Gonnie», y al propio Héctor se le conocía por «My Sector»; Mandras no tenía manera de saber que eso venía de que su mentor siempre contestaba «Éste es mi sector» cuando se le acusaba de doble juego, deshonestidad y barbarie.

– Éste es mi sector -le dijo Héctor a Myers- y yo recibo órdenes de Atenas, no de usted. ¿Es usted griego para estar dándome órdenes todo el bendito día?

Myers suspiró con paciencia. No era ducho en diplomacia; en realidad le habían dicho que el noventa por ciento de su trabajo sería impedir las guerras intestinas entre los griegos, y sólo deseaba llevar una vida sencilla en la que sólo hubiera que pelear contra los alemanes. Había estado a punto de morir de una neumonía y aún estaba delgado y débil, no obstante lo cual poseía la autoridad moral de alguien que se niega a comprometer un principio ético en nombre de un ideal. Todos los dirigentes del ELAS le odiaban por hacerles sentir como gusanos, y sin embargo nunca habían osado desafiarle abiertamente porque de él procedían todas las armas y los soberanos de oro que ellos ahorraban para la revolución, una vez los alemanes se marcharan. Tenían que tenerlo contento a base de aprobar algunos de sus planes, ejecutar alguna acción más o menos bélica contra las fuerzas del Eje y aguantar lo que él les endiñaba echando fuego por los ojos con incontestable convicción.

– Acordamos desde el principio que todos los andartes acatarían órdenes de El Cairo. Haga el favor de no obligarme a repetir las mismas cosas cada vez que le veo. Si se empeña en mantener esta conducta contraproducente, no dudaré en disponer que le corten todos los suministros. ¿Entendido?

– Usted no nos da nada, todo va a parar al EDES. No ha sido justo con nosotros.

– Ya estamos otra vez -objetó el teniente coronel-. ¿Cuántas veces quiere que le diga lo que ya sabe? Hemos adoptado siempre un reparto estrictamente proporcional. -Se irguió-. ¿Cuántas veces debo recordarle que en esta guerra tenemos un enemigo común? ¿No ha reparado en que estamos luchando contra los alemanes? ¿De veras cree que basta con haber volado el viaducto de Gorgopotamos? Porque es la última cosa útil que ha hecho el ELAS, y además la última vez que ustedes han cooperado con el EDES.

– Es con Aris con quien tendría que hablar. -Héctor estaba rojo de ira-. Yo recibo órdenes de él, y él las recibe de Atenas. Conmigo no se meta.

– Ya he hablado con Aris más de cien veces. Y ahora estoy hablando con usted. Aris me dijo que hablara con usted, porque dice que es el responsable de estos últimos atropellos.

– ¿Atropellos? ¿Qué atropellos?

El coronel sintió desprecio y tuvo ganas de atizar a aquel tramposo andarte, pero se contuvo. Mientras hablaba, fue enumerando cada punto con sus dedos.

– Primero, el viernes pasado hubo un lanzamiento para el EDES, que, si me permite recordárselo, es el único grupo importante que combate realmente a los nazis. Usted y sus hombres los atacaron, los pusieron en fuga y les robaron todo.

– No es verdad -replicó Héctor-, y de todos modos no tendríamos que hacer esas cosas si ustedes nos tuvieran bien suministrados. No murió nadie.

– Mataron a cinco hombres del grupo de Zervas, incluido un oficial de enlace británico. Segundo, les hemos proporcionado grandes sumas de dinero, pero ustedes nunca pagan a los agricultores cuando les requisan algo. ¿Es tan tonto como para no ver que los está arrojando en brazos del enemigo? He recibido innumerables quejas; varios campesinos han recorrido a pie ochenta kilómetros para exigir una compensación. Han quemado ustedes tres pueblos cuyos habitantes se opusieron a sus robos, con el pretexto de que eran colaboracionistas. Mataron a doce hombres y cinco mujeres. He visto los cadáveres, Héctor, y no soy ciego. ¿Qué objeto tiene castrarlos, arrancarles los ojos y rajarles la boca para que parezca que mueren sonriendo?

– Si ellos no nos dan provisiones, es que son colaboracionistas; y si usted no nos da provisiones, ¿qué otra cosa podemos hacer nosotros? Si son colaboracionistas, yo no puedo culpar a mis hombres por perder los estribos, ¿verdad? Además, ¿quién ha dicho que fuimos nosotros?

Myers estaba a punto de explotar y casi dijo «Los aldeanos», pero comprendió que con eso provocaría nuevas represalias comunistas. Así que optó por decir:

– Lo vio un oficial nuestro.

Héctor se encogió de hombros.

– Mentira.

– Los oficiales británicos no mienten. -Myers permaneció impasible, arrepentido de tener que echar mano de la hipocresía. Miró iracundo y con patricio desdén al líder andarte; el problema con estos fascistas rojos era su falta de caballerosidad. No tenían el más mínimo sentido del honor personal.

»Tercero -continuó-, han impedido que gente de las zonas de alta montaña entrasen en áreas del EDES para comprar trigo, sin el cual se mueren de hambre. ¿Eso es patriotismo? No les dejan pasar a menos que se afilien primero al ELAS, y luego imponen penas de muerte por "deserción", aunque no poseen autoridad para ello. Cuarto, han tomado represalias contra un pueblo por coger patatas que habían sido requisadas ya por los italianos. Quinto, usted personalmente dio indicaciones erróneas a uno de nuestros oficiales de enlace que estaba buscando a Aris con la intención de presentarle una queja por sus acciones. Sexto, han practicado una política de desarmar a otros grupos de andartes y asesinar a sus oficiales.

Héctor era adepto a la táctica de la diversión, y pasó al ataque:

– Conocemos los planes británicos. ¿Cree que somos tontos? Piensan traer de nuevo al rey sin consultar al pueblo.

Myers descargó un puño sobre la mesa, mandando al suelo un vaso de vidrio.

– Séptimo -rugió-, han secuestrado y asesinado a un jefe de la gendarmería que estaba organizando una defección en masa de sus hombres al EDES, y usted hizo que se pasaran a su bando bajo pena de muerte. Octavo, han proclamado que todo aquel que no se una al ELAS es un traidor a Grecia y por tanto será fusilado. Noveno, los fondos que nosotros les proporcionamos se los dan al EAM, que a su vez se los da al KKE en Atenas, y en lugar de pagar a los campesinos les entregan pagarés falsos. Décimo, algunos hombres de su unidad atacaron vergonzosamente a una unidad del EDES cuando estaba librando una encarnizada batalla contra una unidad de las SS. Esto es una mancha para el buen nombre de Grecia, una infamia que no debe repetirse. ¿Está claro? -El coronel hizo una pausa y cogió un papel de encima de su mesa-. Tengo aquí un pacto que han firmado el EDES, el EKKA y el EOA, por el que acuerdan unánimemente adoptarlo como código de práctica. Voy a hacer que Aris lo firme, y quiero que usted lo lea y me dé su palabra de honor como caballero de que lo respetarán. Si no, habrá que pensar en interrumpir el aprovisionamiento.

Héctor le miró desafiante. El coronel había ensayado esta táctica un centenar de veces.

– No puedo hacerlo, y Aris no firmará nada a menos que recibamos órdenes del comité de Atenas. Habrá que mandar un mensajero. Quién sabe lo que puede tardar.